El Premio Nobel de la Paz otorgado al indio Kailash Satyarthi causó estupor en su país porque ahí prácticamente nadie lo conocía pese a que el hombre ha pasado casi la totalidad de sus 60 años luchando contra la explotación infantil a lo largo de su nación, primero, y en el resto del mundo, después. El personaje nació en la casta más alta de India y renunció a sus privilegios para dedicarse a una labor social que no pocas veces ha puesto en riesgo su vida pero le ha dado grandes recompensas: 73 mil menores liberados de la esclavitud. En entrevista con Proceso él mismo recuerda pasajes de su trayectoria en favor de la niñez.
NUEVA DELHI.- Cuando se anunció que el Premio Nobel de la Paz era para Malala Yousafzai y Kailash Satyarthi hubo confusión y pasmo en las redacciones de los medios de la India. Todos conocían a la primera pero ignoraban quién era el segundo.
Y es que Satyarthi –de 60 años, austero, discreto y “gandhiano”– era un desconocido en su propio país pese a haber dedicado su vida a la lucha contra el trabajo infantil, haber liberado a 73 mil niños de las labores forzadas y tener el cuerpo lleno de cicatrices por las palizas que ha recibido por órdenes de empresarios sin escrúpulos.
Quienes sí lo conocían eran los niños esclavos a los cuales liberó. Varios de ellos se acercaron corriendo a la sede en Nueva Delhi de la ONG que fundó hace tres décadas: Movimiento para Salvar a la Infancia (BBA, por sus siglas en hindi). No sabían qué es un Nobel pero pensaron que si la televisión no paraba de hablar de ello, se trataba de algo importante. Querían abrazar al hombre que los devolvió a sus familias y a sus escuelas.
“¡Estás loco! ¿De qué estás hablando?”, fue la reacción inicial de Satyarthi cuando un colaborador le dijo que habían llamado por teléfono del Comité del Nobel informando que había obtenido el galardón. No se lo esperaba ni se lo imaginaba.
“Es el mayor reconocimiento para cientos de miles de niños a quienes les roban la infancia. Niños que sufren hoy, ahora mismo, la esclavitud en fábricas y otros sitios”, dice Satyarthi a Proceso el sábado 11, un día después de convertirse en Nobel de la Paz. “Este premio ayudará a hacer visible el sufrimiento de los niños trabajadores”, asegura con su enorme sonrisa. Todavía no se lo cree.
Rebeldía
Los orígenes del trabajo de Satyarthi (nacido en Vidisha, India, en 1954) se remontan a su niñez, según lo ha relatado. Un día, cerca de su escuela, vio a un niño de su edad ayudando a su padre zapatero. Nunca lo había visto en clase. Se acercó al zapatero y le preguntó por qué el pequeño no entraba al salón. “Nosotros somos la gente que trabaja”, le respondió. No lo entendió entonces… ni nunca.
Esa pronta vocación social lo llevó a pagar la colegiatura de algunos niños pobres de su localidad con las cuotas de un equipo de futbol que creó. Después abrió una biblioteca escolar para compañeros que no podían comprar libros.
“He tenido una pasión profunda por los problemas sociales con 10 años, 15 años y con 20 años”, afirma.
Nacido en la casta de los brahmanes, la más alta del jerárquico sistema social del hinduismo, se negaba a admitir las injusticias que le rodeaban y que se aceptaban –y se aceptan hoy– con toda normalidad.
Impresionado por las enseñanzas de Mahatma Gandhi, organizó en su ciudad un comedor donde cocinaban los “intocables”: el eslabón más bajo del sistema social indio, personas sin derecho a tocar a otros humanos ni alimentos ni agua. Parias. Pisar su sola sombra contamina. Nadie acudió y se ganó la animadversión de sus vecinos.
Entonces decidió cambiar de nombre. El suyo, que prefiere no mencionar, explicita la casta a la que pertenece. No quería ser un brahmán. Tenía 14 años. Tiempo después se casó por amor con su mujer, Sumedha, tras rechazar el tradicional matrimonio concertado por sus padres. Un gesto de insurrección incluso en la India actual.
