Los Accordone y Quasimov

GUANAJUATO, Gto.– Con el delicioso subtítulo de “Florilegi de musiche e venti di poesía tra il populare e il colto nell’Italia del XVII secolo” (Florilegio de música y vientos de poesía entre lo culto y lo popular de la Italia del siglo XVII), el ensamble italiano Accordone ofreció un concierto que hace pleno honor a su nombre, en el que desplegaron no sólo la delicada música del barroco temprano sino también el sentimiento popular plasmado en las melodías citadinas y campiranas de aquellos tiempos que, adosadas a los versos populares, poseen un sabor irrepetible que los intérpretes supieron trasmitirnos al mostrar un dominio absoluto del estilo tanto en lo instrumental como –y me atrevo a decir principalmente– en lo vocal.

Su presentación rebasó los límites de un concierto propiamente dicho y se convirtió en un espectáculo de canto, música y teatro de equilibrio singular.

Bajo la dirección de Guido Morini, intérprete también del cémbalo, y la participación actoral-canora de Marco Beasley, llenó del perfume de sus flores el Templo de la Valenciana, otra muestra del esplendor barroco.

Con piezas de autores realmente poco conocidos pero de muy buena factura como Biagio Marini (1594-1663); un consagrado, Claudio Monteverdi (1567-1643), canciones anónimas y, siguiendo la tradición de los antiguos maestros que no solo tocaban lo ya existente sino creaban su propia música, composiciones del propio director-fundador del grupo, Guido Morini, fue un verdadero florilegio que mostró hoy lo que significa, estilísticamente, el “recitar cantando”. Inolvidable.

Qasimov, la experiencia mística

Va mucho más allá de la música, su canto es una plegaria pero, contradicción dialéctica, no a un Dios en específico sino a todo eso intangible e inasible que nos rodea, que no podemos tomar pero allí está y lo sentimos, lo vivimos. Y eso, un canto a la vida, un llamado al remanso espiritual, es lo que Qasimov hace en compañía de su hija Fargana (nombre de maga medieval) y dos jóvenes intérpretes del kamanche (especie de violín) y el taar (instrumento manual de cuerdas pulsadas) y percusiones que alucinan al interpretar el mugham, forma ancestral de música y canto de Azerbaiyan su tierra natal. Música árabe entonces, que en una interpretación hipnotizante nos levita y conduce al Nirvana para, paulatinamente, retornarnos al aquí y ahora pero, inevitablemente, “tocados” por la grandeza espiritual que sólo el arte, especialmente la música, logra alcanzar.