De Armando Bartra
Señor director:
Le agradeceré publicar los siguientes planteamientos en Palabra de Lector.
El 8 de febrero publiqué en La Jornada un artículo donde polemizo con “quienes llaman a no votar o anular el voto para así desfondar el sistema, mientras que otros pensamos que la electoral es parte de una gran batalla cuyo escenario son las calles pero también las urnas”. El día 15, en Proceso, Gilberto López y Rivas polemiza conmigo (Votar o no votar: ¿Es ése realmente el dilema en México?). ¿En torno a qué? No me queda claro. Y es que su artículo en ningún momento llama a no sufragar, anular el voto o boicotear los comicios, que es el asunto central del mío. Más aún, sostiene, como yo, que “no se trata de renunciar (…) a la lucha electoral, ni al partido como instrumento organizativo al servicio de la transformación social”; se declara, como lo hago yo, a favor de “organizaciones sociales unificadas a organizaciones políticas que se ganen el apoyo masivo en las urnas”, y concluye admitiendo que “están en su derecho quienes quieren organizarse nuevamente por esa vía (la electoral), especialmente a las bases de Morena”. Y por si fuera poco, su artículo se llama igual que el mío. Entonces, ¿cuál es la bronca?
Todos los de izquierda llamamos a organizar, movilizar y crear poder popular para así refundar a México. Algunos piensan hacerlo sin partidos y sin elecciones. Otros, como yo –y por lo visto Gilberto–, creemos que no hay que “renunciar a la lucha electoral ni al partido”. Así pues, además de impulsar los movimientos, el reto que tenemos quienes no renunciamos es sacar de la inmundicia en que se encuentran a los partidos, a los comicios y en general a la política institucional. El desafío es hacer de estos ámbitos, hoy enlodados, un terreno de lucha.
Ahora bien, ¿quién, aparte de Morena, está tratando de construir un partido de nuevo tipo?; ¿quién, aparte de Morena, está planteando una alternativa electoral diferente? Y porque está en ese camino, el Movimiento arriesga, comete errores, reproduce vicios… Lo otro es clamar contra la clase política, y en la práctica dejar la cancha a los personeros de la oligarquía, a los vividores, a los corruptos.
Ese es el dilema. No si hay que votar o no hay que votar, sino cómo los que “no renunciamos a la lucha electoral” hacemos del voto un ejercicio democrático, una forma entre otras de poder popular. Entonces el problema no es con Gilberto, que cuando menos en su texto no argumenta a favor del abstencionismo, sino con quienes sin proponer nada para dignificar la política institucional, llaman expresamente a no votar, a anular el voto o a boicotear las elecciones pensando que de esta manera deslegitiman al sistema. Y no lo plantean sólo para Guerrero, donde como están las cosas ciertamente los comicios no deberían realizarse. Ni sólo para estas elecciones intermedias, que como siempre serán comicios desangelados. El anulismo militante generaliza su escepticismo a todas las elecciones y a todos los candidatos. Además, no es un planteo nuevo: se inauguró en 2006 impulsado por “La otra campaña” del EZLN; se repitió en 2012, y ahora se reactiva con los mismos argumentos. Señalamientos en los que se mezclan críticas muy pertinentes al autoritarismo del régimen y a los desfiguros políticos de las presuntas izquierdas, con descalificaciones de mala fe destinadas a justificar a posteriori las dañinas posturas de quienes se opusieron y se oponen a la participación electoral.
Y pese a que en su artículo no llama a no votar, Gilberto retoma algunos de esos argumentos. “Las izquierdas electorales –dice– no se organizaron ni tampoco organizaron a la sociedad para revertir el fraude que venía preparándose”. Suena pertinente la reclamación… pero vista de cerca es insostenible. Y es que para “revertir el fraude” primero tiene que haber fraude. En 2006 y en 2012 nos hicieron fraude porque les ganamos las elecciones o íbamos a ganárselas. Y se las ganamos gracias al activismo de cientos de miles de personas y a base de propuesta razonada, candidato creíble, organización de base y mucha movilización. ¿Que nos quedamos cortos? ¿Que pudimos haber hecho más? ¿Que se pudo haber defendido mejor el triunfo? Es posible. Pero para reclamar con autoridad moral por la forma en que hacen las campañas quienes hacen campañas, por la manera en que defienden los resultados quienes los defienden, primero habría que participar en ellas, ¿no? A menos que se piense que la mejor forma de evitar los fraudes electorales es convocando a no votar, porque así los fraudes ya no serán necesarios.
