Por Piedad Teatro Producciones

Nada más enriquecedor que conocer desde sus entrañas la forma de ser y pensar de un pordiosero a través de la excelsa escritura de Samuel Beckett.

Sumido en la desesperanza pero no en la conmiseración, un viejo sin nombre nos cuenta el recorrido emprendido desde su expulsión de una casa de asistencia hasta su último día oculto en una pequeña barca. Contemplamos sin esperanza la vida de este hombre, que tal vez no podría contárnosla dada su condición, pero que la inteligencia de Beckett y su visión descarnada de la humanidad nos devela.

El final, novela corta incluida en sus Textos para nada, es retomada por la directora Ana Graham, actriz y productora también, para llevarla al escenario a la manera de monólogo, sin necesidad de modificaciones. La naturaleza escénica de Beckett hace de este texto una narración llena de imágenes, acciones dramáticas, recorridos emocionales y situaciones netamente teatrales. La habilidad y talento de Arturo Ríos convierten las palabras en vivencias de un personaje en presente que transmite todo un mundo al espectador.  Podemos “ver” lo que él está viviendo, los lugares que recorre y la miseria a la que está expuesto. Con la simple descripción de su estado, sin ningún tipo de calificación o valoración, el espectador descubre, a través de la experiencia, a lo que este hombre se enfrenta: un sótano desolado, una estafa, la limosna en la calle o el olor a excremento en su cuerpo. La complicidad de los que observamos y del actuante es inmediata; el silencio, los suspiros, la sorpresa, una que otra risa, el silencio… Todos danzamos a su tempo.

Ana Graham ubica al innombrable en una pequeña tabla cuadrada con un banquito atado a su pie; y es ahí, con un mínimo de movimientos –lo cual va potenciando cada vez más la carga emocional–, donde él cuenta al público el tránsito de un lugar a otro, deteniéndose en detalles nimios y significantes –característico de Beckett–. La directora lleva la historia con sobriedad apoyada con la maravillosa iluminación de Víctor Zapatero. Ella muestra sus capacidades como directora en este su primer trabajo, pero dada su experiencia escénica lo hace notablemente.

Con El final y El síndrome Duchamp, Por Piedad Teatro Producciones conmemora quince años de existencia. Entre sus montajes se encuentran 4.48 Psicosis y Devastados de Sarah Kein, Los baños de Paul Wesker, y El dragón dorado de Roland Schimmelpfennig, entre otras;  siempre obras de riesgo que dan a conocer las nuevas propuestas de la dramaturgia contemporánea.

En El síndrome Duchamp, espectáculo de Antonio Vega codirigido por Ana Graham, el juego de perspectivas se da a través de la miniaturización. Monólogo interpretado por Vega y por su sombra permanente, con un certero trabajo corporal de Miguel Pérez Enciso. Vega nos cuenta una historia llena de anécdotas, a veces dispersas, sobre la relación de Juan con su madre ciega a través de cintas grabadas y su actual empleo. Muestra un muñeco más pequeño, ejecutando la anécdota, y éste a la vez cuenta la de él mismo más pequeño, hasta llegar a la miniatura. La imaginería y las buenas soluciones escénicas se ven disminuidas por las dificultades actorales del protagonista, que tiene con poca presencia escénica, emocionalidad y matices en el decir. Es una obra  donde la sencillez de la narración se combina con la riqueza de los recursos.

Tanto El síndrome de Duchamp como El final, dieron una breve temporada en el Galeón del Centro Cultural del Bosque del INBA. A El final, todavía le quedan tres funciones, hasta el jueves 5.