Ningún periodista cultural hubiera desdeñado una entrevista con Jorge Ibargüengoitia, pero en mi caso se trataba además de un asunto de privilegio. Conocía y admiraba toda la obra del escritor, a quien Julio Scherer había invitado a colaborar en las páginas editoriales del periódico Excélsior, donde yo me inicié. Con el golpe gubernamental al diario en 1976, solidario, Ibargüengoitia había renunciado.
Ni un par de años después, ya Scherer al frente de Proceso, el autor de Los relámpagos de agosto fue a despedirse de él porque iba a radicar en Nueva Jersey, “harto de la Ciudad de México” según me dijo mi director pidiéndole que lo entrevistara.
–Vaya directamente a su casa, que sienta que lo queremos –replicó cuando le dije que le llamaría por teléfono a su casa de Cerrada de Reforma 48, en el centro de Coyoacán.
Había leído en La ley de Herodes los pormenores que el dramaturgo “frustrado” y narrador exitoso había contado acerca de cómo construyó esa casa neocolonial mexicana, en cuyo patio delantero yo esperaba luego de que el portero me recibiera. Desde ahí miraba, tras un cristal inmenso, la espaciosa estancia, que terminaba también en otro cristal, que cerraba el patio trasero, desde entonces vi borrosamente una gran figura que agitaba las manos y avanzaba.
A los pocos segundos, estaba frente a mí Jorge Ibargüengoitia, inmenso, con camisa verde botella y pantalón caqui de dril, diciéndome que qué hacía yo ahí, que él no quería ninguna entrevista, y con el brazo levantado me indicaba que saliera de su casa.
Balbuceé algunas palabras (“Proceso”, “Scherer”, “la Ciudad de México…”) mientras el escritor miraba el libro que llevaba yo bajo el brazo, un ejemplar de algún volumen suyo (creo que Viajes en la América ignota), por aquella época inconseguible, y que por inconseguible había comprado sin dudarlo para ver si al término de la entrevista me lo autografiaba; el caso es que Ibargüengoitia se detuvo al verlo y me dijo, ya en el umbral:
–¿De dónde lo sacó?
–Lo compré en una librería de Guadalajara…
–Es que está agotado.
–Sí, ¿lo quiere?
Tomó el volumen y parco, más que preguntar, dijo:
–Qué es lo que desea.
–Es que como usted le contó a Julio Scherer su molestia de vivir en la Ciudad de México, me pidió que lo entrevistara sobre esas razones…
–Mire, estoy muy atareado empacando y esas cosas. En poco más de un mes estaré en Nueva Jersey, mándeme allá un cuestionario.
–¿Me da su dirección? –me atreví.
Todavía no la tengo –dijo y cerró el portón de madera.
* * *
Mes y medio después entré a la oficina del director de Proceso:
–Don Julio, ¿me regalaría una pregunta para Ibargüengoitia? Estoy haciendo mi cuestionario.
–No, para qué un cuestionario, que sienta que lo queremos, dígale a Elenita que lo comunique y dígale a don Jorge que se va usted inmediatamente a entrevistarlo.
Paralizado porque en aquella primera etapa de Proceso, un viaje así era un exceso económico, un verdadero lujo (por lo visto don Julio estaba decidido a consolidar el semanario con materiales de la más alta calidad, y sabía que el solo hecho de que Ibargüengoitia dejara la ciudad por invisible era un hecho contundente que evidenciaba al México del momento), tres minutos después, con su habitual perfección, mi hermanita Helen (como llamaban a la secretaria del director) tenía ya el dato y me comunicaba a Nueva Jersey con Jorge Ibargüengoitia, ni más ni menos.
–Don Jorge, cómo le va, quiero saber dónde puedo buscarlo en Nueva Jersey y cuándo para la entrevista.
–De qué entrevista me habla.
–¿Se acuerda de mí? Fui a su casa a solicitarle una entrevista y usted me dijo que en un par de meses le enviara a Nueva Jersey un cuestionario.
–Cuestionario sobre qué.
–Sobre por qué usted se fue de la Ciudad de México. Usted le contó a don Julio Scherer que estaba harto de la ciudad, de la contaminación, del tráfico, de que cuando llegó a Coyoacán había niños al lado de su casa que jugaban todo el día con una pelota y que veinte años después seguían jugando con una pelota.
-Qué voy a saber yo de la ciudad, entreviste usted mejor a un taxista.
Nervioso, intenté una breve y conveniente argumentación.
–No es lo mismo, usted es un escritor conocido, en México desgraciadamente la voz de un taxista no cuenta. Y usted se está yendo de la ciudad.
–Sí, pero no tiene caso. Además seguramente usted viene a Nueva York a un congreso de economía o de Naciones Unidas, y de paso a entrevistarme.
En ese momento, a punto de desistir, encontré el hueco definitivo y le dije victorioso:
–Al contrario, don Julio me está enviando sólo para hablar con usted, yo soy reportero de cultura.
–Pero el narrador contraatacó:
–¡Ah, no!, entonces peor, no tiene caso que gasten tanto sólo para venir a verme.
Ibargüengoitia, sentí con horror, se me había escapado. Con una carga de rencor mortal sólo acerté a decir, levantando la voz y golpeando las palabras:
–Gracias, maestro.
Colgué el teléfono con fuerza mientras alcancé a oír algo del otro lado de la línea, pero ya iba camino de la dirección. Me detuve unos segundos para retirar la ligera tela de agua en los ojos.
–Don Julio, ya le di en la madre a su relación con Ibargüengoitia.
Mientras me instaba a contarle, Scherer movía la cabeza, dándome la razón. A medida que relataba la conversación, y llegado el remate, Scherer repetía, dos, tres, cuatro veces:
–Don Armando, que Ibargüengoitia vaya y chingue a su madre.
Cuando lo dijo por última vez, me sentí consolado. Y al salir, la rabia y la decepción de no haber podido entrevistar a mi narrador predilecto se me habían quitado para siempre.
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* Una primera versión fue publicda en el número 5 del periódico cultural de la Delegación Coyoacán, La Rosita (agosto de 2001), dirigido por la colaboradora de Proceso, Susana Cato.








