Siempre he amado a los vitalistas. La literatura está llena de ellos –Nietszche, Albert Camus–. Pero a lo largo de mi vida sólo me ha sido concedido conocer y entablar amistad con dos: Rubén Salazar Mallén y Julio Scherer. Ambos eran descomunales; ambos, también, y a pesar de sus diferencias intelectuales, implacables, invencibles y en muchos sentidos inasibles. Del primero he escrito mucho. Menos del segundo.
Sin embargo, la presencia de don Julio en mi vida está llena, al igual que la de Salazar Mallén, de imágenes queridas y admiradas. Desde que lo conocí personalmente en la década de los noventa, cuando ingresé a trabajar en Proceso, quedé fascinado. Su inteligencia extraordinaria lo ocupaba todo y, sin embargo, no estaba en el centro. Tenía, como todos los grandes vitalistas, la capacidad de seducir, de hacerlo sentir a uno cómodo, fascinado. Escuchaba, intervenía, preguntaba, observaba, recomendaba. Buscaba la conversación, a veces la polémica y el choque, a veces el secreto íntimo y la salida genial, lúcida, provocadora. Aun en los momentos más duros de una conversación con él era difícil no sentirse bien a su lado. Usaba siempre el usted de las generaciones que nos antecedieron, el usted de la intimidad y el respeto.
“¿Qué opina de Proceso, don Javier?”, me preguntó el día en que me invitaron a colaborar en la revista. “Magnífica –le respondí–. Siempre he tenido una inmensa admiración por ella. A veces, sin embargo, la siento un poco amarillista”. “¿Qué quiere, don Javier –me respondió con su mirada inquisidora y al mismo tiempo pícara–. La realidad es amarilla. ¿O usted la ve de otro color?”.
No se equivocaba. La realidad de México, la realidad que los regímenes políticos han buscado callar, ocultar, silenciar, estaba y continúa estando llena de catástrofes, de crímenes, de horrores sobre los que el Excélsior que dirigió y silenciaron, para luego rearticularse en Proceso, se sumergía, revelaba y continúa sumergiéndose y revelando. Hombre de profundas pasiones, sólo conocía el amor o el odio. En ambos extremos era desmesurado. Nunca entendió por lo mismo, durante los momentos más álgidos del Movimiento por la Paz con Justica y Dignidad (MPJD), en los que Proceso estuvo presente como nadie, mis besos a Felipe Calderón y a nuestros enemigos: “¿Qué son esas coqueterías con el poder, don Javier?”, me increpó con aspereza días después del primer diálogo en el Castillo de Chapultepec durante un desayuno en su casa. Le expliqué mis razones, que hunden sus raíces en el cristianismo, en el gandhismo y en la conspiratio. Pero se mantuvo implacable: “A los enemigos, el desprecio y el desdén. Diga lo que me diga, no estaré nunca de acuerdo con usted en esto”.
Lo mismo sucedió con mis críticas a Andrés Manuel López Obrador durante los diálogos con los candidatos en el mismo castillo. Me las reprochó con enojo en la sala de juntas de Proceso. Fueron discusiones ríspidas, inteligentes e irreductibles. Pese a ello, pese a sus posiciones y críticas hacia mí, jamás me condicionó un artículo ni dejó de apoyarme. Fiel a su amor por la imparcialidad y la verdad –características de su vocación periodística–, puso, junto con Rafael Rodríguez Castañeda, las páginas de Proceso a mi disposición. No hubo momento en que algo del MPJD no hubiese sido cubierto por la pluma de José Gil Olmos o por la lente de Germán Canseco. Fiel a la amistad, no dejó de preocuparse por mi situación económica. No sólo Proceso pagó el funeral de mi hijo Juan Francisco, sino que cada mes don Julio me llamaba preguntándome si necesitaba dinero para continuar mi tarea. Lo que odiaba era la traición, la mentira, la incongruencia y la estupidez.
Recuerdo con nostalgia –ese dolor de la memoria– su amplia frente, sus ojos cafés, profundos y vivos, su melena gris, sus espaldas anchas y cargadas, su tono fraterno y perentorio. Su cuerpo era una expresión de su fortaleza interior y de su libertad. Me recordaba a mi abuelo materno. Esa fortaleza y esa libertad de espíritu que siempre lo caracterizaron y que a veces dañaron a quienes más amaba –un daño cuya conciencia lo torturó siempre– tuvieron su mejor expresión en el periodismo.
Don Julio no era un periodista puro. Había estudiado derecho y filosofía. Esos universos intelectuales que nunca abandonó –era un implacable lector de novelas y de ensayos de filosofía política– hicieron que su trabajo periodístico transformara el periodismo en México. Antes de Julio Scherer, el periodismo, con sus excepciones, era sinuoso, oscuro, corrupto, ajeno a la verdad crítica. Él lo volvió no sólo un asunto de fidelidad a la verdad (“si pudiera entrevistar al diablo –dijo frente a los reproches que se le habían hecho por entrevistar al Mayo Zambada–, iría al mismo infierno a hacerlo”), sino de investigación profunda de los hechos, de pensamiento y de buena prosa que dejó como herencias a Proceso y a gran parte del periodismo contemporáneo.
