Señor director:
Ante la polémica suscitada por las próximas elecciones federales, estatales y municipales, le solicito publicar las siguientes líneas:
Los intelectuales orgánicos están escribiendo en contra de lo que podríamos llamar en forma genérica el abstencionismo, y más ruido hacen los vocingleros y burócratas del sistema electoral –que incluye a todos los miembros de los partidos políticos– en la radio, la televisión, el internet y los espectaculares para descalificar –y llenar de culpas pasadas y por venir– a quienes nos proponemos realizar campañas permanentes de abstención, oposición, sabotaje, combate –o como se le quiera llamar– al sistema electoral y su peor resultado: la elección de un grupúsculo no sólo de vividores, sino de verdugos de los intereses de las grandes mayorías y, en consecuencia, de nuestras propias vidas, tal y como lo estamos experimentando ahora.
Nadie está obligado a lo imposible y, menos aún, a renunciar al reconocimiento de su propia dignidad. Si no hay partido político o individuos que me pueden representar para que yo y todos los mexicanos tengamos una vida digna, justa, equitativa y en paz, ¿por qué debo votar? La abstención no es sólo una acción, es un derecho humano inalienable e imprescriptible a mantener la dignidad y la razón sobre la mentira, el cinismo, la hipocresía y la estupidez montadas en caballo de hacienda.
Mantener mi posición extrema de oponerme al sistema del horror al que nos quieren condenar es un acto no sólo de lucidez, sino de valor extremo cívico-histórico, para decir a quienes se han alzado con los poderes públicos que, a pesar de todas las campañas y acciones que realizan para aterrorizarnos, enajenarnos, acobardarnos, reducir nuestra inteligencia y capacidad de discernimiento y decisión, seguimos vivos y dignos, con la única posibilidad que tenemos: la vía pacífica de abstenernos política y militantemente en los procesos electorales y exhibir la ilegitimidad e ilegalidad con que gobiernan las camarillas que están en los llamados poderes federales, estatales y municipales.
Entre todos los partidos políticos no juntan ni siquiera una mayoría relativa de toda la nación. Entonces, ¿cómo gobiernan y dictan leyes? La razón no puede ser vencida por el discurso de la conveniencia de lo menos malo, pues en ello está la renuncia al derecho más inalienable e imperceptible que tenemos los seres humanos de oponernos y resistir a nuestros verdugos. No es instinto de sobrevivencia. Se trata de convicción, de que la dignidad se antepone a lo que pareciera nuestra desgracia y fin manifiesto.
Todos los partidos políticos juegan a lo mismo: a exprimir la esperanza; mientras que para los abstencionistas la esperanza está puesta en la recuperación de la dignidad humana.
Atentamente
Historiador Felipe I. Echenique March








