Tres testimonios

La imaginación

Con desenfado, Vicente Leñero gustaba de contar sus encuentros y desencuentros, a la manera en que narró en Vivir del teatro los avatares tras la escena, o historias a las que luego daría cuerpo en su columna Lo que sea de cada quién en la Revista de la Universidad. Aquí se ofrecen testimonios de tres escritores cercanos a Leñero que nos aproximan a su naturaleza controvertida, sorprendente, impredecible.

Querido Vicente:

Nadie como tú. Nadie como tú para despertarme con un libro y dejarme los ojos abiertos y el suspiro contenido al ser transportada de pronto, a los 17 años, de mi escuela de monjas al feroz mundo de Los albañiles.

Nadie como tú para seguirte leyendo, o gozando tu teatro, tu cine, hasta hoy, con la misma gana, siglos después de eso.

Nadie con tu humor negro y tu solidaridad hacia la gente de Proceso. A los 27 años te pedí una recomendación para inscribirme en un curso de guión en la Escuela Internacional de Cine en San Antonio de los Baños, Cuba. “Tú hazla y yo la firmo”, dijiste. Yo siempre he estado loca, y dibujé unas nubes con mi nombre sobrepuesto (esperando que alguien entendiera que, al firmar eso, Vicente me ponía “por las nubes”). Pero tú, Vicente, más loco que yo, la firmaste con seriedad y cambiaste de tema. Nunca la mandé a Cuba, la guardo como un tesoro.

Gente como tú no hay, Vicente. Leías todo en Proceso y sólo tú alababas un escrito sin importar los grandes nombres. Sólo tú mencionabas un reportaje mío en una junta directiva (y a mí me llegaba el chisme, y lo recibía como se recibe el único aplauso, y lo más sabroso, que venía de alguien como tú, como algo inolvidable hasta hoy).

Sólo tú, grande entre los grandes, escribiría esta generosa (y siempre neta, tú sólo escribes lo que piensas) dedicatoria a una reportera en un libro tuyo, La vida que se va: “Para la siempre admirada y admirable Susana Cato, esta novela que habla de la imaginación, tal vez lo más valioso en el ser humano…”.

Y la vida que se va se fue, y tu imaginación nos la dejas a todos como la más valiosa herencia.

Nadie como tú, Vicente, para pelear contra ese ridículo monstruo de poder que pretendió asfixiar la libertad de expresión tantas veces. Recio contra lo que no te gustaba. Recio.

Nadie como tú, Vicente, que sólo se guía por la pasión de la escritura, de la vida que se escribe, de la comedia (farsa, tragedia) existencial que sólo tú aprisionabas en libros (y hasta el rebeldísimo género de Teatro Clandestino que inventaron tú, Luis de Tavira, Víctor Hugo Rascón vital, hecho al segundo), registrando como fiel e imparable escribidor en máquina Olivetti, todas las anécdotas que el dedo de Dios (para los ateos como yo, el destino) escribe con la gente de cine, con la gente de teatro, con los políticos, con gente como uno.

Nadie como tú, hoy extrañado Vicente, para transformar la vida en pura y gozosa dramaturgia.