Para el académico Gabriel Martínez Serna, la Revolución Mexicana ha jugado un papel muy importante en la consolidación del sistema de Hollywood. Fue su modelo para el western, tal vez el único género puro del cine. El investigador ha registrado 619 títulos cinematográficos sobre la gesta que el día 20 cumplió 104 años, de los cuales 320 son documentales (134 nacionales y 186 extranjeros). En ficción hay 299 producciones, 156 hechas en el país y 143 fuera de él.
MONTERREY, NL.- La Revolución Mexicana fue la primera revuelta bélica capturada por el cine. El conflicto armado que estalló en 1910 fascinó al mundo, que pudo apreciarlo mediante la proyección de imágenes tomadas por la novísima cámara cinematográfica.
Cuando la industria de las películas comenzó a crecer en Hollywood, California, precisamente en los años de la asonada maderista, los estudios voltearon hacia México y encontraron en las batallas protagonizadas por héroes, como Pancho Villa y Emiliano Zapata, inspiración para consolidar el género del western, uno de los que más fama y fortuna le han dado al cine de Estados Unidos en el planeta, a decir de Gabriel Martínez Serna, doctor en Historia por la Universidad de Stanford.
Los productores de Europa también centraron su atención en la guerra que se dirimía en el lejano territorio mexicano, y con ese material crearon sus propias películas de vaqueros, basados en los héroes revolucionarios y en las imágenes de combatientes que iban en “la bola” con fusiles y huaraches.
Todo un hallazgo.
De los documentales hechos hasta ahora de esta gesta que le dio identidad a los mexicanos la mayoría han sido realizados por extranjeros.
Grandes personajes
Francisco I. Madero, Porfirio Díaz, Zapata y Villa mismos, Pascual Orozco, José María Pino Suarez y Venustiano Carranza, entre otros, eran portentosos personajes, pintorescos e irresistibles, así como el escenario de la convulsión nacional se ofrecía único en el mundo por su folclor, colorido y pasajes cruentos, con leyendas, intrigas, traiciones y el triunfo de la democracia. De ahí que la industria cinematográfica emergente se interesara por plasmar en imágenes los acontecimientos cada vez más sorpresivos y sangrientos.
Gabriel Martínez encontró interesante esa comunión entre guerra y cine, y durante agosto y septiembre presentó en el Museo de Historia Mexicana (MHM) de esta ciudad el curso Cine de la Revolución Mexicana, desde sus orígenes hasta la actualidad. Antes, ya había ofrecido uno de literatura sobre el episodio histórico más sobresaliente del siglo XX en México, y que había sido abordado en numerosas cintas, no sólo en territorio nacional, sino también en la Unión Americana y en Europa.
Hasta 2009 hay registrados 619 títulos cinematográficos sobre la Revolución, de los cuales 320 son documentales. De esa cantidad, 134 son nacionales y 186 son extranjeros.
En ficción hay 299 producciones, 156 hechas en el país y 143 fuera de él.
La primera película exhibida en México fue una producción que vendieron directamente los inventores del cine, los franceses hermanos Lumière a Salvador Toscano, quien la exhibió en 1896 en Palacio Nacional cuando Porfirio Díaz era presidente.
En 1911, Toscano, el primer empresario que presentó el cine en una sala comercial, produjo en el país la primera cinta revolucionaria, La toma de Ciudad Juárez. Ese año el director y productor tapatío produjo otras cinco películas, aunque la mayoría del pietaje se extravió con el paso del tiempo, explica Martínez.
Como la técnica cinematográfica no se había desarrollado aún, las películas de la revuelta nacional eran parte ficción y parte documental, no había una distinción entre los géneros, señala.
Por ello, Toscano llegó a filmar hasta siete películas en dos años.
Filmó The Life of General Villa, protagonizada por el mismísimo general de la División del Norte. Se conserva sólo un fragmento.
Fue el mismo realizador quien filmó los festejos del Centenario de la Independencia en los últimos momentos de Díaz en la Presidencia.
Elvira Ramos, contacto de prensa del MHM, refiere que el Centauro norteño, de acuerdo con la leyenda, cobró derechos por el uso de su imagen y con esos recursos financió parte de sus campañas militares en el norte del país.