No haber encontrado la manera de revertir el fraude de 2006 y la compra de la elección en 2012 tuvo un altísimo costo en vidas que –estoy seguro– no hubiéramos tenido que pagar con López Obrador en la Presidencia. Quienes trabajamos por un cambio de gobierno nos sentimos responsables por no haber hecho más y por no haberlo hecho mejor. Pero me pregunto cómo se sienten quienes llamando a no votar facilitaron la llegada no de la revolución, sino de Calderón y Peña Nieto. Sean autocríticos, pide Gilberto. Sí. Pero todos.
En este debate, la vía para el cambio es la cuestión de fondo. Y al respecto yo he propuesto “una combinación de movimientos y elecciones”. Fórmula simple pero especiosa para la que encuentro inspiración en partidos como el griego Syriza y el español Podemos, así como en procesos de cambio ocurridos en América del Sur. Al respecto, Gilberto demanda un “análisis de mayor calado”, y a continuación enfatiza el papel que en Venezuela, Bolivia y Ecuador tuvieron las “previas y francas rupturas”, los “movimientos indígenas” y las “revoluciones ciudadanas”. Recordatorio con el que no puedo menos que coincidir, pues constituye la primera mitad de mi fórmula dual. ¿Está Gilberto de acuerdo con la otra mitad? ¿O es que cree que con un “análisis de más calado” se puede escamotear el papel decisivo, no exclusivo, que en la liberación de estos países tuvieron y siguen teniendo las elecciones?
Termino por donde empieza Gilberto, por la coyuntura. En el artículo en cuestión sostuve que gracias a la movilización por Ayotzinapa, a la incuestionable legitimidad de sus banderas y al amplio consenso con que contaba y cuenta, en diciembre de 2014 vivimos una para México inédita crisis de Estado, la cual “apuntaba a la caída de la administración y a un reacomodo político que abriera paso al cambio de régimen por la combinación de elecciones y movilización social”. Precisamente el tipo de “revolución ciudadana” que según Gilberto hizo posible el cambio en algunos países del Cono Sur.
Pero, para mi sorpresa, lo primero que a Gilberto le parece sin “sustento” del artículo es que yo sostengo que “¡Fuera Peña!” era la “bandera más flameante” del movimiento. Y no, dice él, “¡Fuera Peña!” no era más que “una consigna que cobra fuerza entre algunos contingentes que participan en las marchas”. ¿Cientos de miles exigiendo una y otra vez en las calles la renuncia del presidente de la República, mientras el mundo entero lo estigmatiza es poca cosa, es una consigna más?
Ante esta radical diferencia de apreciación, lo de menos es que enseguida Gilberto confunda mis objeciones al boicot electoral que –asociado a un Constituyente Ciudadano y a una nueva Constitución– planteó la “izquierda eclesial” (los obispos Raúl Vera y Ramón Castro, los sacerdotes Alejandro Solalinde y Miguel Concha, y laicos como Javier Sicilia), con presuntas críticas al Congreso Popular que sesionó el 5 de febrero y al que yo nunca me referí.
Lo que importa es que, en mi visión de la coyuntura –y por lo visto no en la de Gilberto–, a finales de 2014 estuvimos más cerca que nunca de un quiebre político sustentado en el descontento y la multitudinaria movilización social, que avanzara hacia un gobierno de transición, un nuevo Constituyente y una nueva Constitución, y, con ello, hacia la refundación del país.
