Con el acertado propósito de iniciar “una revisión genealógica del arte mexicano en los últimos 30 años”, el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México, presenta la exhibición Los espías del cosmos que confirma la mediocridad profesional en la gestión de las artes visuales del INBA.
Diseñada a partir de un confuso concepto curatorial de Octavio Avendaño que se inspira en la novela sesentera Matadero cinco de Kurt Vonnegut, la muestra, carente de categorías analíticas –teóricas, temporales, formales, temáticas– que permitan ubicar la revisión anunciada, integra autorías y obras que evidencian no sólo una desorientada interpretación sino, también, la carencia del compromiso ético de la institución.
Integrada con obras de Helio Montiel (1955) creadas entre 2007 y 2014, de Cisco Jiménez (1969) producidas entre 1994 y 2013, y de Patricia Soriano (1964) pintadas de 2013 a 2014, la muestra resulta un conjunto arbitrario que se descalifica principalmente por la inclusión de ésta última creadora. Con un discurso museístico que sin sustento refiere su obra a dimensiones espirituales, Soriano, con resoluciones que recuerdan las poéticas paisajísticas del francés Daniel Schlier y la figuración pictórico-política del mexicano Gustavo Monroy, no coincide con la aguda sátira de la ciencia ficción de Vonnegut.
Miembro del comité curatorial encargado de seleccionar las obras para la XVI edición de la Bienal de Pintura Rufino Tamayo, Patricia Soriano destacó negativamente por la selección de pintores con los que tiene o ha tenido un vínculo académico (Proceso, 1973). Su forzada inclusión en la muestra del MAM comprueba la complicidad legitimatoria del INBA.
Valorado notoriamente por la crítica y el mercado durante la pasada década de los años ochenta, Helio Montiel merece una revisión profesional de su trayectoria. Audaz en la expresividad cromática y agudo en la crítica a las convenciones artísticas, Montiel desarrolló un lenguaje basado en el humor y el pastiche posmoderno. Lejos de sustraerse del tiempo presente como plantea Vonnegut, el artista ubicó en el presente más ordinario a los grandes valores del arte: entre otras propuestas, colocó al Moisés de Miguel Ángel en el Metro de la Ciudad de México y convirtió el desnudo femenino del Almuerzo en la hierba de Manet en una gigante fruta comestible. Concentrado actualmente en la exploración pictórica del espacio, el artista utiliza narrativas vinculadas con el cómic de ciencia ficción como un pretexto para comunicarse con el público.
En lo que a Cisco Jiménez se refiere, su obra no niega el transcurrir del tiempo ni narra la violencia bélica como Vonnegut: sus piezas se basan en un dibujo pictórico que, a través de la escatología irreverente, agresiva y humorística, incide en la crítica y reflexión sobre el comportamiento e identidad cultural de los mexicanos. Descarado en el uso del lenguaje, obsceno en sus referencias a estructuras orgánicas –células, vísceras, alimentos–, y sugerente en la referencia a elementos tecnológicos y prehispánicos, Jiménez merece también una revisión más puntual tanto de su bidimensión como de su atractiva tridimensión.
Lamentable en sus intentos curatoriales y museográficos, el Museo de Arte Moderno, bajo la gestión de Sylvia Navarrete, comprueba la urgencia de implementar un programa eficiente de rendición de cuentas en el INBA.