Complementa Martínez Serna:
“La influencia del conflicto mexicano en Hollywood fue desproporcionada. Nos damos cuenta, ahora, que la primera estrella de reality fue Pancho Villa, no con una o dos películas, sino con muchas. Usó derechos de imagen para financiar parte de la Revolución”.
Es probable que el caudillo haya sido animado por un productor estadunidense a convertirse en héroe de acción, ofreciéndole un atractivo anticipo. Y también, posiblemente fue el primer personaje con estas características en la historia de la narrativa cinematográfica.
Esta faceta del personaje es ilustrada en la película producida para la televisión estadunidense And Starring Pancho Villa as himself (Con ustedes, Pancho Villa), de 2003, en la que el general es interpretado por el español Antonio Banderas.
Villa, estrella de “reality”
Jack Conway fue de los primeros estadunidenses que se interesó en el movimiento, señala el especialista. Apuntando hacia la capitalización de la industria del celuloide de Estados Unidos, buscó hacer producciones que tenían como objetivo principal engrosar la taquilla.
El western surgió, entonces, como un género puro del cine, tal vez el único original, pues los demás ya existían en la literatura. Y en la década de los treinta se inició el movimiento de las películas de vaqueros, que no ha terminado.
“No es exagerado decir que la Revolución Mexicana juega un papel muy importante en la consolidación del sistema de Hollywood, tal vez por la influencia mexicana. Muchas figuras trágicas de la Revolución se prestan a narrativas interesantes. Este episodio mexicano tiene una larga sombra sobre las películas de vaqueros en Estados Unidos.”
En 1934 Conway filmó ¡Viva Villa!, en la que Wallace Beery interpretaba al Centauro del Norte. La cinta fue nominada al Óscar por mejor película, guión adaptado, sonido y asistente de director. Ganó la estatuilla por este último rubro.
Explica Martínez:
“Es sorprendente que en las primeras ceremonias del Óscar estuviera presente una película basada en Pancho Villa. La razón es porque Hollywood y California, e incluso actores como Ronald Reagan y el western, se inspiran en la iconografía de la Revolución Mexicana.”
Hubo un movimiento de “Zapata westerns” que tenía como figura principal al Caudillo del Sur.
¡Viva Villa! fue inspiración posterior para ¡Viva Zapata! de 1952, dirigida por Elia Kazan, escrita por John Steinbeck y protagonizada por Marlon Brando y Anthony Quinn. Este último ganó el Óscar de reparto por su interpretación de Eufemio Zapata.
El héroe nacido en Morelos tenía su gran atractivo por ser una figura trágica, pero no llamó tanto la atención de los estadunidenses como Villa, tal vez porque guerreó en el centro del país, muy lejos de Estados Unidos.
Y hubo profusión de documentales, después de la Revolución, que se centraron en la figura del presidente Madero.
Sin embargo, para el cine, señala, el gran personaje revolucionario fue Pancho Villa, un héroe con todas las características de la ficción. Andaba a caballo, empistolado. Era un líder valeroso, enamorado, pícaro…:
“John Wayne, Ronald Reagan y las figuras del western se sentían enormemente atraídos por él. Era un personaje que estaba en contra del poder corrupto. Era parte de la leyenda que forjó Hollywood, por eso encajaba muy bien ahí.”
El impacto del mito revolucionario en el cine mundial fue arrollador. Hubo spaghetti westerns con cintas de vaqueros que se hacían en Italia.
En los países de Europa del Este fueron producidos dramas de vaqueros, con un trasfondo que ellos, seguramente, ni siquiera conocían, explica Martínez. Las películas eran de cowboys contra indios, como arquetipos, una fórmula tomada de Estados Unidos, que, a su vez, fue tomada del imaginario mexicano.
“Estas figuras, como El Llanero Solitario y su compañero Toro, en realidad hablan del norte de México, antes de que surgiera el Viejo Oeste. Antes de eso existía un norte mexicano antiquísimo, que tiene las mismas imágenes del hombre que va a caballo, como un pistolero solo, que va y doma al pueblo. Esa iconografía que se toma en Europa en verdad viene del norte de México, y luego fue copiado por Hollywood”, precisa.
