El guionismo radiofónico y más tarde la facturación de telenovelas fueron una escuela que llevó a Vicente Leñero a alcanzar la cúspide en el oficio de escritor cinematográfico. De la mano de Miguel Sabido, Jorge Fons, Marcela Fernández Violante, Walter Dohener, Gerardo de la Torre y Felipe Cazals, se cuenta su larga y prolífica trayectoria.
Decidido a dejar la ingeniería y vivir de las letras, el narrador Vicente Leñero –quien recibía un salario minúsculo en la revista Señal–, comenzó a escribir radionovelas que patrocinaba la jabonera Palmolive a principios de los sesenta. Su primera historia en este género fue Entre mi amor y tú.
“Yo pensaba que escribir radionovelas era más digno que trabajar en la ingeniería. Apredí mucho realizando radionovelas, sobre todo su técnica. Después, cuando redacté telenovelas, me preocupé también por aprender la técnica. Esas experiencias me permitieron llegar al cine”, recordaba el 3 de marzo de 2008 en entrevista en la Cineteca Nacional, minutos antes de recibir un diploma donde se confirmaba que había sido seleccionado para la medalla Salvador Toscano al mérito cinematográfico 2007.
–¿Le gustó hacer radionovelas?
–No sabía cómo hacerlas, pero aprendí. Sí me gustó.
También hizo las radionovelas La sangre baja del río, Bodas de plata, La fea y Cuernos patrios.
Consiguió la beca del Centro Mexicano de Escritores (CME). Esa generación (1961-1962) la integraban también Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas, Miguel Sabido y Jaime Augusto Shelley.
Sabido recuerda para Proceso su encuentro inicial ahí:
“¡Qué privilegio tuve! Cada semana me tocaba escuchar un texto de cada quien. Entonces Leñero estructuraba su novela Los albañiles. Me tocó ser testigo de cómo fue dándole forma a esa obra maestra. Desde entonces lo admiré.
“Él logró conciliar su catolicismo con una actitud liberadora, progresista, y una honradez que a mí me conmovía hasta el fondo del corazón. Si bien Los albañiles puede considerarse su obra maestra, para mí el guión de El crimen del padre Amaro, dirigido por Carlos Carrera, es verdaderamente excepcional porque se atreve a denunciar en una escena a los obispos de la Iglesia católica que reciben limosnas de los narcos, y que eso lo hiciera un católico me parece verdaderamente excepcional.”
Para el director de teatro, “murió un gran mexicano que se atrevió a denunciar lo que nadie se había atrevido a revelar, para mí eso es importantísimo”.
Con Sabido, Leñero trabajó guiones para dos telenovelas:
“En 1961, las telenovelas eran de 40 capítulos de media hora. Ernesto Alonso tenía dos horarios y era mucho el trabajo que se le acumulaba, siempre andaba desesperado buscando escritores. Quién sabe por qué se le ocurrió llegar al CME y nos invitó a su casa a tomar un café. Nos propuso que escribiéramos una telenovela: aceptamos Guadalupe, Inés, Vicente y yo porque nos dio mucha curiosidad. Nos apasionamos por el asunto.
“Hicimos Guía en la sombra (1962), basada en un cuento de Arredondo. Era la historia de un hombre que iba guiando a un grupo de turistas en Guanajuato y les contaba la historia de cada momia. El día que salía al aire, los cuatro nos juntamos para ver el primer capítulo de 10 y nos sorprendió que le pusieran Las momias de Guanajuato porque nuestro título no era comercial, pero la telenovela fue un éxito.
“A Leñero le gustó mucho el género. Después realizamos otra, Tres caras de una mujer, bueno, la trabajamos Arredondo, Leñero y yo. Fue muy mala telenovela, y me fui a Europa, pero Vicente siguió en ello.”
El autor de La vida que se va hizo otras telenovelas, bajo la producción de Ernesto Alonso, como La trampa, Las maniquís, Mi mujer y yo y El refugio. Además adaptó al mismo tiempo teleteatros para Luis de Llano. No continuó más pues decidió irse como reportero a la revista Claudia, donde llegó a ser director.
La pantalla grande
Al comenzar la década de los setenta, cuando ya Leñero era un notable novelista y un dramaturgo admirado, entró al mundo del séptimo arte.
“Me inicié en el cine por el camino de la truculencia”, se lee en el libro Vicente Leñero: Vivir del cine, del escritor Gerardo de la Torre.
Comenzó a escribir guiones con el cineasta Francisco del Villar, a decir suyo en esa entrevista de 2008. Ese director filmaba películas en las que había mucho sexo, mucha acción erótica, pero aceptaba que esos temas le dieron la oportunidad de aprender a escribir guiones para cine:
“No me sentí rebajado en escribir esos relatos comerciales porque creía que estaba sacando de eso un oficio, y yo quería aprender ese oficio.”
No obstante, esas historias le provocaban un sentimiento de culpa. Su primer guión con Del Villar fue El festín de la loba (1972). Luego adaptó su obra de teatro Pueblo rechazado, titulada por Del Villar El monasterio de los buitres (1972), y por último trabajó con este cineasta El llanto de la tortuga (1974).