Ese espíritu rebelde continuó con el paso del tiempo, aunque cedió en algunos puntos ante su familia. “Mis padres querían que estudiase ingeniería; lo hice y comencé a trabajar en ese campo. Pero abandoné la carrera laboral que se suponía que debía seguir”, cuenta.
Contra el consejo de su familia y su entorno, decidió abandonar una próspera carrera como ingeniero. “Si no es ahora, ¿cuándo? Si no lo haces tú, ¿quién lo hará?”, una frase repetida por él que resume su filosofía.
El “ahora” había llegado. Dedicaría su vida al trabajo social. A arrancar del trabajo a los niños que limpian zapatos, recogen la basura, llevan comida a domicilio, pulen piedras preciosas, venden baratijas por las calles, cosen ropa, desmontan los residuos electrónicos que desecha Occidente, friegan casas, fabrican ladrillos, cargan garrafas de agua o tanques de gas, limpian cañerías, lavan retretes, venden té, ejercen de mineros y un largo etcétera. Y devolverlos a las clases, las tareas y los juegos con otros niños. Devolverles a la infancia.
Una década de rápido crecimiento económico no ha ayudado a disminuir el trabajo infantil. Los niños son una fuente laboral muy reclamada en el país asiático: cobran poco, son dóciles y fáciles de manejar. Es difícil pasear por cualquier ciudad india y no ver niños trabajando.
Los últimos datos del gobierno indican que en India trabajan 12 millones de niños. El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia eleva el número a 24 millones. Satyarthi cree que son 50 millones. El activista sostiene que el trabajo infantil, el analfabetismo, la pobreza y la violencia son un círculo sin fin. El trabajo infantil crea pobreza y la pobreza crea trabajo infantil. Un mal que se propuso acabar.
Cicatrices
Satyarthi creó BBA en 1983. Entonces una pequeña ONG sin apenas personal ni recursos. Su primer hijo tenía apenas un año y llegaron tiempos difíciles. “No teníamos nada. Colocábamos periódicos en el suelo y comíamos sobre ellos”, explicó su esposa Sumedha a la prensa local tras el anuncio de que Satyarthi ganó el Nobel. “Nada se interponía en nuestra lucha contra el trabajo infantil y el tráfico de niños”, agregó la mujer, quien ha luchado junto a su marido y hoy dirige un centro de acogida de menores en la ciudad de Jaipur.
Llegaron las primeras redadas para liberar niños que trabajan en condiciones de esclavitud. Víctimas del tráfico por parte de criminales sin escrúpulos. O vendidos por sus propias familias. Una misión peligrosa que le ha valido a Satyarthi y a sus colaboradores amenazas, palizas y disparos en fábricas, minas, circos y talleres.
“He perdido a dos compañeros. Uno recibió disparos y otro murió de una paliza”, explica. Pierde la sonrisa. “La mayoría de mis colaboradores más veteranos, y muchos de los jóvenes también, han recibido palizas. Tenemos cicatrices”, añade.
Satyarthi asume estos riesgos. “Es una lucha contra intereses económicos, la mafia y la mentalidad dominante. Cuando luchas contra esos intereses y criminales que tienen buenas conexiones, si ven que pierden dinero, toman represalias violentas”, dice.
Seguidor de la filosofía de Gandhi, líder espiritual y padre de la nación india, ha respondido a esas agresiones con más tesón en su misión.
Una actitud que el Comité del Nobel ha reconocido. “Mostrando una gran valentía, Kailash Satyarthi, manteniendo las tradiciones de Gandhi, ha dirigido diversas formas de protesta pacíficas, centrándose en la seria explotación de los niños para fines lucrativos”, afirmó el jurado en el anuncio del galardón.
BBA ha liberado a 73 mil niños en toda India en sus tres décadas de existencia. