Cuando no basta negociar en secreto

Pese al diferendo bilateral de más de medio siglo, Cuba y Estados Unidos han establecido canales de comunicación para arreglar de forma secreta diversas crisis. La historia de esas negociaciones es contada por los investigadores Peter Kornbluh y William LeoGrande en el libro Back Channel to Cuba, que este mes empezó a circular en Estados Unidos. Con autorización de los autores, Proceso reproduce fragmentos del capítulo que revela los infructuosos intentos por evitar en febrero de 1996 la llamada Crisis de las Avionetas.

Al mismo tiempo que la ley Helms-Burton dominaba el debate público sobre la política hacia Cuba, durante esa segunda mitad de 1995 una verdadera tragedia griega se escenificaba en los cielos de la costa cubana; una tragedia que había sido puesta en marcha por las repetidas incursiones de un grupo de pilotos cubanoamericanos conocido como Hermanos al Rescate (HR) al espacio áereo de Cuba.

Desde 1991, los Hermanos habían estado realizando vuelos de reconocimiento para detectar a balseros en peligro, notificando a la guardia costera de Estados Unidos cada vez que una pequeña embarcación o balsa requería ser rescatada. Pero más allá de esta labor humanitaria, el fundador y director de HR, un veterano de Bahía de Cochinos llamado José Basulto, arrastraba una historia de violencia anticastrista (…)

Cuando en septiembre de 1994 el acuerdo de inmigración acabó con el flujo de balseros en el Estrecho de Florida, Basulto viró de las misiones de rescate a las de provocación. “Empezaron a redefinir su misión no como la de ayudar a gente inocente cuya vida corriera peligro, sino de desarrollar una agenda política, acosando y amenazando al gobierno cubano con sobrevuelos, y arrojando volantes sobre Cuba”, explicó Richard Nuccio (consejero especial sobre asuntos cubanos del presidente Clinton).

El 10 de noviembre de 1994 Basulto arrojó calcomanías de Hermanos al Rescate sobre territorio cubano. Y en los siguientes ocho meses, aviones de HR violaron repetidamente el espacio aéreo de la isla. El acto más provocador se dio el 13 de julio de 1995, cuando el Cessna Skymaster de Basulto sobrevoló zumbando La Habana y dejó caer a lo largo del malecón miles de medallas religiosas y volantes que decían “Hermanos, no camaradas” (…).

Estos sobrevuelos constituían un desafío directo a la seguridad nacional de Cuba y una flagrante afrenta a su soberanía. “Era tan humillante”, confió posteriormente Castro a la revista Time. “Estados Unidos no hubiera tolerado que el espacio aéreo de Washington hubiera sido violado por pequeñas aeronaves” (…).

Al continuar llegando los vuelos de HR, el gobierno cubano utilizó todos los canales de comunicación que pudo encontrar –formales e informales, públicos y privados, directos y a través de intermediarios– para presionar al gobierno de Estados Unidos a que cortara las alas de Basulto.

Oficialmente los cubanos presentaron una protesta diplomática tras otra. Después de la incursión del 13 de julio, su nota contenía una severa advertencia: las fuerzas de seguridad de Cuba tenían “la firme determinación de adoptar cualquier postura que fuera necesaria para evitar actos de provocación” y por lo tanto, “cualquier barco proveniente de fuera puede ser hundido y cualquier avión derribado”.

“Negligencia criminal”

El Instituto Cubano de Aeronáutica Civil envió a la Administración Federal de Aviación (FAA) una serie de informes, junto con evidencias –copias de videorradar y planes de vuelo– que había reunido sobre las violaciones al espacio aéreo cubano. “Le ruego que tome las medidas necesarias para evitar que estos actos se repitan”, le escribió en agosto un funcionario cubano al administrador de la FAA, luego de que Basulto anunciara que estaba organizando otro sobrevuelo para principios de septiembre.

Dado el claro y latente peligro de un incidente internacional, la respuesta de la FAA pareció, en el mejor de los casos, de desgano y, en el peor, de negligencia criminal. A finales de agosto, funcionarios de la FAA se reunieron con Alfonso Fraga-Pérez, jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington, para abordar la queja cubana. La agencia también elaboró una “nota de propuesta de acción certificada” para suspender 120 días la licencia de vuelo de Basulto por haber violado las normas federales de aviación “al haber volado un Cessna 337 por el espacio aéreo cubano y sobre La Habana”; una nota que, en la práctica, no le impedía realmente volar (…).

