El esperpento en que se convirtió el segundo informe de gobierno de Aristóteles Sandoval Díaz hizo que pasara casi inadvertido el cierre de las precampañas electorales en la comarca. En esta ocasión, la sobriedad que siempre debería de acompañar el reporte anual que el primer mandatario del estado está obligado a rendir al pueblo de Jalisco, representado oficialmente por los legisladores locales, devino espectáculo circense, aburrido a ratos, rebuscado en otros y siempre con ribetes tragicómicos o de humor involuntario.
Este circo político se montó en varias pistas: en el Palacio Legislativo, a donde el secretario general de Gobierno, Roberto López, acudió a entregar el texto del informe de marras; en el patio de Palacio de Gobierno, donde el primer mandatario estatal echó su gato a retozar el mediodía del domingo 8 de febrero, ante integrantes de la clase política de distintas partes del país; en la sede del antiguo Congreso de Jalisco, donde un día después el gobernador y los integrantes de su gabinete tuvieron una encerrona con dizque “representantes de la sociedad civil”, en lo que pomposamente se ha dado en llamar “glosa ciudadana”, y a la misma hora, pero a dos cuadras de ahí, en un salón del hotel La Rotonda, a donde llegaron agentes de la Fiscalía General para llevarse preso a Octavio Pérez Pozos, exfuncionario del Congreso de Jalisco, en el momento en que éste comenzaba a dar una rueda de prensa para acusar al gobierno de Sandoval Díaz de estar orquestando una cacería política en su contra.
Ante tal espectáculo, ¿quién se iba a ocupar de los “precandidatos” que por esas mismas fechas daban por concluida la primera etapa de su campaña en buscar de un cargo de elección popular? Y, sin embargo, el cierre de las precampañas tuvo lugar oficialmente el pasado 5 de febrero, con el abanderado del PRI a la alcaldía de Zapopan, Salvador Rizo, en la otrora a Villa Maicera, con un contingente de “acarreados”, especialidad del priismo de siempre, que en esta ocasión corrió por cuenta del Sistecozome, empresa transportista gubernamental. Por su parte, a Enrique Alfaro, aspirante al mismo cargo por Movimiento Ciudadano, le dio por sentirse Alberto Cortés y repartir rosas enfrente de la Presidencia Municipal tapatía, y al panista Alfonso Petersen, exalcalde de la capital jalisciense, por regresar a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres para desde ahí cantar aquello de “quiero volver, volver, volver” a despachar en la primera oficina del Ayuntamiento de Guadalajara.
Con lo anterior, teóricamente y durante un par de meses, la sociedad jalisciense habrá de tener un respiro en el muy adelantado proceso electoral de 2015, proceso que comenzó el 28 de diciembre de 2014. Y ello porque en el calendario de la presente zafra electoral las precampañas llegaron a su fin en la primera fecha señalada, correspondiente al segundo domingo de febrero. Ahora, en este intervalo de 60 días, lo que corresponde es saber si las precampañas sirvieron para algo y cuál es el saldo que dejaron para los aspirantes a un puesto de elección popular, para los partidos que postulan a la mayoría de esos aspirantes y para la sociedad en general.
Por principio de cuentas, si algo brilló por su ausencia en las casi seis semanas de “precampañas” fueron las ideas, para lo cual casi todos los dizque “precandidatos” tuvieron la misma coartada: que la legislación electoral no les permitía hablar de planes ni de propuestas durante este periodo, en el cual teóricamente sólo se pueden dirigir a sus correligionarios, mas no así a la sociedad abierta, aun cuando ésta, en la práctica, haya tenido que chutarse los incontables spots de radio y televisión, las entrevistas en los medios masivos de comunicación, las pintas en las bardas, los anuncios espectaculares que varios aspirantes contrataron, los volantes que en la vía pública fueron repartidos por cuadrillas de activistas de su causa.
Y todo ello porque, a quererlo o no y ante la complacencia o la complicidad de las autoridades electorales, dicha propaganda llegó a quien oficialmente no debería haber llegado: a la inmensa mayoría de la sociedad, que no entra ni entre los seguidores de los aspirantes en campaña ni tampoco entre “militantes y simpatizantes” de los partidos políticos en contienda, contingente este último que conforma lo que algunos llaman “el voto duro” de cada uno de esos partidos.
Desde un principio, el PRI Jalisco, comenzando por el primer priista de la comarca (¿eres tú, Aristóteles?) se decantó por Ricardo Villanueva, quien durante el periodo de precampañas se dedicó a hacer boxeo de sombra, pues saltó al ring tapatío en la risible condición de “precandidato de unidad”, eufemismo para no decir abiertamente que, en la muy reconocida tradición antidemocrática tricolor, el exsecretario de Finanzas fue, es y seguirá siendo hasta el día de las elecciones (7 de junio del año en curso) hijo del dedazo.
La “precampaña” del susodicho tuvo sus singularidades. Tal vez la más llamativa haya sido el señalamiento de que el contingente juvenil encargado de repartir su propaganda política en distintos cruceros del municipio tapatío, ataviado con camisetas rojas y la leyenda de “Villanueva”, había sido enganchado por mandos medios de la Universidad de Guadalajara, con el consentimiento de los mandos altos de la misma institución, a cambio de que a esa copiosa hueste estudiantil –luego se supo que provenía del Centro Universitario de Ciencias Económicas y Administrativas– se le condonara el servicio social que todo profesionista titulado debe prestar a la sociedad.
El rector de la UdeG, Tonatiuh Bravo Padilla, negó que él hubiera dado el consentimiento para esta anomalía y, al igual que otros jeques universitarios, dijo que preferiría creer que esas cuadrillas juveniles propriistas estaban integradas por alumnos de la UdeG que, espontánea y desinteresadamente, se habían sumado a la causa tricolor por la alcaldía de Guadalajara. Por su parte, Ricardo Villanueva primero fingió demencia y luego se presentó, ¡ai pinchemente!, como un rockstar de la política y de la vida universitaria, diciendo que no había nada de extraño en que alguien como él tuviera legiones de fans entre el estudiantado de la UdeG, dado que era “un académico” de esa institución.
Entre paréntesis, todo hace pensar que en el vocabulario de Villanueva, “académico” equivale a “grillo”, pues hasta donde se sabe la producción académica del susodicho no se tasa en obras intelectuales, sino haber sido uno de los niñosaurios de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), organización que presidió en sus mocedades con el consentimiento del mandamás de la UdeG (¿acaso eres tú, Raúl?).
Y al mismo tiempo que el gobernador priista Aristóteles Sandoval se pavoneaba por la pasarela que fue montada para su propio lucimiento, de las filas del PAN surgía la noticia de que dos viejos conocidos habían sido designados como candidatos de ese partido a las alcaldías de Guadalajara y Zapopan: Alfonso Petersen Farah y Guillermo Martínez Mora, respectivamente.
¿Cómo andarán las cosas en el panismo de la comarca cuando sus huestes tuvieron que recurrir a alguien que demostró su escasa, por no decir casi nula, competencia al frente de la alcaldía de Guadalajara, con proyectos fallidos como la malograda Villa Panamericana en los alrededores del parque Morelos, o con la privatización de espacios públicos como ocurrió en el caso del mutilado parque Mirador Independencia, que entregó a un grupo de empresarios que promueven la construcción de un pretendido museo de arte moderno “de clase mundial”, y ello para no hablar del también fallido proyecto Puerta Guadalajara, con el cual el Ayuntamiento tapatío entregó una de sus escasas reservas territoriales a cambio de casi nada?
Ni hablar, a principio de febrero loco, en Jalisco se vivió una semana ídem. l