Algunas fuentes consideran que el primer western europeo fue Cowboy, producido en Francia en 1906 y protagonizado por Joe Hamman.
Martínez recuerda el caso de una compañera de doctorado, nacida en Hungría, que hizo su tesis sobre películas de vaqueros en Alemania oriental, que tenían como héroe a un yugoslavo y donde había, también, un indio americano, tomado de la iconografía mexicana.
Sergei Einsenstein, por ser contrario a la maquinaria estadunidense generadora de dólares, se interesó en el fenómeno revolucionario por razones políticas. Acompañado de la cámara de Gabriel Figueroa, el ruso viajó al país en 1931 y al año siguiente filmó ¡Que viva México!, en la que se interesa en el aspecto social de la Revolución, por su pretendido paralelo que hay en la organización social de los mexicanos sublevados con el sistema soviético.
La película es una obra de arte, un clásico de la cinematografía mundial aunque, por extraño que parezca, es una producción inconclusa.
“Hay una gran técnica cinematográfica con unas imágenes impresionantes. Pero no está completa, no tiene una narrativa de principio a fin coherente, tal vez porque Einsenstein careció de tiempo o le faltó disciplina. Pero es un trabajo muy distinto de lo que salió, en ese tiempo, del sistema de Hollywood.”
En 1969, Sam Peckinpah filma su obra maestra, La pandilla salvaje (The Wild Bunch), que no tiene como tema central la Revolución Mexicana, aunque sí toma el contexto del conflicto.
Desde su punto de vista, la gran película revolucionaria mexicana es Enamorada (1946), escrita y dirigida por Emilio Fernández y protagonizada por María Félix y Pedro Armendáriz. Otra gran cinta es La soldadera, estelarizada por Silvia Pinal, exactamente 20 años después.
“Es interesante comparar las dos películas. La primera del 46, cómo ve a la mujer en el contexto del conflicto y cómo ocurre; la otra, 20 años después, en pleno auge del feminismo en los sesenta. Hicieron estas cintas la más grande estrella de su generación, María Félix, y la que fue sucesora en la generación siguiente, Silvia Pinal”, señala.
Cine para propaganda
El cine de la Revolución también tuvo su gran carga política propagandística.
Al surgir como forma de expresión junto con la Revolución Mexicana, el cine fue utilizado como medio de difusión de imagen de Madero y otras figuras de la época. Toscano filmó el documental El viaje del héroe de la Revolución don Francisco I. Madero.
En 1935 Fernando de Fuentes estrenó ¡Vámonos con Pancho Villa!, documento fílmico que, en su versión original, era crítico de la lucha armada, con un desenlace brutal. Sin embargo, de acuerdo con notas de producción, el gobierno, que financió la obra, deformó el epílogo original, lo que demeritó el trabajo del realizador.
“Toda la obra de De Fuentes estuvo envuelta en problemas, porque en cierto sentido es crítica con la Revolución Mexicana. Hizo sus películas justamente en los treinta, cuando se estaba consolidando lo que se convertiría en el PRI. Él se convierte en persona non grata en el país”, señala el académico.
Años después, añade, el cineasta no podría haber hecho estas películas, pues ya estaba instalado el partidazo en el poder y las producciones “contrarrevolucionarias” estaban prohibidas en México.
Ya pasó un siglo desde que estalló la Revolución Mexicana. Gabriel Martínez Serna considera que, pese a la distancia, aún hay espacio en la industria cinematográfica y en el gusto del público para cintas de ese perfil.
El director mexicano Alfonso Arau hizo en 2004 Zapata, el sueño del héroe, protagonizada por el cantante Alejandro Fernández. La cinta, aunque polémica, convocó a los cinéfilos.
Y es que, asegura:
“Todas estas imágenes de la Revolución predominan en la gente. Cuando se habla de historia, se piensa en la Revolución antes que en la Independencia o en la Colonia. Hay gente que estudia más la Revolución y el porfiriato que los demás episodios históricos. Junto a la Conquista, es el episodio nacional más conocido.”








