Raquel Tibol (1923–2015)

El legado cultural que deja Raquel Tibol es muy valioso y no se limita únicamente a su reconocida aportación a la historiografía de la crítica y la historia del arte moderno mexicano. Su legado incluye también una actitud intelectual autónoma y libre que, basada en el trabajo y la investigación constante, le permitió tanto dialogar con el mundo académico como mantenerse al margen de las becas gubernamentales.

Mexicana por decisión desde 1961, Raquel Tibol, nacida en 1923 en Basavilbaso, Argentina, llegó a nuestro país en 1953 para trabajar con el  pintor Diego Rivera.

Sus textos semanales aquí, conocidos como “tibolazos” por la acertada dureza de sus contenidos, son una incomparable fuente de información sobre valores, aconteceres y protagonismos de la escena artística mexicana.

Apasionada y contundente en sus apreciaciones, Raquel Tibol destaca también como historiadora del arte. Ya sea en trabajos monográficos, de devenir histórico, de crónica coyuntural o recopilaciones de textos, sus aproximadamente 40 publicaciones rescatan personajes y momentos de notoria relevancia para la comprensión del arte mexicano, tanto moderno como contemporáneo. Además de sus afamados estudios sobre Frida Kahlo, las recopilaciones de textos de Diego Rivera y los numerosos monográficos  dedicados a autores consagrados como José Guadalupe Posada o David Alfaro Siqueiros, en su bibliografía sobresalen publicaciones dedicadas a temas coyunturales como las Confrontaciones entre artistas y funcionarios de los sesenta y setenta, y las expresiones gráficas emergentes de los ochenta que ella misma denominó como Neográficas.

No sólo se encargó de difundir el conocimiento artístico en la prensa, radio y televisión, también fue una importante protagonista de la escena de las artes visuales a través de su constante participación como jurado en concursos nacionales e internacionales.

Otro aspecto de su legado lo constituye su archivo de notas, cartas y documentos mecanografiados. Depositado por ella misma en la Fundación Carlos Slim, este acervo integrado por copias de los artículos hemerográficos, textos de catálogos, borradores, epistolarios y anotaciones personales es un tesoro para todo interesado en historiar la escena mexicana de las artes visuales en la segunda mitad del siglo XX. Actualmente en fase de catalogación y digitalización, el archivo y biblioteca personal de aproximadamente 8 mil libros y 12 mil catálogos, podrá consultarse de manera gratuita en la biblioteca del Museo Soumaya en la Ciudad de México.

La asertividad que tenía para seleccionar el objeto de estudio, la apasionada eficacia de su manera de comunicar, el pragmatismo que demostraba ante coyunturas adversas y su habilidad para transitar sin concesiones por los circuitos del poder artístico, la convierten en un personaje que no merece ser transformado en leyenda. Por el contrario, su obra y biografía exigen estudios que descubran y analicen las aportaciones que hizo no sólo a la historiografía de la crítica e historia del arte sino, también, al periodismo artístico de México.

Miembro del grupo de periodistas que salió con Julio Scherer del periódico Excélsior en julio de 1976, Tibol, según narra Vicente Leñero en Los periodistas, fue “la primera en sugerir la constitución de una empresa” sustentada con la venta de acciones: la revista Proceso. También pragmática, en el contexto de la fundación de este semanario, Raquel organizó una subasta de arte bajo un modelo de negocio que favorecía tanto a la nueva empresa como a los artistas: los beneficios económicos de las obras vendidas serían retribuidos a sus creadores a través de acciones. ¿Fue Raquel la iniciadora en México de subastas de arte sin fines directamente comerciales?

Aun cuando lo que más se exalta de su carácter es la agresividad –que provocaba el temor que tantos le teníamos–, Raquel era una persona cariñosa. Dura y contundente, sus afectos o aprobaciones no se manifestaban con caricias. Se manifestaban con cálidas sonrisas, enérgicos regaños y generosas recomendaciones: “Usted debe leer todo lo que se ha publicado de la exposición que va a criticar, está atendiendo demasiado el mercado”, me dijo alguna vez la maestra.

Pragmática, se despidió durante 2014 compartiendo que su partida estaba cerca. Afectiva, nos privilegió a algunos con el regalo de su tiempo y cotilleo sobre exposiciones como Desafío a la estabilidad que, presente de marzo a agosto de 2014 en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC),  la excluyó de su contenido.

Seductora, en 2013 le preguntó al periodista Alejandro Ipiña del periódico El País si se veía “guapa” el día de su boda, en 1957, con el historiador Boris Rosen Jélomer. Coqueta, Raquel manifestó siempre un apasionado gusto por los broches o prendedores: “La única joya que me gusta son los broches”, grandes, chicos, ostentosos, discretos, con una enorme piedra o con abigarrados diseños en oro, los broches eran el único adorno  que lucía Raquel Tibol. Colocados  en la garganta, uniendo el cuello de las austeras blusas que vestía, los broches eran su perdición. Regalados, sumamente apreciados y coleccionados, estos objetos se suman a los misterios que rodean a la famosa crítica de arte: ¿Cuántos son, quién se los regaló?

Raquel Tibol, crítica periodística del arte, fue y es algo más que una simple y mediática leyenda: Un ser humano que muchos recordamos con afecto, admiración y enorme gratitud.