“¿Voy bien o me regreso?”

Ser escritor de ficción es sentarse en casa frente a la hoja en blanco, a ver qué sale. Ser periodista es escribir “a huevo”, mirar el reloj, narrar la historia, sintetizar, nada de dejarse llevar por la lírica, mirar el reloj de nuevo, angustiarse, jalarse los cabellos hasta la calvicie, tomarse un café, escuchar el tecleo de la máquina como una pequeña ametralladora, el silencio, ¿ahora qué?, se me secó el seso pero ni modo, tengo que jugármela, llorar, ¿dónde lo publicarán, en qué página?, seguro me mandan a la 81, chin, ya me alargué, chin, lo van a cortar, chin, qué misterio insondable es éste que estoy viviendo. Ser periodista es dormir de la patada cuando se duerme, lanzarse al abismo, tengo que señalar, desenmascarar, quién carajos me va a hacer caso y eso que yo lo atrapé, lo hice confesar, seguro sí publican la nota, tiene que salir, mañana me mientan la madre, me dicen que soy un imbécil, no es por ahí, María, voltéate, de cuáles fumaste. El fallo del director es siempre inapelable.

Con razón Julio Scherer se comía las uñas.

La prosa de Julio Scherer García era rápida, incisiva, lapidaria, definitiva. Imposible encontrar en ella una frase larga. Escribía a lo Orozco, a latigazos rojos. Resumía y golpeaba. Seguro, el periodismo fue quien le enseñó a resumir.

“Allende en llamas”. ¡Ay cómo vivió Julio el Chile de Salvador Allende, su gran héroe! Por ejemplo, en uno de sus viajes posteriores al golpe militar en Chile, visitó a Hortensia Bussi de Allende y nos las pinta en forma memorable: “Los ojos verdes de Hortensia Bussi despiden luz y la frente despejada se lleva bien con el rostro delgado. Sembrado de pecas, me llaman la atención tres o cuatro lunares grandes. De fuerte raíz, el cabello blanco le cubre la cabeza con holgura. Su vestido de ese día es color crema y los mocasines de un café desvanecido parecen nuevos. No crea, tienen muchos años como yo”.

También es rápida y eficaz la imagen que nos da del juez chileno Juan Guzmán: “Guzmán, próximo a una jubilación de mil dólares mensuales, sobrepasa el uno ochenta de estatura. Hay en él un fantasmal quijote de ojos que no duermen. Su cara es flaca y pronto se dejará el bigote y una bien cuidada barba en punta”.

Chile, siempre Chile. Durante unos meses, después del golpe, desesperado regresó a Chile y lo padeció. Allende era su héroe, el mayor, y se lo habían matado. Vivió el mal. “Voy a explorar lo que ha pasado”. El 11 de septiembre de 1973 la historia le dio un golpe en el estómago y se detuvo para él. Viajó a Santiago, permaneció allí contra viento y marea, a riesgo de su vida. Quiso encarar al verdugo y la entrevista que le hizo a Pinochet le valió la expulsión indignada del funesto dictador.

Siempre fue intenso, desde el Excélsior de Rodrigo de Llano y Manuel Becerra Acosta padre en 1954, hace la friolera de cien mil años. “Sí voy, claro que voy”. “Es muy peligroso” “Ni madres, yo voy”. A lo largo de los años siguió desvelándose, cuidándose poco, diciendo “no me duele nada y no tengo nada”, protestaba un segundo antes de que lo llevaran de urgencia al hospital, como le consta a su hija María, ya en la camilla rumbo al quirófano. Resistente al dolor, Julio expulsó el miedo de su vida. A lo largo de los años, trabajó hasta altas horas de la noche, el cierre, el cierre, el maldito cierre. El definitivo fue el del 8 de julio de 1976, cuando descendió a la calle al lado de Hero Rodríguez Toro, su cuate, de Abel Quezada, de Vicente Leñero, de Gastón García Cantú, de 200 reporteros más que la emprendieron a pie en la acera del Paseo de la Reforma. Nunca volvería a subir de cuatro en cuatro zancadas (porque el elevador era viejísimo y tardaba casi dos días) a su amado Excélsior.

