Conocidos como policías de élite dedicados a combatir a los delincuentes, los agentes de la Fuerza Única Metropolitana se han ganado la animadversión de la ciudadanía que cada vez les tiene más desconfianza y temor por su modus operandi para fabricar delitos. Uno de los casos más recientes es el de dos adultos y un menor que el 29 de octubre fueron sacados de un local en Tonalá, acusados de narcomenudeo y torturados para que confesaran un delito que nunca cometieron.
“A ver, hijo de tu puta madre, ¿por qué traes tanto dinero?”, le espetó el comandante Jesús Arizmendi Ramírez a Elihut de Santiago Delgadillo. El conductor de la patrulla AE-144 de la Fuerza Única y sus compañeros Hilario Barragán Maravilla, José Luis Huerta Estrada y Gabriel Octavio Torres Bastida intimidaron al sorprendido ciudadano de 34 años y a dos personas más: Alfonso Muñoz de Alba, de 36, y al cuñado de Elihut, Saúl Alejandro Ortiz Durán, de 17.
“Ahorita haz el paro. Dime qué hacemos, con cuánto te caes, porque si te llevo allá (a la fiscalía), te voy a sacar para quién vendes droga y de qué grupo eres”, le dijo Arizmendi también a Muñoz de Alba. El increpado no daba crédito a las amenazas, pero el policía continuaba soltando los improperios.
La agresión sucedió el 29 de octubre último, en privada Hidalgo 78, afuera del cíber La Web, en Colinas de Santa Cruz, municipio de Tonalá, a las 14:30 horas, según los agredidos y algunos testigos. Sin embargo, los policías escribieron en su reporte que los habían detenido en la calle Hidalgo “al cruce con Iturbide en la colonia Santa Cruz de las Huertas” a las 20:30 horas, tal como indica el oficio de la Fiscalía General FGE/1512/2014.
En el “acuerdo de radicación” de la averiguación previa 4206, el agente del Ministerio Público (MP) César Alejandro Báez Rojas firmó el documento sin comprobar la edad de Saúl Alejandro y dio por bueno que tenía 18 años, de acuerdo con la versión de los policías. Los detenidos fueron enviados a los sótanos de la Comisaría de la Fuerza Única en Guadalajara, en avenida 16 de Septiembre y las calles Libertad, Colón y Ferrocarril.
Alfonso, Elihut y Saúl Alejandro estuvieron incomunicados en ese sitio durante 20 horas y torturados hasta el límite. A Muñoz de Alba incluso le quemaron un testículo, según las fotografías a las que Proceso Jalisco tuvo acceso.
A él, los policías lo acusaron de narcomenudista, incluso le “sembraron” en su auto –un Nissan Sentra 2001 blanco– una bolsa negra de plástico con 24 envoltorios “con vegetal verde y seco, con las características propias de la mariguana con un peso bruto de 230 gramos” (expediente 561/2014-B). Luego, junto con Elihut –a quien supuestamente le encontraron porciones mínimas de yerba–, fue remitido al penal de Puente Grande.
A Saúl Alejandro, a quien presuntamente le encontraron 0.4 gramos de “polvo blanco con características propias de la cocaína” en su pantalón, tuvieron que dejarlo en libertad dos días después, cuando su madre, María del Refugio Durán, presentó documentos para demostrar que era menor de edad.
A mes y medio de la agresión, Muñoz de Alba dice a Proceso Jalisco que la pretensión del comandante Arizmendi era sacarle dinero. “Él quería que le hiciera el paro, quería el dinero”, y como no se lo dio, él y los otros policías enfurecieron y se lo llevaron detenido. “Fui al que torturaron más, durante una hora, hasta que perdí el conocimiento”, relata.
Dos horas antes de su detención, Muñoz de Alba salió a imprimir unos documentos que le enviaron por correo electrónico tras cerrar la compraventa de un terreno en la Notaría 4 de Tonalá. Llevaba 46 mil 500 pesos, un portafolios, un nextel y sus identificaciones, que incluso puso sobre el cofre de su auto cuando los policías lo agredieron. “Todo se lo robaron los uniformados”, acusa.
