EPN: Su Alteza Serenísima bis

El sacerdote activista Alejandro Solalinde estuvo hace días en Jalisco y nos soltó una verdad de a kilo: “La Iglesia católica ha sido también compañera de cúpula y de agenda cupular de un gobierno simulador, al que le ha dado su lugar como si de veras fuera un gobierno responsable” (La Jornada, 11 de noviembre). Su señalamiento es claro y contundente. Para los álgidos días que estamos transitando, es precisión que se agradece.

El general Salvador Cienfuegos Zepeda, de la Sedena, hace días colocó en Escobedo, Nuevo León, la primera piedra del cuartel de la Policía Militar. Desde ahí dará el Ejército atención a la zona noreste del país. Estuvieron presentes los gobernadores de ese estado, Coahuila, Tamaulipas y San Luis Potosí. Cienfuegos llamó a cerrar filas en aras del interés nacional. Nadie objeta su retórica, pronunciada en abstracto. Amplió: ‘‘…las fuerzas de tierra, mar y aire respaldamos firmemente al señor presidente de la República y su proyecto de gobierno para llevar al país a mejores posibilidades de desarrollo. ¡México, nuestra gran nación, se lo merece! Los militares ajustamos nuestra conducta a la Constitución y a las leyes, mostrando solidez en lo correcto y con irrestricta observancia de los derechos fundamentales’’. (La Jornada, Id.)

La conducta castrense más reciente, sea en Tlatlaya, Iguala u otros, no respalda la patriótica retórica y de apego a la constitución de Cienfuegos. Nadie suscribe para tales hechos ese dicho de “irrestricta observancia de los derechos fundamentales”. Más bien van surgiendo, cada vez con mayor insistencia, las denuncias y los datos de un comportamiento parcial y feroz en contra de quienes caen en sus manos y terminan siendo víctimas de sus métodos no precisamente apegados a derecho.

Solalinde pertenece al gremio sacerdotal. Cuando señala a la curia mexicana, su gremio, de comparsa del gobierno actual, sabe de lo que habla. Si le señala una deficiencia tan palmaria, ya podrían los señores obispos ir orientando a sus párrocos y a sus vicarios en rectificar su conducta prevaricadora y dejar de acompañar en sus farsas a este gobierno simulador que padecemos. El índice de fuego de Solalinde es preciso y atingente.

¿Dónde están, empero, las voces de nuestros militares patriotas, que orienten al gremio castrense? ¿En qué frecuencia puede el pueblo mexicano enterarse de que los mejores hombres de las fuerzas armadas están atentos al momento tormentoso por el que atravesamos y que bracean por no permitir que nos zozobre el barco?

Sí las hay, aunque haya que buscarlas como agujas en un pajar. El general Francisco Gallardo propugnó un tiempo por instaurar la figura del ómbudsman en la justicia militar. Sufrió por ello persecución y años de cárcel. A propósito del comportamiento castrense en la situación del día, escribe:

“A pesar de la cerrazón del alto mando militar y del desprestigio total de las vanagloriadas Fuerzas Armadas, el proyecto (del ómbudsman) está más que vigente: los fusilamientos del Ejército contra civiles y el comportamiento desbordado de la clase militar, inmiscuida en asuntos políticos, hasta resolviendo conflictos electorales… Ahora se debate su desaparición como una institución del Estado” (El Diario de Colima, p. A6, 10 de noviembre).

Con ser el nuestro un pueblo sin tradición belicista, no es descabellada la idea.

Clero y Ejército son dos poderes reales, fácticos, determinantes en el país. De su definición ante los problemas nacionales depende mucho el derrotero que tomen las recetas para la salud colectiva. Nuestra historia no nos proporciona muchas experiencias anteriores positivas. En los tres momentos de nuestra historia en que nuestra gente empuñó las armas, movida por la desesperación de lo que soportaba, tuvo que lidiar con estos dos grupos como enemigos suyos declarados. Los políticos malos son siempre los primeros contra quienes se dirige la ira, aquí y en China. Pero nuestro pueblo ha enfrentado también a estos otros dos poderes como aliados al gremio político.

El momento actual guarda mucha similitud con los estallidos populares pasados. El cura Hidalgo convocó a la guerra de independencia. Estos dos poderes embozados mostraron entonces rostro de hostilidad a los alzados. Igualmente sabido es que cuando Huerta dio golpe de Estado a Madero, el clero se apresuró a cantarle un Te Deum en la Catedral Metropolitana.

Las huestes de Villa y de Zapata identificaron a ambos como a su peor enemigo y lucharon denodadamente por apartarlos de la conducción nacional. Lo lograron, pero éstos no perdieron a gusto y retornaron al poder. Ahí los tenemos de nuevo amogotados y más que enquistados en esa parcela.

De las tres grandes insurrecciones, la que más se parece al presente es la guerra de reforma. Antonio López de Santa Anna, autoexiliado, vivía en Turbaco, Colombia. Los conservadores le ofrecieron la plaza para que regresara a hacer y deshacer según le diera la gana. Era
–dijeron en ese momento– el único varón que podía poner orden ante una chusma siempre enardecida e ingobernable. Le aceptarían las condiciones que impusiera, con tal que les permitiera seguir saqueando nuestras riquezas y explotando a la población trabajadora.

Santa Anna aceptó la invitación. Dijo estar dispuesto a “sacrificarse por el pueblo”. Formó corte estilo europeo, emperifollada y envuelta en boatos de desplante imperial. Se mandó rodear hasta de guaruras vestidos de guardia suiza, estilo Vaticano. Ordenó el trato de “Su Alteza Serenísima”. Los levantiscos guerrerenses, encabezados por don Juan Álvarez, hartos de tanta frivolidad, lo pusieron en su lugar. Su revolución de Ayutla fue implacable.

El pueblo se solidarizó con aquellos guerrerenses y cambió nuestra historia. No vino en seguida la paz. Los conservadores desataron una guerra civil sin cuartel y hasta pidieron refuerzos a Francia, trayéndonos a Maximiliano de pasada. Pero al final el patriotismo de nuestros abuelos, encabezados por don Benito Juárez, logró que las banderas de la república restaurada ondearan de nuevo por todos los rincones de la patria.

El relumbrón hueco, el falso brillo de los poderes constituidos, los poderes fácticos atejonados a las faldas de tanta mentira y oropel, no merecen otro trato. Nuestro pueblo ha vivido ya antes tales empachos y conoce su desenlace. Esperar que el gobierno rectifique es en vano. Más vano aún es esperar que el clero y el brazo armado vuelvan su rostro y busquen conciliarse con el pueblo que los mantiene. Son viejas lecciones aprendidas. Sólo hay que repasarlas.