En agosto Nuccio voló dos veces a Miami para reunirse con funcionarios locales de la FAA, el FBI, la Guardia Costera y el Servicio de Aduanas con el propósito de presionarlos para que aplicaran rápidas medidas legales contra Basulto y sus pilotos. Mediante notas diplomáticas a Cuba, el Departamento de Estado transmitió múltiples solicitudes de la FAA sobre “cualquier evidencia y datos de identificación” que ayudaran a avanzar la lenta investigación de la agencia. Funcionarios de la dependencia también utilizaron las notas para pedir al gobierno de Cuba que practicara “la mayor discreción y moderación, y evitara el uso excesivo de la fuerza” en el manejo de las incursiones (…).

Mientras la burocracia titubeaba, HR y Basulto continuaban sus provocaciones. Entre agosto de 1995 y febrero de 1996 el gobierno cubano emitió cuatro notas diplomáticas más protestando por las violaciones a su espacio aéreo… y lo único que obtuvo de la FAA fue solicitudes de evidencia adicional para su tortuguienta investigación.

Envalentonado por su aparente impunidad, el 13 de enero de 1996, Basulto de nuevo hizo volar sus aviones sobre La Habana, arrojando esta vez medio millón de volantes que exhortaban al pueblo cubano a “Hacer el cambio ya”. De regreso en Miami, Basulto se jactó en Radio Martí de que su capacidad de penetrar el espacio aéreo cubano demostraba que “Castro no es impenetrable y hay muchas cosas a nuestro alcance que podemos hacer”.

Intermediarios

En Cuba, aquéllos que veían venir la inminente confrontación recurrieron a canales extradiplomáticos para alcanzar los niveles más altos del gobierno estadunidense. Ricardo Alarcón (presidente del Parlamento cubano) hizo una serie de llamadas secretas a su amigo y colega negociador, Peter Tarnoff (subsecretario de Estado), conminándolo a que actuara. “Ustedes dicen que quieren un arreglo, pero están permitiendo que continúe esta porquería de los Hermanos al Rescate”, parafraseó un funcionario de la Casa Blanca al enojado Alarcón.

En respuesta Tarnoff llevó el asunto de cómo mantener los aviones en tierra ante el Grupo Interinstitucional de Trabajo sobre Cuba. También hizo directamente varias llamadas al secretario de Transportes, Federico Peña, en un intento por despejar el camino de la burocracia. Tarnoff, quien tenía los números privados de Alarcón en su casa, en su oficina y hasta en el hospital donde convalecía su esposa, llamó repetidamente para exhortarlo a tener paciencia y asegurarle que “lo estamos intentando”.

Impaciente, Alarcón recurrió entonces a dos intermediarios, Saul Landau y Scott­ Armstrong. Landau, un documentalista, había hecho dos largometrajes sobre Fidel, escrito ampliamente sobre la política de Estados Unidos y viajado frecuentemente a la isla. Armstrong, un antiguo periodista de The Washington Post, también tenía un interés de larga data en las relaciones Cuba-Estados Unidos (…).

En ese momento Landau y Armstrong se encontraban en La Habana, promoviendo un juego de beisbol entre peloteros cubanos y jugadores de las Grandes Ligas. Alarcón les pidió llevar una severa advertencia a la Casa Blanca: la siguiente incursión de un vuelo de HR en el espacio aéreo cubano tendría “las más graves consecuencias”.

Al regresar a Washington, Landau y Armstrong contactaron a Morton Halperin, quien aunque ya no dirigía los asuntos sobre Cuba se mantenía en el equipo del CSN. “Vimos a Mort”, contó Landau, “y le dijimos que los cubanos hablaban en serio. Que el gobierno (de Estados Unidos) ya no podía seguir haciéndose pendejo”. Halperin, recuerdan, les contestó que “él se haría cargo”.

Utilizando papelería de la Casa Blanca para ejercer una autoridad máxima, Halperin le escribió al jefe de la FAA, David Hinson, exigiéndole que revocara las licencias de Basulto y sus pilotos de HR, “con el argumento de que repetidamente habían presentado planes de vuelo falsos”.