La tortura
El comandante Jesús Arizmendi y sus tres compañeros esposaron a los detenidos y comenzaron a burlarse de Muñoz de Alba.
“Tú qué vas a vender terrenos, pinche piojoso. A ver, hijo de tu puta madre, ¿con quién trabajas y a quién le vendes droga. Ahorita está el paro, así que es tiempo; dime con quién trabajas o a quién conoces, porque ya tus amigos dijeron que tú eras el bueno. Así que me dices o me dices o te voy a llevar y allá te sacaré todo”, le decían.
“No trabajo para nadie ni con nadie. Nada tengo que ver con ilícitos”, respondió el detenido cuando era trasladado a la Comisaría de la Fuerza Única. Al llegar a las instalaciones él y los otros dos detenidos fueron recibidos a golpes por otros uniformados de élite.
Pusieron a cada uno en una esquina y siguieron tundiéndolos con las manos empuñadas en el rostro, cuello, abdomen; también les dieron puntapiés en los genitales. Uno de los torturadores medía 1.85 metros, era de tez blanca y tenía el pelo corto y pesaba como 110 kilos.
Relata Muñoz de Alba: “Se dieron cuenta que me preparaba antes de que me pegaran y me decían: ‘estás viendo, hijo de tu puta madre’. Entonces me golpeaban más fuerte. Pasaron varios minutos, y aunque perdí la noción, fueron como 30 minutos de golpes e insultos. El comandante me dijo: “Si no hablas ahorita, pinche pendejo, te subiré de nivel”.
Después, con una chicharra, le dieron descargas hasta que cayó al piso. Ahí lo patearon y continuaron las descargas en testículos y el pene. “Hijo de tu puta madre –insistían los torturadores–, ¿con quién trabajas y dónde están las armas?”.
Y como él les respondía que no pertenecía a ninguna organización, lo golpeaban más. “Te dije, pinche gordo, según tú muy cabrón, pinche pendejo. Te subiré de nivel a ver si no hablas”, insistía el verdugo.
Luego, seis policías lo llevaron al baño. El que los mandaba ordenó: “Acuéstenlo y mójenlo al hijo de su puta madre. ¡A ver si en verdad tiene muchos güevos el muy pendejo!”. Lo acostaron en un colchón individual, le bajaron pantalón y calzoncillos y le taparon el rostro con su camiseta.
“Me mojaron completamente y colocaron la cubeta con la que me mojaron en mi rostro para impedirme respirar”. Tenía las manos esposadas y no pudo evitar que uno de los policías se hincara sobre sus hombros mientras otros dos le sujetaron las piernas. “A ver hijo de tu puta madre, ahora sí hablas porque hablas”, le dijeron.
Conectaron un cable al enchufe: “Me pusieron de un lado de la conexión un polo del cable de la clavija directo con una pinza prendida en mi ombligo y con el otro extremo me daban descargas en los testículos y en el pene. Al mismo tiempo el policía fornido me golpeaba el estómago. Las descargas en las ingles, el estómago y genitales no cesaban.”
El detenido suplicaba que pararan. Insistía en que no conocía a nadie ni tenía armas. Y los uniformaron le respondían: “¿A poco te vas amarrar un huevo, pinche pendejo? Hasta ahorita nadie ha podido aguantar. A ver, grita a quién conoces y dónde están las armas, porque tus amigos dicen que tú eres de la Nueva Generación (CJNG).
El fortachón ordenó: “Ponle la bolsa para que se muera el cabrón. Este hijo de su puta madre no quiere hablar. ¡Que se lo lleve la verga, por pendejo!”.
Asegura que le quitaron la camisa mojada y le pusieron en la cabeza una bolsa de plástico. No dejaban de aplicarle descargas en los genitales. “Sentí ahogarme. Luché por romper la bolsa con mi boca: no podía respirar y sentía que me quemaban mis testículos. Perdí el conocimiento”. Le arrojaron agua y le dieron cachetadas en la cara para reanimarlo. “¡Levántate, puto panchero. No te hagas pendejo!”, le gritaron.
