Mentiras oficiales

Una de las tesis favoritas para explicar la raíz del execrable nazismo y que la población alemana lo expandiera como suyo, afirmaba que fue posible porque sus propagandistas lograron atrapar los meandros emotivos de sus seguidores. Incitaron prejuicios narcisistas de superioridad racial; exacerbaron ilusiones de logros estrambóticos con su nacionalismo y sus sentimientos de supremacía; las masas teutonas le otorgaron el espaldarazo político a unas confabulaciones que eran propias más bien de las cañerías. Los genocidas, los criminales profesionales llegaron al poder. El desastre colectivo fue consecuencia obvia que no tardó en aparecer.

Si nos definimos como especie haciendo exclusivos nuestros los vectores de la racionalidad, siempre vamos a caer de cabeza en errores de tal naturaleza. Nos gusta nuestra definición genérica de homo sapiens. Nos encanta enarbolar como propia la capacidad de razonar, que somos entes pensantes. El discurso religioso hace lo propio: el único ser vivo que anida un alma inmortal, partícula de la divinidad, imbricada en procesos salvíficos de redención, etc.

Los nazis agitaban jugos hormonales, no propios de la racionalidad, pero llenaron el país de cárceles, presidios, campos de concentración, inflamación belicista masiva… perversidad pura. Eso fue allá. Muy bien. Pero nosotros tenemos que ver por lo nuestro. ¿Con qué partidas, emocionales o no, nuestros fascistas de huarache hincharon nuestros escenarios mexicanos con masacres, deprimentes espectáculos de colgados de los puentes, de entambados, de víctimas disueltas en pozole, degolladas o simplemente desaparecidas?

También se dijo que el pueblo alemán no pudo sacudirse esta perversidad por sí mismo. Que su curación le vino de fuera y caminó entre ellos gracias al trauma de la derrota. Que cuando se les hablaba de los horrores del holocausto, todos a una fingían no haberse enterado nunca de nada. La amnesia colectiva en estos menesteres fue moneda corriente en las respuestas a nivel de calle. A nivel diplomático se convirtió en tema tabú por largo tiempo, hasta que un día las cadenas de información masiva decidieron abrir las esclusas y verter hasta la náusea a todo mundo semejante pestilencia.

Vengamos a casa. ¿Con qué pócima nos habían narcotizado nuestros energúmenos en el poder, para conseguir nuestra apatía, nuestra abulia colectiva? Las escenas dantescas se sucedían ante nuestras narices un día tras otro. Eran motivo de ruido mediático, primero, pero en menos de una semana desaparecían de la atención. Fingíamos demencia o habían logrado inocularnos de indiferencia, de amnesia colectiva, con la receta del monje loco: nadie sabe, nadie supo.

Hasta que la tal imperturbabilidad ciudadana ante los crímenes del poder nos dio en cara. Rompimos el silencio cómplice, ominoso, colectivo. Tras las masacres de Iguala y de Tlatlaya, cual volcán en erupción, la indignación popular empezó a sacudir el cuerpo nacional. No tendrán los historiadores futuros elementos de peso para catalogar a esta generación mexicana con los pinceles, con que tratan a los alemanes del siglo pasado; y menos decir que tuvimos necesidad de que fuerzas externas vinieran a levantar la lápida de nuestra vergüenza y enderezar nuestro rumbo perdido. Somos nosotros mismos, los ciudadanos, quienes hemos tomado el leño ardiendo de nuestro presente intolerable y buscamos echar agua al fuego, para apagarlo.

No será fácil. En principio, no nos ponemos de acuerdo en qué medidas tomar para iniciar la catarsis. Se escuchan voces, como la del Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP), por la refundación del país. Otras, más numerosas, hablan de que se vayan todos, consigna exitosa hace unos lustros en el cono sur. Ambas apuntan al mismo objetivo. Nuestra acuciante despolitización reduce el grito masivo a un insulso “Fuera Peña Nieto”. A estas alturas, ¿la renuncia del titular del Poder Ejecutivo podría hacer flotar a un barco en pleno naufragio? Pero bueno, el debate por soluciones apenas empieza.

Muchos analistas daban por hecho que el fascismo mexicano había conseguido el mismo milagro de manipulación del alemán. Que el PRI y televisa habían logrado finalmente hipnotizar a la gran mayoría y nos mantenían a todos adormilados y engatusados. O sea que les había funcionado a la perfección la seducción emotiva, que lleva a la banalidad y a la indiferencia, o al belicismo intransigente. Pero les falló. Tal vez porque no buscaron halagar nuestra vanidad y adormecernos con mecanismos emotivos, sino por haberse manejado con la crueldad y la dureza de la mentira. El poder siempre se ha conducido con la ciudadanía mexicana a base de mentiras. Esa maldad vino a derruir su pedestal de credibilidad, peana en la que se finca la legitimidad de los gobernantes. Si es veredicto final, lo constataremos con el correr de los próximos días.

En un desayuno con reporteros, Salvador Cienfuegos, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional,  afirmó que “frente a estos incomprensibles acontecimientos, que han  hecho  reflexionar  a  la  sociedad toda y han cimbrado al país, la mentira, el reproche, la crítica infundada, la violencia y la intolerancia, poco abonan a un país en paz” (Excélsior, lunes 8 de diciembre). Totalmente de acuerdo. Sólo que habría que devolverle algunas preguntas: ¿Quién le ha mentido a quién? ¿Quién ha desatado la violencia? ¿Quién ha ejercido la intolerancia? ¿Puede acaso el gobierno, ahora que hemos decidido romper los caparazones, tacharnos a los ciudadanos de tales cargos? Nuestro silencio colectivo les dotaba de apoyo tácito a sus excesos de poder. Ahora que pretendemos cambiar las reglas del juego, lo que emerge con claridad es que son ellos los que no escuchan.

Nos vamos a tener que sentar a dialogar con calma, para buscar la solución. Nadie confía ya en el gobierno, ni en los partidos. Como fantasía se puede formular la necesidad de desaparecer los congresos, disolver el sistema judicial, cerrarle la espita al ejecutivo, para que deje de funcionar. Pero no se hará de momento, porque el poder, enquistado, tiene todos los hilos de control en sus manos. Ellos no se quieren ir. No los mueven las mismas urgencias  de los ciudadanos de a pie. Pero no pueden seguir en el pebetero. No sirven.

Ellos son el verdadero obstáculo para la solución. Ellos y sus mentiras son la parte medular del problema. O dicho con más propiedad: son el problema. Por lo pronto, las inercias juegan a su favor, pues están colocados en el sentido del torrente. No será fácil bornearlos. ¿Cómo hacer, si tenemos que conseguirlo, sin recurrir a la violencia? ¿Cómo ejercer el derecho ciudadano de modificar la figura del poder, sin que ellos, minoría acaparadora de la violencia legal, suelten en contra de la población, mayoría propietaria de este derecho fundamental, el disolvente de la fuerza por ellos monopolizada? Ahí tenemos un crucigrama serio por resolver.