Para él no había nada salvo la noticia. Sus desayunos, sus comidas, sus cenas eran su cotidiana odisea. Sus conversaciones con los poderosos (los conocía a todos) eran su postre. En México se reunían en el Ambassadeurs bajo la sede de Excélsior o en cualquier café cercano al periódico; en Chile, en torno a una mesa de Le Flaubert, con amigos e informantes. Desde cualquier mesa empezaba a escribir sobre su Olivetti portátil y desde allí también iniciaba las estrechas relaciones de amistad, casi como de candado, que forjaba con políticos, intelectuales, colegas, con quienes mantenía un contacto al rojo vivo. También las rupturas eran al rojo­ vivo. Siempre me sorprendió que Luis Echeverría no se diera cuenta de quién era Julio, de con quién estaba tratando, qué estirpe de hombre era el que tenía en frente. En México no todos eran incondicionales. (Ahora sí, todos son una mierda.) Uno de sus ministros, el de Hacienda, Hugo Margáin, le renunció a Echeverría. Claro, era un hombre del régimen, pero se la jugó y le dijo que no. (¿Qué funcionario público, qué embajador a imagen de Paz ha renunciado o siquiera emitido una opinioncita crítica o por lo menos una censura después de la masacre de 43 estudiantes normalistas en Ayotzinapa?) Para Julio, el único régimen era el de la prensa escrita; el único partido, el de la integridad, que tanta falta nos hace.

Julio Scherer García, sus largos conciliábulos con políticos, sus condenas y sus fidelidades, sus iras sagradas, su desesperación porque “la justicia avanza con lentitud de carreta”, su bárbaro deseo porque en México tuviéramos todos las mismas oportunidades y su terco afán por el proceso, (supongo que de ahí viene el nombre de su revista) podría decir como lo dijo Allende: “Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, porque ésa fue la finalidad de su vida y de su obra.

Siempre le molestó manifestarse en público o encaramarse a presídium alguno, y fue un acérrimo enemigo del 4 de junio, irrisorio día de la Libertad de Prensa en nuestro país. Sólo cuando el premio se ciudadanizó aceptó recibirlo, así como recibió en Nueva York el María Moors Cabot de la Universidad de Columbia en 1971 y el del Periodista del Año de la Atlas World Press Review de Estados Unidos en 1977.

El 17 de julio de 1978, cuando 122 países (claro, sin Estados Unidos) ratificaron el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, que juzga a los gobernantes que han cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad –donde se incluye un artículo que especifica que para entregar a un acusado a la justicia mundial debe obtenerse el consentimiento de su país–, a Scherer lo sublevó que no se generalizara el consentimiento para juzgar a Pinochet. Sin embargo, se sintió recompensado por el repudio mundial en contra de Pinochet. El judas chileno, al igual que Porfirio Díaz, quien ordenó “mátenlos en caliente”, bombardeó su propia ciudad, el blanco fue el Palacio de la Moneda, y torturó y mató a sus compatriotas.

“¿Son males necesarios para la historia los amigos del gobierno, lacayunos que desde sus posiciones de privilegio sólo preservan sus cotos de poder a lo largo de su vida? –le preguntaba yo a Julio Scherer y él aseguraba que el periodismo crítico e independiente, el que busca la verdad, el que no ceja en su propósito de defender a “los jodidos” iba a ganar la partida.