Los policías se asustaron al ver que no reaccionaba. Dos de ellos lo subieron a una patrulla y lo llevaron a la Cruz Verde de la vieja Central Camionera, donde ingresaron a las 19:00 horas del 29 de octubre, según el reporte médico 2238 integrado al expediente 561/2014-B.
El MP José Manuel Alcaraz Gutiérrez y su secretario, Adalberto Martín Vázquez Gutiérrez, expusieron en la averiguación previa 4206 que Muñoz de Alba y los otros dos detenidos presentaban lesiones debido a que “momentos antes se habían peleado con unos desconocidos”. Y sin más avalaron la versión del comandante Arizmendi y los otros uniformados.
Narra Muñoz de Alba: “Los doctores no quisieron revisar mis genitales que estaban quemados por las descargas. Mis hombros estaban dislocados y me dolían. La pierna derecha estaba molida por las patadas y los rodillazos recibidos; también me dolían el costado izquierdo de mi rostro y el ojo derecho.”
Los testimonios
Elihut de Santiago y su cuñado reciben al reportero en su domicilio de Vicente Guerrero 57, prolongación Cereso, colonia Quinta Catalina. Dicen que fueron sacados con engaños del cíber.
Cuenta Saúl Alejandro: “Llegó la patrulla AE-144, se bajaron cuatro policías y preguntaron de quién era el auto blanco que estaba enfrente con la cajuela entreabierta. Alfonso respondió que de él. Le preguntaron con quién más andaba y dijo que con nosotros dos. Los policías nos ordenaron salir porque nos iban a hacer una revisión de rutina. Nos obligaron a mostrarles nuestras pertenencias. Yo saqué mi celular y 500 pesos. Ya no volví a ver mis cosas”.
¿Para quién trabajas?, le gritaban. “Yo les dije que yo no trabajaba, que soy menor de edad, que Alfonso vende terrenos y Elihut vende agua purificada. Uno de ellos me dijo que no me hiciera pendejo. Otro me comentó que los demás ya habían hablado, que nos iban a llevar detenidos”.
Rememora Saúl Alejandro: “Al puro bajar la rampa (del edificio de la Comisaría de la Fuerza Única), vi a siete policías que ya nos esperaban. Uno de me dio una patada en la pierna que me tumbó. Luego vi cómo a Alfonso y a Elihut les taparon la cara con sus camisas, los hincaron y comenzaron a golpearlos en la cara y en el pecho.
“Les preguntaban para quién trabajan. Como los estaba viendo, me cambiaron de lugar. Insistían en que le dijera que tenía 18 años, que no me hiciera pendejo. Me taparon con mi camisa, me dieron toques eléctricos en la nuca y en las asentaderas.
“A gritos les pedí que dejaran de atormentarme. El comandante Arizmendi me dio una patada en el pecho y me volvió a tumbar. Me quedé quieto sin poder respirar. Luego me dijeron que a la mejor la libraba pero ellos (Elihut y Alfonso) no, que el gordo (Muñoz de Alba) ya había admitido que era del Cártel Jalisco.”
Elihut también sacó de sus bolsillos lo que traía: un celular, que los policías comenzaron a manipular, credenciales, licencia de manejo y su cartera en la que traía 5 mil 500 pesos. Se quedaron con todo. “¿Por qué traes tanto dinero? ¿Para quién trabajas, hijo de tu puta madre?”, me preguntaron. “Yo les dije que tengo mi propio negocio. Y yo no sabía que era delito traer dinero”.
Al llegar al sótano De Santiago vio al menos a seis policías: “Sobresalía uno alto, como de 1.85, blanco, pelo corto y sin bigote, de más de 110 kilos. Fue él quien tiró de una patada a Saúl Alejandro. Y siguieron los golpes, los toques eléctricos. Yo estaba muy agotado y les pedía a gritos que me dejaran”.
