No te vayas a derrumbar.
–No, Tícher –le dije bajando el rostro. El ardor en mis ojos amenazaba llanto.
Me descubrí bautizándome como su alumna en ese momento. Era mi primera vez en el célebre taller de escritura de Vicente Leñero. Las críticas a mi primer guión cinematográfico fueron duras y también tupidas.
Hasta entonces lo había llamado por su nombre; Vicente, no en balde compartíamos mesa de dominó y algunas veces hasta le había ganado. Aunque me divertía más jugar de su lado y observar sus ojos de ingeniero contando lo que había en la mesa del juego y luego analizando sus fichas. A veces silbaba en el tenso silencio de esas jugadas definitivas. “Ay compañera, a ver si no la riego, compañera”, negaba con la cabeza.
Era el año en que nos amanecimos con el levantamiento zapatista, Vicente había conseguido una legendaria entrevista con el subcomandante Marcos y, bajo su guía, en los intervalos del juego, nos robábamos la palabra para opinar sobre los acontecimientos inéditos del país. Nos propuso hacer teatro de emergencia. Teatro corto que hablara de lo inmediato, porque todo sucedía tan rápido que no estábamos teniendo tiempo para elaborarlo. Surgió así el Teatro Clandestino. Los miembros del taller de Vicente, y Vicente mismo, escribieron algunas de las obras y casi todos los actores que acudíamos a las noches de dominó actuamos en ellas. En todo ese tiempo yo preguntaba con insistencia cómo funcionaba el taller y Vicente me contaba gustoso. Empecé a acariciar la idea de pertenecer a él, pero mi pudor era más grande que mis ambiciones.
En 1997, justo en diciembre, Jesús Ochoa, futuro yerno de Vicente, estaba en Nueva York y me propuso que me fuera a celebrar con él y su nueva familia. Viajaban Estela, Eugenia, y Mariana y Ricardo, su esposo.
Allá tan lejos de todo, tuve el privilegio de conocer al hombre de familia. En estos ires y venires, Eugenia me animaba:
–Dile. Ándale.
Me animé:
–Vicente… quiero entrar a tu taller.
Se giró con naturalidad para decirme:
–Lleva un texto.
Entonces, en enero del 98 llegué con mis fotocopias, las repartí, leí y escuché las fuertes críticas. Al final de la ronda Vicente recopiló, resumió, pero sobre todo atemperó lo dicho por los demás y, más importante aún, encontró los puntos fuertes de mi historia y de mi escritura.
–Es un taller duro –dijo mientras caminábamos hacia la vieja Guadalupana, en Coyoacán–. Y sí, lo era, lo era en la confianza absoluta de que la presencia, la palabra y el oído generoso de Vicente nunca permitirían que corriera la sangre.
Así que ese día, mi primer día como tallerista de su taller, me descubrí diciéndole “Tícher”, vocablo que combiné durante todos estos años con él de maestro y que ya nunca abandoné aun cuando la vida me otorgó el privilegio de tratarlo lejos de mis afanes de convertirme en escritora.
Aquí, al lado de mi escritorio, Vicente se ríe en una foto colectiva el día de mi boda; en otra sonreímos mi marido, mi hijo y yo junto a Estela y él, el día en que celebraron 50 años de estar juntos.
Faltan páginas para agradecer su crítica puntual, generosa. El respeto absoluto por los textos de sus talleristas. El ojo que descubría el brillo en medio del caos.
En esos jueves infinitos pude atestiguar también su humildad de escritor cuando nos convidaba a leer sus textos para someterlos a nuestra crítica. Nos costaba trabajo pensar que pudiéramos aportarle algo, pero hacíamos el esfuerzo llenos de orgullo por ser sus primeros lectores. Al final del día caminábamos para ir a tomar un trago y despedirnos. Nos peleábamos el mejor lugar alrededor de la mesa para escuchar sus historias. Para reír, contagiados por su risa, del recuerdo de sus errores y fracasos.
–No, pues si nada más se tratara de escribir, sería muy fácil, todos seriamos escritores. Hay que trabajar, retrabajar siempre –nos decía muy serio. Y para muestra sus escritos: atesoro con cariño las copias de sus cuentos últimos que todavía escribía en maquina de escribir y que corregía a pluma con su letra impecable.
–Reescribir, ese es el secreto del escritor –nos repetía siempre.








