Bastián y Bastiana, nombres abreviados de Sebastián y Sebastiana, es un delicioso juguetito operístico que el niño Wolfgang Amadeus Mozart compuso cuando contaba con 12 años (1768).
Si ya de por sí esta obra de apenas unos cincuenta minutos de duración es un juguetito muy propio para el disfrute infantil, más aún lo resultó en la adaptación y montaje que hicieron y presentaron el domingo pasado, en dos funciones, César Piña y la Orquesta Sinfónica Nacional que estuvo bajo la batuta de este muy interesante director jovencísimo (24 años) para estos menesteres y haber alcanzado ya las alturas en las que está, Iván López Reynoso.
Mozart estrenó este “singspiel”, género típicamente alemán que no es otra cosa sino una ópera en la que se incluyen partes habladas a más, claro, de las cantadas, definición sin ánimo de polemizar con los puristas que vaya si los hay. Y a mayor abundamiento, vale recordar que el propio padre de Wolfgang Amadeus, don Leopoldo, dijo que ésta era una opereta. ¿Qué tal?
Pero bueno, Bastián y Bastiana tiene un argumento muy sencillo; ellos son dos jóvenes aldeanos enamorados que, como todas las parejas, tienen sus momentos problemáticos; en este caso, el que Bastián se halla visto atraído por una rica aristócrata habitante en el castillo cercano, quien le ofrece placeres y bienes que, por supuesto, el muchacho nunca había tenido. Angustiada por esta situación, Bastiana acude a Colás (diminutivo de Nicolás), especie de mago o consejero del pueblo quien le aconseja mostrarse frívola y distante con su galán y haciéndole creer que ya tiene otro. Bastián quien en realidad quiere a la chica y prefiere la vida sencilla pueblerina a las riquezas de la corte, acude también a Colás… Se guarda el desenlace para quien no conozca la pieza.
Aparte de otras cosas, es de admirar la capacidad de Mozart para, sin haber experimentado nunca –dada su edad– ese tipo de vivencias, haberlas plasmado en forma tan perfecta, así como el perfil de Colás y darnos esta obrita (por su duración no por calidad musical) tan redondeada.
Con este material, agregando un “narrador–conductor”, que es el propio Mozart, y un pequeño grupo de bailarines, Piña produjo un montaje que hizo la delicia de los muchos niños que estaban en la sala y, debe explicitarse, también de los papás y/o adultos que los acompañaban. Con unos cuantos trastos de utilería y un por demás atinado y vistoso vestuario a cargo de Violeta Rojas, la puesta en escena ágil y divertida en la que de alguna manera se hizo participar también al director orquestal y a los atrilistas, se convirtió en una auténtica deliciosa iniciación a la ópera.
En las partes vocales estuvieron la muy experimentada y siempre solvente soprano Lourdes Ambriz, quien a más de buena cantante es también buena actriz de ópera; el también ya fogueado bajo Charles Oppenheim, que actoralmente estuvo muy bien pero vocalmente no las tuvo todas consigo, y el tenor Edgar Villalva. A Mozart, el narrador–conductor, pivote, lo encarnó el actor Ricardo Zárraga, quien igualmente posee ya algunas tablas.
Refrendando su calidad, que para nada está peleada con el desenfado y la informalidad con la que se condujo, contribuyendo al buen resultado del montaje, López Reynoso hizo funcionar con precisión y animación a la orquesta, trasmitiendo al público lo que se debía trasmitir, que se estaba en una situación lúdica y de disfrute y ese espíritu era el que debía de campear.