Luego los llevaron a los baños. Ahí De Santiago vio a Muñoz de Alba tirado en el piso. Estaba sobre un colchón, desnudo y empapado. “Pude ver a quienes lo torturaban, eran los mismos que nos habían sacado del cíber y otros más. Uno de ellos lo sujetaba con sus rodillas montado sobre sus hombros, otros dos le agarraban las piernas mientras que el gordo alto lo golpeaba en el abdomen hasta dejarlo sin aliento.
“El supuesto comandante (Arizmendi) le seguía dando toques en las ingles y los testículos. Le pusieron una bolsa de plástico en la cabeza. A mí me comenzaron a mojar y me obligaban a observar. Me gritaban: ‘Habla, hijo de puta’. Como no les dije lo que querían, me sacaron del baño a golpes, diciéndome: ‘Hijo de tu puta madre, cómo te resistes, si ya te cargó la verga’.”
Llamadas oportunas
Viridiana Ortiz Durán, hermana de Saúl Alejandro, llamó al celular de su esposo Elihut para saber dónde estaba. Nadie le contestó, pero ella insistió. Después de varios intentos uno de los policías le respondió: “Chinga a tu madre, perra, pinche puta”. Ella insistió. A cada llamada, dice, recibía un improperio. Muestra al reportero su aparato en el que aparece un sinnúmero de llamadas. Eran las 18:25 horas del 29 de octubre.
En esos momentos, en el sótano de las instalaciones de la Fuerza Única, uno de los policías le dijo a otro: “Ya se nos murió uno”…. “Supe que era Alfonso Muñoz –relata De Santiago–. Hasta entonces dejaron de martirizarnos. Me pusieron contra la pared sin dejar de amenazarme. En eso llegó una trabajadora social”.
Muñoz de Alba no estaba muerto, sólo se había desmayado, pero los policías se asustaron. Eso y la presencia de la trabajadora social “que no estaba cuando nos llevaron”, evitó que siguiera la sesión de torturas.
Poco después, cuando se restableció Muñoz, se lo llevaron a la Cruz Verde más cercana. Llegaron al puesto de socorro a las siete de la noche. Luego, los policías llevaron a los tres detenidos a la Fiscalía Central, pero ahí se negaron a recibirlos.
Alrededor de las 23:00 horas tuvieron que regresarlos al edificio de la Fuerza Única donde los habían torturado y los confinaron en una celda. Un oficial los hizo firmar un papel que sólo tenía la leyenda “sin pertenencias”, pese a que los agentes se habían quedado con carteras, credenciales, celulares documentos personales y 52 mil 500 pesos de los detenidos.
Al siguiente día, el 30 de octubre como a las nueve de la mañana, los policías permitieron a Saúl Alejandro comunicarse a su casa. Pero después les comentaron a los tres detenidos que habían encontrado mariguana y cocaína en el Sentra de Muñoz de Alba, por lo cual serían sentenciados.
Al mediodía, ya con un expediente armado (el número 561), Alfonso, Elihut y Saúl Alejandro fueron trasladados a la Fiscalía Central, donde pasaron otra noche en los separos. El 31 de octubre, Saúl Alejandro quedó libre, mientras Alfonso y Elihut fueron ingresados al reclusorio preventivo de Puente Grande, donde estuvieron hasta el 4 de noviembre.
Recuperaron su libertad bajo fianza tras firmar un documento que les presentó el juez tercero de lo criminal, Raúl Valdez Arredondo, en el que aceptaban el cargo que se les imputaba: narcomenudeo. Lo hicieron, dicen, para evitarse problemas.
La odisea vivida por Alfonso, Elihut y su cuñado Saúl Alejandro ilustra la manera en que se comportan los elementos de élite de la Fuerza Única Metropolitana y Regional para combatir a los “delincuentes”, según ha informado Proceso Jalisco en sus ediciones 514 y del 519-523.
De acuerdo con los relatos de los tres detenidos, los policías no sólo intentan crear culpables, sino que siembran el terror y el odio hacia el gobierno entre los ciudadanos.