Halperin creyó –erróneamente, como se demostraría después– que esta presión de la Casa Blanca restringiría los vuelos. Confiado en que el asunto había quedado resuelto, Halperin pidió a Armstrong que transmitiera el mensaje a La Habana, lo que éste hizo a través del nuevo jefe de la Sección de Intereses de Cuba, Fernando Ramírez.

Pero en los hechos, el asunto no estaba resuelto. La oficina de la FAA en Miami determinó que Basulto no podía ser mantenido en tierra sino hasta que hubiera concluido por completo su propia investigación sobre la aplicación de la norma. Se negó por lo tanto a emitir una orden urgente de “cese y desistimiento” o a dar cualquier paso más allá de advertir a Basulto que no violara el espacio aéreo cubano.

Advertencias

El ejército de Cuba también intentó enviar una advertencia a través de canales privados. El 8 de febrero de 1996, en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, una delegación de oficiales retirados de Estados Unidos, organizada por el Centro de Información de Defensa, recibió del general brigadier de la Fuerza Aérea de Cuba, Arnaldo Tamayo Méndez, un informe sobre las incursiones aéreas de HR.

“Han venido hasta acá; han violado nuestro espacio aéreo y han arrojado volantes y propaganda, lo que constituye una flagrante violación a nuestra soberanía”, dijo el general Tamayo a la delegación, entre cuyos miembros se encontraban el vicealmirante Eugene Carroll y el exembajador en El Salvador, Robert White. “Nos gustaría que se frenaran estos actos de piratería contra nuestro país”, continuó Tamayo. Cuba tenía la capacidad “de derribarlos en cualquier momento. No lo hemos hecho precisamente porque no queremos sobrecalentar la situación”, explicó; “porque entonces, por supuesto, Cuba sería presentada como la culpable, y los infractores y quienes promueven estos actos de piratería contra nosotros, quedarían impunes”.

En privado, el general Tamayo fue todavía más directo. Durante una conversación aparte con el embajador White y el vicealmirante Carroll, hizo una revelación extraordinaria: Castro había ordenado a la fuerza aérea dar todos los pasos necesarios para impedir otra violación más del espacio áereo cubano. “¿Van a esperar a que me arrojen una bomba para que se decidan a actuar?”, les preguntó a sus comandantes un contrariado Castro.

“¿Cuál sería la reacción de su ejécito si derribamos uno de estos aviones?”, preguntó Tamayo a sus visitantes estadunidenses, dejándolos atónitos.

“Fue una advertencia calculada”, recordó el embajador White. “Teníamos que llevarnos la impresión muy clara de que los cubanos habían llegado al límite de su tolerancia”.

La palabra de Clinton

El esfuerzo de más alto nivel de la diplomacia secreta fue emprendido por el propio Fidel Castro. En enero de 1996, el líder cubano aprovechó una visita de Bill Richardson para proponer un inusual quid pro quo: presos políticos a cambio de mantener en tierra a Basulto.

Entonces todavía un congresista relativamente desconocido de Nuevo México, pero con lazos cercanos al presidente Clinton, Richardson se había ganado una buena reputación gracias a misiones humanitarias en el extranjero (…) Ahora quería pulir sus credenciales diplomáticas obteniendo la liberación de presos políticos en Cuba.

Con la ayuda de Peter Bourne, un biógrafo de Castro y exfuncionario de la Casa Blanca durante la administración de James Carter, Richardson se las arregló para encontrarse con Castro durante una recepción de la Asamblea General de la ONU a finales de octubre de 1995. Fidel quedó impresionado con el español de Richardson, su estilo campechano y sus relaciones con la Casa Blanca. Lo invitó a visitar La Habana.­

Richardson arribó a Cuba el 17 de enero de 1996, apenas cuatro días después del descarado lanzamiento de volantes por parte de Basulto sobre La Habana. El congresista llevaba consigo una lista de 10 prisioneros políticos que tenía la expectativa de que Castro pudiera liberar. Encontró en él a “una persona agradable, comprometida y con sentido del humor”. Fidel le dio a Richardson un tratamiento de “alfombra roja”, llevándolo a un juego de beisbol, sosteniendo con él una larga reunión nocturna para discutir las relaciones Cuba-Estados Unidos y dándole una caja de puros cubanos de primera calidad como regalo para el presidente Clinton.