Escribió Los de abajo (1976), dirigida por Servando González. Ese mismo año, Jorge Fons dirigió Los albañiles, basada en su novela homónima, y obtuvo el Oso de Plata de Berlín. Para este mismo realizador adaptó la novela El callejón de los milagros (1994), de Naguib Mahfuz, y El atentado (2010). También le escribió Otilia Rauda, pero Fons nunca la rodó.
Fons rememora, en una charla con este medio, cómo trabajaba con Leñero:
“Platicaba mucho con él, tomaba sus notas y trabajaba él solo el guión. Regresaba con todo hecho. Revisábamos. Todos los guiones los trabajábamos principalmente sobre las estructuras.”
–Él decía que usted lo invitó a adaptar Los albañiles, ¿qué recuerda?
–Sí. Un día platicamos mucho. Vimos que Los albañiles ya había sido una novela exitosa y una obra teatral exitosa y nos comprometimos a erigir el largometraje. En 1975 trabajamos el guión, y a partir de allí fuimos amigos.
Recuerda a Leñero como un trabajador obsesivo:
“Se entusiasmaba con facilidad con un proyecto. Una vez que le presentaba uno un hilo, lo jalaba y se lo llevaba para ponerle toda la atención.
“Era un hombre muy querendón. Nos reuníamos mucho con el actor Pedro Armendáriz Jr., los directores Felipe Cazals y Paul Leduc, y Leñero llevaba a don Julio Scherer. A veces íbamos a comer a un lugar público o a casa de Armendáriz, quien era el que nos juntaba. Armábamos el argüende, platicábamos de todo: cine, teatro, literatura y política.”
También hizo los guiones Cuando tejen las arañas (1977), de Roberto Gavaldón, y Cadena perpetua (1978) y La tía Alejandra (1978), de Arturo Ripstein, quien no acepta una entrevista para conversar sobre Leñero porque rueda el filme La calle de la amargura.
“Lo siento, pero va a ser difícil”, argumenta.
Leñero hizo en 1979 Las grandes aguas, dirigida por Servando González. Siguió Misterio, realizada por Marcela Fernández Violante, una adaptación de su novela Estudio Q.
Fernández Violante argumenta vía telefónica que Benito Alazraki, de Corporación Nacional Cinematográfica (Conacine), le presentó a Leñero:
“Esa instancia debía realizar tres proyectos: La casa que arde de noche, de Ricardo Garibay; DF, de Emilio Carballido, y Misterio, de Leñero, el cual me proponen y me pareció sorprendente por toda la propuesta visual y dramática, y en tres días tuve que resolver si lo filmaba o no. Leñero estaba en ese tiempo muy agobiado de trabajo en Proceso y me dio la libertad de corregir el guión. La rodé en cuatro semanas. Nos visitó en el rodaje y surgió una amistad aunque ya no volví a trabajar con él.”
Los demás guiones que elaboró: Mariana, Mariana (1987) de Alberto Isaac, Miroslava de Alejandro Pelayo, La ley de Herodes (1999) de Luis Estrada, La habitación azul (2000) con Walter Dohener, El crimen de padre Amaro (2002) de Carlos Carrera, Fuera del cielo (El Malboro y el Cucú) (2004) de Javier Patrón, y Mujer alabastrina (2005) de Rafael Gutiérrez.
Dohener dice a este semanario:
“Nunca le agradecí lo suficiente la generosidad con que me trató. Ya llevaba seis o siete tratamientos de mi guión La habitación azul y nadie creía que funcionaba. Me pidieron que trabajara con Leñero, fui con bastante miedo a verlo. Pero resultó una experiencia increíble. En vez de tratar de cambiar mi guión como todos querían, se puso a aportar y mejorarlo.
“Siempre me quedé con ganas de aprender más de él. Me parece el gran maestro de guión que hemos tenido.”
Para Felipe Cazals realizó los guiones Tierra blanca, sobre narcos, y Olalla, pero no se rodaron.
Cazals envía por e-mail su comentario titulado Sin Vicente Leñero:
“Hoy falleció Vicente Leñero. Hoy, los cineastas mexicanos hemos perdido a un colaborador fuera de serie. Hoy, y mañana también, recomiendo a todos volver a ver las películas con la huella de Leñero en la historia del cine mexicano. Su indeleble participación estaba fundada, decía Leñero, en la necesaria solidez de la estructura narrativa y en la feroz defensa del rigor del contenido dramático. Cierto.
“Aunque también, reconocía que las películas, como los toros, no tienen palabra de honor. Conservaré en mi memoria sus muy afortunadas observaciones sobre los involuntarios desvaríos de la desoladora mezcla de géneros que abundan en la historia de nuestro cine. Leñero era ante todo un escritor agudo, sin prejuicios y tolerante en su trabajo. Prueba de ello es su paciencia con todos nosotros.
“Hoy, ante la ausencia definitiva de un colaborador con su infatigable entusiasmo para iniciar otra aventura sin destino fijo, afirmo que nuestro cine está de riguroso luto. Vicente Leñero no será nunca más un guionista de lujo para otro joven cineasta.”








