Jalisco ya tiene su fototeca

Desde su adolescencia, cuando empezó a tomar fotos, Alberto Gómez Barbosa no ha abandonado esa pasión. Por más de medio siglo formó un voluminoso archivo gráfico que recientemente donó a las autoridades para que se constituya la fototeca de Jalisco. Hoy, Gómez Barbosa, quien también se ha destacado como locutor y cronista deportivo, es el responsable de ese acervo gráfico que hoy se resguarda en la Biblioteca Pública “Juan José Arreola”.

Gracias a la donación del fondo fotográfico de Alberto Gómez Barbosa, Jalisco contará por fin con una fototeca. El archivo gráfico consta de 60 mil negativos, mil 100 fotos impresas y 2 mil libros sobre el tema, todo debidamente clasificado, y tendrá su sede en la nueva Biblioteca Pública del Estado “Juan José Arreola”, que opera la Universidad de Guadalajara.

El nuevo espacio podrá albergar en el futuro otros acervos, pues el propósito es convertirlo en uno de los más importantes del Sistema Nacional de Fototecas.

Durante cuatro décadas, Gómez Barbosa fue reuniendo su trabajo fotográfico y comenzó a clasificarlo; incluyó tomas de sus andanzas por la entidad y otras regiones del país, así como de sus viajes al extranjero.

Consciente de que Jalisco carecía de una fototeca –era el único que no tenía–, Gómez Barbosa decidió donar todo su material “para dar el primer paso en la conformación de una fototeca estatal”, comenta a Proceso Jalisco. El director general de la biblioteca pública, Juan Manuel Durán Juárez, decidió nombrarlo responsable de esa área.

Su propósito, dice, es hacer de la fototeca un lugar vivo, activo. Ya está pensando en organizar exposiciones temáticas, así como conferencias, cursos y diplomados sobre fotografía.

En diciembre de 2011, Gómez Barbosa, quien también es locutor de radio y televisión, editó el excelente libro Luz y sombra, en el que reproduce cerca de 200 instantáneas en blanco y negro, dividido en siete capítulos: Mi pueblo, mi gente; Arquitectura; Niños; Paisaje; Formas y texturas; Retratos, y Viajes, y un prefacio escrito por el crítico de arte José Luis Meza Inda.

La edición del volumen (30X30 centímetros en papel maché) estuvo al cuidado de Guillermo Ramírez Godoy y fue patrocinado por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la Corresponsalía Guadalajara del Seminario de Cultura Mexicana y Promoción Cultural de Jalisco.

En aquella ocasión, se le preguntó por qué sólo incluyó fotografías en blanco y negro. El autor respondió:

“Es lo que a mí siempre me ha gustado, con lo que me siento más cómodo. Creo que el blanco y negro es una manera más abstracta de ver las realidades. El color es la realidad total, y el blanco y negro le agrega algo abstracto que a mí me agrada mucho. Tengo un mueble lleno de cámaras y siempre tuve una negra para blanco y negro, y una plata del mismo modelo para fotos a color: si me interesaba la luz, la forma o la figura era blanco y negro, si era el colorido tomaba la de color. Tengo más de 30 libros impresos con fotos a color, pero siempre como parte secundaria del libro de otro autor.”

Las pasiones

Alberto Gómez Barbosa siempre lleva su cámara colgada del hombro. Y apenas observa algún movimiento, paisaje o expresión de la gente o el tráfico vehicular, enfoca su lente y dispara, así sea con un mínimo haz de luz –no usa flash–. Lo importante, dice, es captar el instante, extraerle su esencia.

Tenía 10 años cuando se compró su primera camarita para retratar, según comentó a este semanario la década pasada (Proceso Jalisco 98). Durante sus vacaciones escolares solía trabajar como repartidor de medicinas en una farmacia; ahorró dinero y adquirió la cámara junto con una lamparita para leer de noche, pues su mamá le apagaba la luz para que se durmiera temprano.

Ya en la adolescencia, comenzó a trabajar en un laboratorio de fotografía, donde estuvo algunos años aprendiendo el oficio. Desde entonces comenzó a combinar ese quehacer profesional con la locución radiofónica que, con el tiempo, lo convirtió en uno de los más cotizados cronistas deportivos. También le gustaban la lectura y las humanidades, de hecho estudio artes plásticas y arquitectura.

A sus 79 años, cumplidos el pasado 15 de diciembre, Gómez Barbosa sigue cultivando su gran pasión por la fotografía; no ha dejado de participar en exposiciones ni de escribir presentaciones de libros.

Su formación en el mundo de sombras y luces se la debe, confiesa, a dos maestros de la fotografía: Marcelino Araiza y Juan Víctor Arauz. Suele perderse en su cuarto oscuro, donde permanece muchas horas revelando sus fotos. “Estar ahí –dice– es como regresar al seno materno; la fantasía vuela en ese espacio”.

En el prefacio de Luz y sombra, Meza Inda destaca que con el tiempo, Gómez Barbosa se volvió “cada vez más inquisitivo y sensible a la luz y a los misterios de la realidad; a esa realidad pura y dura que ha sido tema persistente de su obra, y que él ha sabido siempre capturar con sabiduría y apasionamiento, en sobrio blanco y negro, siguiendo fielmente los centenarios procedimientos del quehacer fotográfico, en cuanto a toma, revelado e impresiones sobre las cuales ha sabido yuxtaponer la imagen de su propia personalidad y de sus propias emociones”.

Asimismo, apunta que a Gómez Barbosa no se le puede endosar ningún “ismo”, porque “no ha empleado su imaginería para denunciar ni para exaltar la virulencia omnipresente; nunca se ha regodeado en las miserias humanas ni practicado el sensacionalismo gráfico; no han encontrado lugar en sus imágenes ironías que duelan ni sarcasmos que lastimen; pero tampoco han estado suspendidas en el vacío de contenidos ni en inútiles juegos malabares; siempre es posible encontrar en ellas un sustrato común de subsistencia positiva que las identifica y redime; lo suyo ha sido, es, un fotografismo humanista”.