Cuando Richardson solicitó la liberación de los presos, “Castro dijo que su prioridad número uno en ese momento eran los sobrevuelos de Hermanos al Rescate”, reveló Peter Bourne, quien fue informado de las conversaciones tras el retorno del congresista. Si Richardson era tan cercano al presidente como reivindicaba, dijo Castro, “debería regresar a Washington y obtener una garantía de Clinton de que los vuelos serían detenidos”. Luego, “Richardson podría regresar después de un mes y dos prisioneros políticos le serían entregados” (…).

Cuando Richardson regresó a Washing­ton el 20 de enero, se contactó con la Casa Blanca. “Le expuse el asunto al presidente”, le contó Richardson a Bourne, “y él tomó el teléfono y llamó a Federico Peña (secretario de Transportes)… y le dijo que estaba muy preocupado por estos vuelos y que deberían ser detenidos”.

Éste fue el mensaje que los cubanos escucharon cuando Richardson regresó a La Habana el 9 de febrero, para llevar consigo a Estados Unidos a tres presos liberados. “Fidel sintió que le llevabas la promesa de Clinton de que no permitiría más de estos vuelos”, le informó Bourne a Richardson después de hablar con asistentes de Castro. “Ellos cuentan que Fidel te dijo ‘yo no estoy liberando a estos prisioneros por ti, sino por el presidente Clinton’”. Luego, Castro le dijo a sus asistentes que “tenía el claro compromiso de un jefe de Estado a otro de que estos vuelos serían detenidos” (…).

Los cubanos nunca vacilaron en su convicción de que habían recibido garantías desde “los más altos niveles del gobierno de Estados Unidos de que HR cesaría sus incursiones”. Años más tarde, después de dejar el poder, Castro recordó que Richardson “me dijo muy seriamente, según tengo en mi memoria, lo siguiente: ‘Esto no volverá a suceder; el presidente ha ordenado que estos vuelos sean detenidos’”.

Cuando HR violó una vez más el espacio aéreo cubano apenas dos semanas después, informó Bourne, “Castro estaba indignado y echaba chispas sobre el comportamiento de Clinton cuya palabra, en su sentir, no significaba nada”.

Cuenta regresiva

(…) Al anochecer del 23 de febrero, Richard Nuccio recibió en la Casa Blanca una alerta de que HR volaría al día siguiente. Alarmado, envió un correo electrónico urgente al asesor adjunto de Seguridad Nacional, Sandy Berger. “Sobrevuelos previos de José Basulto de HR han sido enfrentados con contención por las autoridades cubanas. Sin embargo, las tensiones ya son demasiado altas en Cuba, por lo que tememos que esto pueda inclinar finalmente a los cubanos a derribar u obligar a descender a tierra a uno de estos aviones”, advirtió Nuccio.

Después de consultar con su colega del CSN Robert Malley, Nuccio decidió instruir a funcionarios de la FAA en Miami que detuvieran el vuelo basándose en las anteriores violaciones de Basulto. Para su sorpresa, se negaron (…) Nuccio pidió entonces al Departamento de Estado que diera instrucciones al jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, Joseph Sullivan, de que alertara al gobierno cubano y lo exhortara a “mantener la máxima contención en caso de ocurrir una provocación”. La respuesta de Sullivan fue que cualquier aproximación por parte de él sería contraproducente (…).

Habría todavía una última oportunidad para alertar a los cubanos. Por coincidencia, esa misma noche Nuccio tenía programado asistir a la presentación del Ballet Folclórico de Cuba, un importante acto cultural en el Auditorio Lisner de la Universidad George Washington, que había sido posible gracias a la iniciativa de “pueblo a pueblo” de Clinton. Sabedor de que el nuevo jefe de la Sección de Intereses de Cuba, Fernando Ramírez, también asistiría, Nuccio decidió que el ballet sería la cobertura perfecta para que los dos se encontraran, informalmente, por primera vez (…).

Mientras la compañía de danza hacía su recorrido por la rica historia musical de Cuba, Nuccio fue entrando en un “estado de ansiedad” relacionado con los vuelos de HR. Pero cuando llegó la oportunidad de reu­nirse con Ramírez en la recepción posterior al espectáculo, ambos sólo sostuvieron una breve charla superficial. El intercambio más sustancial sobrevino cuando Ramírez comentó la difícil situación por la que atravesaban las relaciones cubano-estadunidenses. La esposa mexicana de Nuccio, Angelina, le recordó entonces un famoso dicho de su país: “Tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios”.

“Sí, así es”, respondió Ramírez. “Usted nos comprende exactamente”.

