Con la ola electoral que nos empieza a agobiar, los titulares de la grilla local arrojaron a un lado sus vestales y ya andan danzando desnudos ante su público. Esto, se dirá, obedece a un sainete acostumbrado. Cada seis años se renueva el pleno de los poderes, con lo que sube a cartelera el espectáculo mayor. A media temporada, que es ahora, hay que renovar la cámara de diputados federales, una buena hornada de senadores y, con una tanda incompleta de gobiernos estatales, se remueven sus congresos y municipios correspondientes.
Les solemos llamar a estas elecciones intermedias. Los interesados en la danza y sus seguidores se tiran con todo para descalificarse. Es un espectáculo deprimente. La desgracia es que poco a poco nos han ido acostumbrando a soportarles semejantes charadas, tan morbosas como absurdas. De ser o deber ser una pasarela obligada de candidatos, para que el respetable escoja a quienes considere mejores para la sustitución de puestos, los mismos actores la han venido rebajando de calidad, al grado de que ahora escenifican comedias insufribles, sainetes insoportables. El nivel de la campaña actual en Jalisco es palpable muestra de esta degradación.
Como en la elección anterior, los señores danzantes se infligieron muchos agravios, es obvio que posean muchos pendientes en las alforjas de esta edición. No hay necesidad de enumerarlos. Ellos mismos los sacarán a colación. En su frenético afán por encuerarse unos a otros repetirán sus malos ratos pasados, sus chistoretes de bajos fondos, los retratos de letrina que se atribuyen unos a otros, en suma, las descalificaciones intercambiables acumuladas para restregarse en el rostro. Las conoceremos a profusión. No hay que comer ansias.
El buen sentido de los paisanos en Guerrero pugna para que se cancelen estas charlotadas en su sufrido estado. Si entre los jaliscienses hubiera un poco de vergüenza política, tendríamos que izar una bandera semejante. Pero como este es un país de jauja, donde nunca trascienden en su verdadera dimensión los quebrantos financieros y políticos que derivan de las malas actuaciones de nuestros grillos, aquí ya se están alistando las tropas electorales para dirimir sus querellas. Los quincalleros locales le llaman precampaña a su parte inicial y campaña formal a lo que va a seguir. Si alguien encuentra alguna diferencia, estaría bien que la socializara para entenderle a este rejuego soso.
Dicen las mal llamadas “autoridades electorales” que el periodo que estamos atravesando todavía no es la campaña, sino precampaña. O sea, que su parafernalia desatada por todos los medios y en todas las calles se soltó para consumo interno en los partidos. Los precandidatos, que aún no han sido ungidos para la disputa de la plaza, se andan dando hasta con la cubeta con los pretendientes de los partidos opuestos, aunque todavía no se dé el banderazo que autoriza tal esgrima. No han subido al ring. Están apenas en la ceremonia del pesaje, o ni siquiera eso. Pero los golpes bajos y las patadas por debajo de la mesa ya son pan de cada día.
Sólo para documentar nuestro optimismo, hay que registrar el hecho de que ciertos barrios tradicionales, como el de Analco, el del Retiro y algunos más se encuentran inundados de propaganda callejera, con carteles, banners, mantas y profusa propaganda de mano. Toda a favor del candidato del PRI a Guadalajara, un tal Ricardo Villanueva. No hay crucero ni día en el que los automovilistas no sean atracados por tropeles de chavos vestidos de rojo, con banderas del mismo color, en la promoción intensa de este candidato.
A la humilde vivienda de este redactor, por el barrio del Santuario, llegó la ruidola priista desatada, igual que debe estar ocurriendo en los distintos espacios de nuestra capital tapatía. Por debajo de la puerta arrojaron papelería de promoción del mentado candidato. Un rostrito sonriente y semibarbón que dice que quiere resolver conmigo la ciudad de nuestros hijos. Bonito ofrecido tenemos, hablándonos ya con un lema más que obtuso. Si nos ganara el honor cívico tendríamos que acudir muchos a denunciarlo por esta tropelía, con el cargo de anticiparse en campaña electoral. Pero no lo hacemos porque sabemos con claridad que el tribunal electoral lo absolvería. Al pie de los folletos aparece inscrita la siguiente leyenda: “Precandidato a presidente por Guadalajara. Propaganda de precampaña dirigida a militantes y simpatizantes del PRI”.
Él y todos sus danzantes traen en la bolsa el amparo de la impunidad. El juez dictaminaría a su favor, avalado por esta mugrosa leyenda a pie de página. De nada valdría argüirle en contra de los acusados no pertenecer a la militancia ni tener simpatía por dicho partido. Podrían alzar esta voz todos los atropellados en los cruceros que no voten o no pertenezcan al tricolor. Pero los jueces, con su costal de mañas, sacarían el garlito de condenar, en dichos actos, violaciones a la norma de un precandidato, mas no impugnarían ni empañarían la imagen del que vaya a ser el candidato, porque todavía no lo es. Como nos salen cada día con cada treta inesperada, no se descarta ésta u otra parecida.
En fin, con lo electoral, como en tantos otros renglones de la vida nacional, experimentamos puros cuadros kafkianos. Somos un edificio construido de cascajo. Por donde le rasquemos brota pus. El INE trae desatada una campaña dizque de sensibilización ciudadana para que todo mundo tenga lista su credencial de elector actualizada; para que confirme si se encuentra en el padrón y para que se disponga a servir como funcionario de casilla, si es que lo elige el sacrosanto dedo del funcionariato. Suponen los angelitos que todos estamos ganosísimos de entrarle al baile. Faltaba más.
Con la alianza que celebraron PAN y PRD locales para presentar candidatos comunes en la contienda estatal, ambos partidos nos enviaron el mensaje de que ya no se considera esta palestra como un espacio digno para discusiones ideológicas. Hay que llevar la divergencia de posturas, la discusión teórica sobre asuntos políticos, las definiciones que derivan de las convicciones sobre los asuntos públicos, seguramente a otro basurero. Éste, con el pragmatismo de los acuerdos locales para repartirse espacios en disputa, ya está lleno.
El remate, en estas burlas locales, viene a ser la promoción de payasos para ser trepados a la arena de las discusiones políticas. No es que los mimos, en razón de serlo, carezcan de calidad ciudadana para contender en dichas lides. Charles Chaplin era un rojo consecuente. Por tal razón fue invitado a salir de los Estados Unidos y volver a su patria, en los años del anticomunismo rampante y ramplón que sacudió a los gringos cuando la guerra fría. Cantinflas, para quedarnos en casa, era anotado por miles de ciudadanos cada elección en los espacios libres de las boletas. Pero, la verdad, la verdad, ¿Guadalajara se merece que la pretendan Lagrimita y Costel, para ocupar el puesto de su alcaldía? Hay de burlas a burlas. Las que nos propinan los señores de la farándula electoral son de muy mal gusto, la neta.








