No recuerdo la fecha exacta en la que conocí a don Julio, pero fue en 2001. Ese año tuve el privilegio de ser contratada en Proceso, la revista que comencé a leer en 1988 cuando la UNAM estaba en paro por las reformas de Carpizo, Carlos Salinas se robó la presidencia de México y yo me convertí en alumna de primer ingreso del CCH Sur.
No supe de la importancia de Julio Scherer García hasta que llegué a la Universidad, cuando una profesora nos dijo a quienes estábamos matriculados en ciencias de la comunicación que Los periodistas, de Vicente Leñero, era un libro imprescindible. Nuestra biblia. En esas páginas conocí a don Julio. Entendí qué es Proceso.
Nunca soñé con trabajar aquí. Jamás pensé en tocar la puerta para pedir una oportunidad. Yo quería ser la mejor cronista de beisbol. No quería ser Scherer sino el Mago Septién. Narrar una Serie Mundial resultaba más cercano que formar parte del equipo de reporteros de Proceso.
Pero en enero de 2001 toqué la puerta que me abrió Mauricio Mejía, entonces editor de deportes. En abril Rafael Rodríguez Castañeda me dio la bienvenida. Mauricio me llevó por cada rincón de la revista y me presentó a mis compañeros. Conocí a todos, menos a don Julio.
Un día desde las escaleras lo vi en la redacción. No me atreví a saludarlo. Pasé como fantasma hacia el patio. De regreso me lo encontré de frente.
–Y usted, ¿qué? –me dijo.
–Yo soy la nueva reportera, soy de deportes –le contesté.
–¿Usted cree que no lo sé? Le gusta el beisbol, ¿no?
–Desde los seis años, cuando Fernando Valenzuela ganó el juego tres de la Serie Mundial. Fue clave para que los Dodgers le ganaran a los Yankees.
–¿Le va a los Yankees?
–No, a los Mets. Desde 1986, cuando ganaron la Serie Mundial a Boston, ¿se acuerda? Medias Rojas estaba a un strike de ganar por primera vez desde 1918 y apareció la maldición de Babe Ruth; ya sabe, Boston se lo malbarató a los Yankees y siguen pagando el precio.
Me miró con sus ojos verdes y profundos. Me fijé en sus párpados caídos. “Cuánta gracia hay en usted, señora”, dijo entre risas. Y se fue.
Fue el inicio de nuestra relación. Don Julio era uno entre millones de fanáticos que tienen los Yankees.
Ese 2001 Proceso me mandó a cubrir mi primera Serie Mundial. Los Yankees perdieron en siete juegos. Lo peor no fue la derrota, sino el texto que mandé. Don Julio no dijo una palabra. Tampoco don Rafael. Mauricio Mejía fue el emisario: “Nos quedaste a deber a todos”.