Cuando terminaron las cortesías, Nuccio enfrentó una decisión crítica: si advertir o no al funcionario cubano de la inminente incursión. “Recuerdo haber observado a Ramírez conforme se acercaba a la puerta y luchar con mi impulso de jalarlo hacia un lado”, escribió posteriormente Nuccio en unas memorias que no fueron publicadas. “Me debatí entre el impulso visceral de pedirle a los cubanos que mantuvieran la mayor contención posible al reaccionar al vuelo, y la preocupación de que, si algo trágico ocurría, mi comentario fuera malinterpretado”. Prevaleció la seguridad del silencio. “Mientras Ramírez salía, yo regresé al bar y no dije nada”.

A la 1:15 PM del día siguiente, el avión de Basulto, acompañado por otros dos Cessnas de HR, despegó del aeropuerto Opa-Locka de Miami. Ante la FAA registraron un plan de vuelo falso para patrullar las aguas fuera de la costa norte de Cuba, en busca de posibles balseros. Pero en realidad su misión era penetrar una vez más el espacio aéreo cubano en señal de solidaridad hacia un grupo local de disidentes conocido como Concilio Cubano. En un acto de represión contra sus oponentes, la policía de Castro había arrestado unos días antes a docenas de miembros del Concilio.

“Buenas tardes, Centro Habana”, contactó Basulto por radio a los controladores de vuelo cubanos mientras sus aviones se enfilaban hacia la isla. “Un cordial saludo de Hermanos al Rescate y su presidente José Basulto”, agregó.

Inmediatamente los controladores cubanos le advirtieron que no ingresara a su espacio áereo. “Le informo que la zona norte de La Habana está activa. Corre peligro al ingresar a esa zona de Norte 24”.

“Estamos dispuestos a hacerlo”, respondió desafiante Basulto. “Es nuestro derecho como cubanos libres”.

Actuando en concordancia con las órdenes de Castro de impedir otra incursión más en el espacio aéreo de Cuba, dos jets Mig-29 despegaron de su base en San Antonio de los Baños. Los pilotos cubanos no siguieron ninguno de los protocolos internacionales de advertencia, intercepción o escolta de aviones civiles desarmados. En lugar de ello, a las 3:19 pm un misil detector de calor destruyó al primer Cessna; a las 3:26 pm el segundo fue derribado. El ataque cobró la vida de cuatro jóvenes cubanoamericanos: Mario de la Peña, Armando Alejandre, Carlos Costa y Pablo Morales. Sólo Basulto y los tres miembros de su tripulación lograron escapar de regreso a Miami.

En Washington, el derribo provocó una crisis a gran escala. Sólo unos minutos después Nuccio recibió una llamada urgiéndolo a que se reportara inmediatamente a la oficina de Sandy Berger; ahí se le conminó a presentar a la consideración de Clinton todo tipo de opciones “duras”, incluyendo la “respuesta militar” (…). Cuando dos días después el presidente Clinton convocó en el salón de sesiones de la Casa Blanca a la cúpula de su gabinete de seguridad nacional, valoró las opciones de un ataque aéreo quirúrgico o el lanzamiento de un misil de crucero contra la base de los Mig en Cuba.

Sin embargo, el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general John Shalikashvili, lo disuadió de ello. El presidente ordenó entonces enviar una advertencia privada a Castro: “Una siguiente acción de esta naturaleza enfrentaría una respuesta militar directa por parte de Estados Unidos”.

Adicionalmente Clinton decretó una nueva prohibición a los vuelos comerciales entre Cuba y Estados Unidos; restringió la libertad de movimiento de los diplomáticos cubanos fuera de sus sedes en Washing­ton y Nueva York; expandió el alcance de las emisiones de Radio Martí en Cuba y autorizó compensaciones para las familias de las cuatro víctimas de HR, a partir de cuentas de banco cubanas congeladas.

Pero lo más importante fue que el presidente anunció que se “movería de inmediato” para lograr un acuerdo con el Congreso a fin de aprobar la ley Helms-Burton (…).

Envalentonadas y sintiéndose con un poder renovado, las fuerzas anticastro en el Congreso añadieron una drástica cláusula a la iniciativa: la codificación del embargo como ley. Nunca más la prerrogativa presidencial podría levantar las sanciones sobre Cuba; ahora se requeriría de una mayoría en el Congreso. (Traducción: Lucía Luna)