Scherer o lo excepcional

En cualquier país, un individuo con la vocación, la inteligencia y la pasión de Julio Scherer hubiera sido un periodista de renombre, pero en el México de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del actual, el personaje resultó ser no sólo un periodista a la altura de lo mejor del oficio sino una figura pública excepcional. Scherer como ciudadano o como cabeza de empresas de información y análisis de nuestra realidad elevó el nivel con el que hoy se puede y se debe medir la calidad del compromiso de un mexicano con su sociedad.

Lo excepcional de la carrera periodística de don Julio es que ésta se desarrolló en un medio adverso, justo cuando el sistema político mexicano se consolidó como un sistema político autoritario y presidencialista. Y no se trató de cualquier autoritarismo, sino de uno de los más exitosos de su tiempo, que empezó a estructurarse con el triunfo en la guerra civil de la facción carrancista en 1916 y que se mantuvo fiel a su naturaleza no democrática hasta casi el final del siglo pasado.

Entre las características de ese sistema al que Scherer debió interrogar y exponer se encuentran sus elecciones sin contenido, un partido de Estado y una presidencia con poderes metaconstitucionales (el control real de la presidencia sobre el resto de los poderes) e incluso anticonstitucionales, criminales.

Entre los poderes anticonstitucionales pero muy efectivos de la presidencia autoritaria se encontró el control de los medios masivos de comunicación: prensa, radio y televisión. Y fue precisamente en este entorno de una prensa controlada donde Julio Scherer, desde su juventud hasta su muerte, desarrolló –a contrapelo– su notable carrera como periodista de lo político, es decir, de ese elemento que en un sistema autoritario es corrosivo en extremo de la moral individual y colectiva.

Y es en la ética de la responsabilidad periodística y ciudadana donde se encuentra lo excepcional de Julio Scherer. Es verdad, como afirmó en una entrevista Froylán López Narváez, que don Julio no tenía un bagaje ideológico bien definido –algo que resultó una ventaja en un sistema sin ideología como lo era el México del PRI–, pero en cambio era poseedor, por voluntad propia, de una brújula ética muy clara. Y fue esa brújula la que permitió a Scherer llegar incluso a ser director del diario nacional más importante de su época, Excélsior, y sostener al periódico como una auténtica isla de profesionalismo e independencia en un entorno de medios controlados, comprados, cooptados y de vocación corrupta.

Al final lo relevante no fue que una maniobra de la presidencia todopoderosa echara fuera de Excélsior a Scherer y a un notable grupo de colaboradores, sino que nuestro personaje hubiera llegado a dirigir ese diario o que su expulsión del mismo no hubiera ocurrido antes. Lo asombroso fue la capacidad de don Julio para conservar su integridad –y la de su profesión–, de mantenerse al frente del diario más importante de su época y sin claudicar entre 1968 y 1976, una etapa en que el sistema político mexicano aún estaba en la plenitud de su autoritarismo, se enfrentaba a cuestionamientos severos y lo dirigían presidentes intolerantes y autoritarios hasta la brutalidad: Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría.

La otra hazaña de don Julio fue fundar y sostener a Proceso, un semanario abiertamente crítico del gobierno y del sistema político, cuando aún estaban vigentes las mismas reglas de la relación entre el poder presidencial y la prensa que habían destruido a Excélsior.

La sagacidad de Scherer, su decisión de arriesgarse pero sin ir más allá de lo aconsejable por el sentido de la realidad, fue lo que le permitió desempeñar su vocación de periodista efectivo –abordaba los problemas reales del poder– en un medio donde el poder político en cualquier momento podía neutralizarlo usando sus instrumentos anticonstitucionales a fondo. Y esos instrumentos no eran sólo la fuerza física sino otra fuerza más “amable”: la compra directa o indirecta de su pluma, un método que mostró –que aún muestra– ser la mar de eficaz. El propio Scherer se curó en salud haciendo referencias concretas e irrefutables de cómo las presidencias mexicanas compraban, billete sobre billete, a las plumas que les convenía.

La vida, obra y actitud apasionada –notablemente apasionada– de Julio Scherer lleva, entre otras, a dos conclusiones. Si se tiene bien calibrada la brújula moral y el valor para seguir el camino por el que se  apunta, es posible y pese a la abundancia de tentaciones, amenazas y multitud de ejemplos en sentido contrario, vivir productivamente, sin corromperse, en un medio básicamente inmoral, como es el medio en que se ejerce el poder político en México.

La otra conclusión se desprende de lo anterior. Por oscuro que sea el panorama mexicano, por mucho que en cada circunstancia se impongan los intereses económicos y políticos contrarios al sentido de lo justo y honorable –como fue el “triunfo” de Luis Echeverría sobre un Excélsior que intentó ser fiel al código de ética que debe regir en el periodismo–, mientras existan ejemplos como el que nos legó don Julio Scherer es posible mantener la esperanza en un futuro mejor para México.