Durante la estancia de Julio Scherer en Excélsior abrió las páginas de análisis político a intelectuales como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Ricardo Garibay, Abelardo Villegas, Elena Poniatowska –sin él sería imposible pensar en la apertura de los medios de hoy a los académicos–, y generó un estilo, el suyo propio, inédito: combinó la simplicidad del lenguaje, al estilo de Hemingway, con la investigación de los hechos hasta producir una de las prosas periodísticas más transparentes, sugerentes y devastadoras. Sus reportajes y entrevistas son joyas de un alto periodismo literario. Hombre de poder, que conocía sus tentaciones, sus trampas, sus simulaciones y sus crueldades –contra las que luchó siempre–, su gran tema fue el poder mismo, del que escribió libros memorables: Los presidentes, El poder: historias de familia, Pinochet. Vivir matando, El indio que mató al padre Pro.
Recuerdo que en 2010 buscaba la manera de volver a abordar el tema de la guerra sucia, sobre la que había escrito Los patriotas: de Tlatelolco a la guerra sucia, además de su entrevista a Pinochet. “Le he dado vueltas –nos dijo a Vicente Leñero y a mí. Pero es imposible. Después de La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, no se puede ir más lejos en la exploración del poder y sus horrores”. Decidió entonces explorar y denunciar a un hombre de poder menor, pero espantoso en sus consecuencias. Escribió entonces Calderón de cuerpo entero.
Ese vínculo entre literatura y periodismo lo hizo construir también una profunda e intensa amistad con Vicente Leñero. Al hablar de don Julio y de Leñero, escribí que ningunos eran más distintos e irreconciliables que ellos. Tampoco más necesarios entre sí. Mientras estuvieron al frente de Proceso, don Julio no tomaba una decisión sin la aprobación de Vicente. Fue Vicente mismo el que le pidió que se retiraran de la subdirección y de la dirección de la revista. Cosa que hizo sin chistar. Quizá por eso murieron con un mes de distancia. Imagino a Leñero, como lo hizo cuando le sugirió que dejara la dirección de Proceso, llamándolo desde el misterio de la resurrección: “Es tiempo de irse, Julio. Hay que dejarle el lugar a los jóvenes”.
Esa amistad tenía también otras raíces: el profundo cristianismo de Leñero. Aunque Scherer era agnóstico, la espiritualidad y el compromiso cristiano en la esfera social le apasionaban. No es extraño que en las páginas de Proceso hayan tenido cabida no sólo Vicente Leñero, sino Enrique Maza, Gerardo Allaz, Pablo Latapí, Carlos Fazio, el rumbero Froylán López Narváez, sino personajes tan antitéticos a sus convicciones políticas como Juan José Hinojosa y Carlos Castillo Peraza. Sospecho que una buena parte del amor que me tenía hundía allí también sus raíces. En 2010 –lo he contado en Vicente Leñero, mi amigo (Proceso 1988)–, a instancias del propio Vicente, nos reunimos cada 15 días en la sala de juntas de Proceso a conversar.
El tema era la muerte. Desde sus respectivas miradas sobre ese abismo, hablábamos de espiritualidad, de la fe –don Julio la perdió a los 14 años–, del remordimiento, con el que se enfrentaba cada noche –tal vez de allí provenía su devoción inmensa por ese otro gran cristiano, Dostoyevski–, de su negativa a morir. El asesinato de mi hijo Juan Francisco terminó con esos encuentros. No así con otros que ya he relatado.
Cuando enfermó solía llamarle para preguntar por su salud. Su vitalismo, que se imponía al sufrimiento y al acecho de la muerte, hacía que su voz brotara clara, profunda: –Lo veré pronto, don Javier. –Por supuesto, don Julio. Me hace mucha falta. No sabe cuánto lo quiero. –Yo también, don Javier, yo también. No sucedió. Su orgullo, que en la plaza pública, de la que fue maestro, lo mantuvo en la sombra –jamás concedió una entrevista y se negó siempre al protagonismo–, lo hizo mantener en la enfermedad una fraterna distancia con los que lo amábamos. Luchaba solo contra la muerte como lo hizo siempre, con sus libros, contra el mal encarnado en la política y el poder, un mal que, para su dolor y el nuestro, se hizo más complejo y duro durante su enfermedad y su agonía.
Fue una larga batalla que duró dos años. No se me concedió ver su rostro de muerto. Se me concedió, en cambio, ver el de Salazar Mallén. Imagino, porque siempre los asocié en su vitalismo, que se parecía al de él. Estaba sereno, como el de aquellos que han cumplido su vida a cabalidad. Pero guardaba las señales del hombre que luchó hasta el final, del hombre que nunca se reconcilió, a pesar de su agnosticismo, con la idea de dejar de ser y de aceptar el mal. “Lucho –me dijo en una de esas llamadas–. Un día dejaré de hacerlo. Diré, estoy cansado, y me iré”.
Se fue así, sereno. Me lo dijo María Scherer. En esa serenidad, que es el rostro de los que vivieron plenamente y lucharon hasta el final, están todos los rostros de la vida. Imaginándolo recordé, para consolarme y no sentir la oquedad que cada muerte me deja en la carne, las palabras que algún día Octavio Paz –otro de sus grandes amigos de lucha– escribió sobre la muerte del pintor José Moreno Villa: “El rostro del hombre no es una cara de muerto. A lo largo de toda vida hay momentos en que nuestra cara se ilumina con la luz del amor, de la imaginación, la fantasía o la inteligencia. ¿Y qué importa la duración de ese momento, si lo que cuenta es la plenitud que lo levanta y lo hace único, no como algo que estuviera fuera del tiempo sino como el tiempo mismo, por fin desnudo y henchido de significación? En momentos así, el rostro del hombre se vuelve transparente y en sus rasgos podemos leer la promesa de una vida más densa y más rica, más plena…”. Esos momentos están plenos, recogidos en ese último gesto que resistió todas las mareas de la estupidez política y del mal.