Lo cual era posible si el presidente y los secretarios nos seguían ayudando con sus torpezas, y si las fuerzas movilizadas y posibles de movilizar se hubieran concentrado en procurar la salida de Peña Nieto. Exigencia que, entre otros personajes menos visibles, planteaba una y otra vez López Obrador (¿será por esto que a algunos no les parece tan “flameante” la consigna?).
En esas excepcionales circunstancias, plantear la abstención, el boicot electoral, el Constituyente Ciudadano, la refundación de México o cualquier otra cosa, sin poner en el centro la salida de Peña Nieto, era “darle un respiro”. Y se lo dimos. Ni modo.
Colofón. Hay en México un fundado descreimiento en las elecciones, y algunos llaman a abstenerse. Con ese motivo escribí un artículo donde en esencia sostengo que no sufragar, hacerlo en blanco o boicotear los comicios es hacer el juego a los personeros de la oligarquía que se perpetúan electoralmente gracias a sus clientelas y comprando el voto. Gilberto me contestó, pero extrañamente de esto que es el centro de mi argumento y de un intenso debate nacional, no dijo nada, absolutamente nada. En cambio, más de dos tercios de su texto son críticas –unas justas y otras injustas– a Morena y a López Obrador, que son quienes bien que mal llaman a movilizarse socialmente y a votar por la izquierda. ¿Cuál es el mensaje?
Atentamente
Armando Bartra
De Felipe Echenique March
Señor director:
A
nte la polémica suscitada por las próximas elecciones federales, estatales y municipales, le solicito publicar las siguientes líneas:
Los intelectuales orgánicos están escribiendo en contra de lo que podríamos llamar en forma genérica el abstencionismo, y más ruido hacen los vocingleros y burócratas del sistema electoral –que incluye a todos los miembros de los partidos políticos– en la radio, la televisión, el internet y los espectaculares para descalificar –y llenar de culpas pasadas y por venir– a quienes nos proponemos realizar campañas permanentes de abstención, oposición, sabotaje, combate –o como se le quiera llamar– al sistema electoral y su peor resultado: la elección de un grupúsculo no sólo de vividores, sino de verdugos de los intereses de las grandes mayorías y, en consecuencia, de nuestras propias vidas, tal y como lo estamos experimentando ahora.
Nadie está obligado a lo imposible y, menos aún, a renunciar al reconocimiento de su propia dignidad. Si no hay partido político o individuos que me pueden representar para que yo y todos los mexicanos tengamos una vida digna, justa, equitativa y en paz, ¿por qué debo votar? La abstención no es sólo una acción, es un derecho humano inalienable e imprescriptible a mantener la dignidad y la razón sobre la mentira, el cinismo, la hipocresía y la estupidez montadas en caballo de hacienda.
Mantener mi posición extrema de oponerme al sistema del horror al que nos quieren condenar es un acto no sólo de lucidez, sino de valor extremo cívico-histórico, para decir a quienes se han alzado con los poderes públicos que, a pesar de todas las campañas y acciones que realizan para aterrorizarnos, enajenarnos, acobardarnos, reducir nuestra inteligencia y capacidad de discernimiento y decisión, seguimos vivos y dignos, con la única posibilidad que tenemos: la vía pacífica de abstenernos política y militantemente en los procesos electorales y exhibir la ilegitimidad e ilegalidad con que gobiernan las camarillas que están en los llamados poderes federales, estatales y municipales.
Entre todos los partidos políticos no juntan ni siquiera una mayoría relativa de toda la nación. Entonces, ¿cómo gobiernan y dictan leyes? La razón no puede ser vencida por el discurso de la conveniencia de lo menos malo, pues en ello está la renuncia al derecho más inalienable e imperceptible que tenemos los seres humanos de oponernos y resistir a nuestros verdugos. No es instinto de sobrevivencia. Se trata de convicción, de que la dignidad se antepone a lo que pareciera nuestra desgracia y fin manifiesto.
Todos los partidos políticos juegan a lo mismo: a exprimir la esperanza; mientras que para los abstencionistas la esperanza está puesta en la recuperación de la dignidad humana.
Atentamente
Historiador Felipe I. Echenique March
De Miguel García P.








