El vacío

Ha muerto Julio Scherer y con él una gran generación de periodistas mexicanos despide a una de sus principales figuras, distinguida por su productiva, aguerrida y aleccionadora lucha por el periodismo de investigación, además de la libertad de prensa en México.

En el camino sinuoso que le tocó recorrer en el ejercicio del periodismo libre, independiente, de investigación y crítico sin tregua, los obstáculos no fueron menores para Scherer, pero en su paso limpió el sendero para que las nuevas generaciones de periodistas pudiéramos escribir y sobrevivir dando la batalla a las difíciles condiciones en las que ejercemos este apasionante oficio.

A él lo persiguió el Estado. Nosotros, gracias a su labor y su ejemplo, sacamos adelante nuestro proyecto de una prensa libre e independiente a pesar de estar entre dos flancos: el crimen organizado y un Estado que ha perdido la noción del derecho.

Cuando Julio Scherer se rebeló ante el periodismo oficial que marcó gran parte del lustro final del siglo pasado, nos acomodó el escenario para la libre expresión. Abrir caminos no es cualquier cosa; se requiere pasión, compromiso, entrega y celo por el oficio. Julio tuvo eso, más su agilidad mental, su terca memoria, el instinto del reportero y la incansable necesidad de investigar para develar aquello que quieren ocultar los que concentran el poder político y administrativo.

Julio llevó con puntillosa acuciosidad la premisa que nos sostiene a los periodistas independientes en este país: hay que estar lejos del gobierno y cerca de la sociedad. Lo vi saludar con ánimo y calor a marchantes, y mirar con recelo y desconfianza a políticos. Lo reconocían los ciudadanos y le temían los funcionarios.

Amante de las palabras, las señoras palabras, moldeó la escritura para explorar personalidades genuinas en astutas entrevistas, vicios del sistema en rigurosas investigaciones, enconos, actos de corrupción y abusos del poder. Lo detuvieron por ello, lo persiguieron y lo espiaron. El gobierno mexicano del siglo XX fracasó en el intento de callar al periodista. Le metieron esbirros en un periódico, se lo quitaron. Intentaron comprar a sus amigos, azuzar a sus enemigos, utilizar a compañeros que tuvo de endeble ética periodística y menor calidad moral, pero jamás lograron acabar con el periodismo crítico, de análisis e investigación que encabezó Julio Scherer, primero como director de Excélsior, después como director de Proceso y, en los años recientes, como un escritor, como un verdadero maestro de la literatura de no ficción, que retrató la realidad en 22 libros de su autoría.

Poético, dramático en su hablar, recordaba con cariño y admiración a personas especiales: a Vicente Leñero, cuya muerte no sufrió; a Carlos Montemayor, con quien compartió pesares; a su amada Susana, que tantas lecciones de vida le dio y de quien portaba una fotografía en su cartera; y a su madre, que le enseñó a filosofar desde pequeño, a atesorar los recuerdos, aprender de las limitaciones y a tratar a las personas.

También tuvo rencores sólidos. Muchos lo traicionaron. Otros lo persiguieron. Más, intentaron silenciarlo. Resistente al halago, crítico sin fin, perfeccionista en su periodismo y su revista, platicaba de sus compañeros reporteros a los que –tras 20 años de dirigir Proceso y cumpliendo la palabra empeñada con cierto pesar, por su compromiso con el oficio–, al concluir por decisión propia una vida de periodismo activo, dejó bajo la responsabilidad de Rafael Rodríguez Castañeda, pero a quienes nunca abandonó en la guía, el consejo, la charla y el entusiasmo por el periodismo.

A propósito de la investigación para la redacción de su libro La terca memoria, Julio Scherer llegó a las oficinas de Zeta a reportear, a hurgar en los archivos. Me obligó a recordar pasajes de la vida de Tijuana, me llevó de la mano en el análisis de los actores políticos y debatimos las consecuencias. A los tres días establecimos una amistad entrañable.

Siguieron muchos encuentros en Tijuana, en la Ciudad de México, siempre intensos. Julio daba cátedra en la conversación, que en él nunca fue banal ni fútil. Conservo sus mensajes, las galeras de uno de sus libros, la servilleta donde con su puño y letra alienta la seguridad de la periodista. Discutimos el encuentro que sostuvo con Ismael El Mayo Zambada. Las reacciones de los cárteles, las acciones del gobierno de la República, su seguridad, “sus huesitos”, decía. Su futuro.

Generoso, me convidaba sus planes, sus intenciones. Solidario, respondía a las amenazas a mi persona, a quienes trabajamos en Zeta. Nos acompañó cuando celebramos los 30 años de nuestro proyecto periodístico, de la mano de quien se le adelantó, Miguel Ángel Granados Chapa, y de quien lo sucede en el compromiso con el periodismo libre en México, Carmen Aristegui.

Me editó y me permitió revisarle. En los pocos años que tuve el privilegio de conocerlo, me llevó por la ruta de su vida: de sus acercamientos a los hombres y las mujeres de poder, de su paso por la escuela de filosofía, de la espina clavada que siempre fue Excélsior, de sus temores y sus angustias en El Salvador, de los sabios que conoció, de las frases que le impactaron, de Octavio Paz y Gabriel García Márquez, de su madre, de Susana, de todos y cada uno de sus hijos. Julio, lo sabrán sus amigos, se entregaba como persona igual que como periodista, total, certero y comprometido.

Me dolió sobremanera su muerte. Me afecta su ausencia, me angustia pensar que ya no leeré otro más de sus libros. Que no le escucharé hacer tantas preguntas por teléfono, que no me exigirá más que le cuente una historia para saber y saber más.

En México los periodistas de voces libres hemos perdido al maestro. En mi caso, es la segunda vez que resiento este vacío.