Ya no hablaré de sus 22 libros porque se han mencionado mucho. Del de La reina del Pacífico sólo me gustó la lista de joyas (larguísima) que le habían regalado sus cachanchanes narcos y empistolados (la mayoría políticos). “¡Ay Julio, ¿qué te pasa? ¿Para qué pierdes el tiempo con esa vieja toda operada?” Sólo me sonrió. “Apuesto a que estás celosa.” “Claro que no, es a ti al que ya se le botó la canica. Si sigues así yo me voy ir a entrevistar al Juanito de Iztapalapa que inventó Andrés Manuel López Obrador.”

En los últimos años Scherer no perdió su bravura. Visitó a López Obrador en su tienda de campaña cuando la huelga en el Zócalo y tuve el privilegio de asistir a su encuentro. Los dos se decían: “Te quiero mucho…”. Hablaban de cualquier cosa que he olvidado y luego Julio volvía con insistencia: “No quiero quererte mucho pero te quiero mucho…”. Otra vez la burra al trigo y López Obrador sonreía y Scherer volvía a insistir en cuánto lo quería. Querer mucho era una consigna en su vida, un modo de ser, le daba vueltas a la ronda del amor, c’est l’amour, toujours l’amour, el amor era su único lugar común, el amor lo hizo rebelde, por el amor que le tenía a su periódico logró encumbrar a Excélsior, volverlo el mejor periódico de su época, su Olivetti era su talismán y la cargaba con amor, el amor a la verdad lo hizo enemistarse con los malos gobernantes, por el amor concibió un número infinito de hijos, tantos que cuando salían de vacaciones decembrinas a Acapulco, Monsiváis decía: “Scherer llenó toda la bahía con sus hijos”.

De vez en cuando comíamos dos o tres o cuatro amigos en la casa o en El Mosaico de Avenida de la Paz. Ya no usaba saco ni corbata sino suéteres de cashmere, apapachadorcitos. Hasta muy tarde, nadó todos los días en el Deportivo Chapultepec de Mariano Escobedo. Después de comer, a la hora de la cuenta discutíamos. “Julio, ¿ya te fijaste? La cuenta es de 800 pesos (ninguno de los dos bebíamos ni devorábamos) y estás dejando dos billetes de quinientos de propina”. “No importa, a la próxima nos van a dar la mejor mesa”. ¡Ay Julio, ni que estuviéramos en misa! (Julio adoraba a Jesucristo, decía que era un tipazo). En efecto, los meseros de filipina blanca casi nos cargaban. Y a Carmen Aristegui también la llevaban en vilo porque Julio la invitaba al mismo restaurante.

–Julio, ya no manejes.

–Claro que sí.

–Julio, te pasaste el alto, allí viene el trolebús, nos va a matar. También dice Vicente que manejas de la patada.

–Vicente me quiere mucho y no puede decir eso.

–Porque te quiere mucho no quiere que te mates ni a mí de paso.

Julio se dulcificó considerablemente y al final aceptó un chofer súper atento y paciente. Alguna vez el director de Proceso invitó a comer también a Paula, mi hija, al dichoso Mosaico. Se interesó en todo lo que podía contarle una chavita bonita, que a su vez lo escuchaba con reverencia. Visionario, justiciero, ya no era iracundo, ya sólo amaba a quién tenía en frente y más si en él o en ella (mejor en ella) podía prodigar su ternura. Le gustó hablar con mi niña y con muchos niños más a quien escuchaba sin parpadear, como si fueran Dios padre. Pensé que había sido muy buen papá. Pablo,  Regina, Ana, Gabriela, Julio, Adriana, Pedro, Susana y la periodista María. Una vez imitó a media comida a su hija Gabriela pero eso se lo contaré a ella en la primera ocasión. De su hija María hablaba tanto como a veces hablaba de Rosario Castellanos y su muerte tan tonta, tan fea y tan solita.

¡Qué bueno que ya no supo de la muerte de Vicente Leñero! ¡Qué bueno que no supo tampoco de los 43 chavos asesinados en Ayotzinapa! Resulta fácil visualizarlo en Iguala, indignado y triste, sufriendo a todo lo que da, libreta y corazón en mano.