Lo recordó Miguel Ángel Granados Chapa cuando Vicente Leñero ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua, en mayo de 2011, y antes que él lo recordó el propio narrador y periodista en 1978, en una de las páginas de Los periodistas: a través de Granados (y por iniciativa de éste), Julio Scherer lo invitó a hacerse cargo de la dirección de Revista de Revistas.
Granados Chapa era devoto lector de Leñero desde su primer libro, y apreciaba también la manera en que había hecho brillar Claudia, una revista mensual dirigida al público femenino, fundada en 1957 en Argentina por el italiano César Civita, que el diario Novedades comenzó a publicar en México a finales de 1964. Leñero había llegado a Claudia como reportero en octubre de 1965 y para mediados de 1969 ya se había convertido en el director.
En febrero de 1972 Granados Chapa le comunicó a Leñero la propuesta de Scherer, y a principios de abril el autor de Los albañiles dejó Claudia y comenzó a trabajar en la reformulación de Revista de Revistas.
Esta fue, desde su fundación en enero de 1910, un semanario. Su creador, Luis Manuel Rojas, se propuso ofrecer algo de interés a todo tipo de lectores, cualquiera que fuere su género o edad. Su éxito fue tan grande que dio lugar al nacimiento de Excélsior el 18 de marzo de 1917.
En sus dos primeras décadas, Revista de Revistas tuvo entre sus colaboradores a escritores de gran renombre: Ramón López Velarde, José Juan Tablada, Luis G. Urbina, Pedro Henríquez Ureña, Rafael López… El prestigio de todos esos nombres cobijó a la publicación mucho tiempo. Todavía en los años cincuenta colaboraba de cuando en cuando Alfonso Reyes con algún relato corto, pero la calidad de la revista ya había mermado y en los años sesenta prácticamente se había convertido en un fantasma. Sin embargo, era impensable eliminar de plano una publicación que era el fundamento de la casa.
Reportajes de Leñero en Claudia tan ágiles y divertidos como “Aquí está el detalle (Mario Moreno vs. Cantinflas)” y “El zar de las telenovelas (Ernesto Alonso)” le dieron a Granados Chapa la idea de llevarlo a Excélsior. Y una de las decisiones más atinadas de Leñero al dejar Claudia fue invitar a colaborar con él a algunos de los escritores que había conocido en esa revista, entre ellos José Agustín e Ignacio Solares (de 28 y 27 años de edad, respectivamente), que se convertirían en cartas clave de su proyecto.
Lo que Leñero hizo, gracias a la libertad absoluta que le brindó Scherer, fue transformar Revista de Revistas en una publicación escrita mayormente por jóvenes. Sus colaboradores más añosos eran el suizo Tomas Gerardo Allaz, sacerdote rebelde nacido en 1916, y el director escénico Ignacio Retes, de 1918, que en 1972 tenían 56 y 54 años de edad. Y luego los seguían el narrador Jorge Ibargüengoitia y el poeta Eduardo Lizalde, de 44 y 43 años. Pero una buena parte aún no cumplía los 30, y el benjamín del equipo, Manolo Robles, apenas tenía 22 años cuando publicó por primera vez.
Con ellos Leñero hizo una revista cuya propuesta se acercaba mucho a lo que fuera Revista de Revistas en su origen: una publicación que incluyera siempre algo interesante para todo tipo de lector. Pero en esa nueva época de la revista no había una sola nota superficial o que cumpliera sólo una función de entretenimiento. La nueva Revista de Revistas era una publicación política y cultural en la que, así fuera de la manera más juguetona –el humor nunca dejó de estar presente en sus páginas– todo se abordaba con ánimo cuestionador.
En la primera página recibían siempre al lector un cartón de Magú y una breve columna de corte político firmada por Granados Chapa. Seguía luego un reportaje que solía tener seis páginas de extensión pero podía llegar hasta ocho. Los títulos de tres de ellos dan idea de la diversidad de temas que se trataban, y del enfoque con el que se abordaban: “Chicanos: extraños en el Paraíso”; “El futbol mexicano: más que un deporte, un juego financiero”; “También las monjas se aceleran”. Después se encontraban dos páginas de síntesis noticiosa; dos más que conformaban la sección editorial con firmas de Retes, Allaz, Lizalde, José Agustín, el sociólogo Gabriel Careaga, el exlíder del 68 Luis González de Alba, el estadunidense Stanley Ryan, y enseguida se incluía otro reportaje, o bien una entrevista, para luego dar cabida a dos páginas más con una sección muy leída y muy característica: “Expediente: México, país de promesas”, en la que se mostraban diversos hechos delictivos que invariablemente quedaban impunes después de 30 días o de 37 años.
No había tema que no fuera interesante para Leñero y su equipo: la venta de las empresas paraestatales, el contraste entre las casas que habitaban los líderes obreros Demetrio Vallejo y Fidel Velázquez, el poco apoyo que recibía el libro mexicano, la muerte de Pablo Neruda, la imagen de la revolución mexicana en el cine…
Inevitablemente, la revista reflejaba los intereses de su director: la vida literaria (se pregunta a más de 30 escritores mexicanos si creen que alguno de sus colegas podría obtener el premio Nobel (la mitad menciona a Octavio Paz), la difícil situación del teatro serio en México; la vida religiosa y el papel de la Iglesia en la sociedad (“¿Debe la Iglesia involucrarse en el cambio social?”), y también sus gustos: Ricardo Garibay contaba con dos páginas para plasmar los diálogos que tanto admiraba Leñero.
Junto con el despliegue imaginativo para realizar reportajes, hay también un rico abanico de imágenes que le confiere un gran atractivo visual a la revista. Suelen incluirse reportajes fotográficos de Roberto Bolaños y Rogelio Cuéllar conformados por siete u ocho fotos reproducidas en buen tamaño, y el color es otro elemento que le confiere vistosidad. Y la sencillez y sobriedad del diseño de don Agustín Cadena hacen que la revista (impresa con una calidad excelente) parezca hecha hoy.
Por diferentes razones, en aquellos años –la primera mitad de los setenta– uno solía comprar dos semanarios: Siempre!, que salía cada jueves, y Revista de Revistas, que aparecía los viernes. En Siempre! uno buscaba las páginas de Renato Leduc, de José Alvarado, de Alberto Domingo, así como el suplemento La Cultura en México, cuya lectura era una fiesta. Pero en Revista de Revistas todo era atractivo. El adolescente que la compraba por cinco pesos se deleitaba leyendo las crónicas de Ibargüengoitia lo mismo que un texto inédito de Miguel Ángel Asturias sobre el peatón… o se asombraba con las declaraciones del asesino del Che Guevara, la manera en que centenares de jóvenes aspirantes a boxeadores profesionales eran convertidos en carne molida, o la drástica manera en que había variado la capacidad adquisitiva de cien pesos en sólo diez años.
En los cuatro años –de junio de 1972 a junio de 1976– en que Leñero y su equipo (Sara Moirón, Dolores Cordero, Francisco Ponce, Francisco Ortiz Pinchetti, Hero Rodríguez Newmann, Manolo Robles, Gonzalo Álvarez del Villar y tantos otros…) hicieron Revista de Revistas, los lectores esperaban los viernes con impaciencia.
Es fácil imaginar los esfuerzos, enojos y angustias que cada edición debe haberle costado a Vicente Leñero. Pero también el gusto que debe haber experimentado al contar con un gran reportaje, la felicidad de cabecear con tino una nota, el delicioso alivio de cerrar el número y ver que se va a la imprenta… aunque sin duda pocos minutos después lo invadiera la inevitable urgencia de preparar la siguiente edición.








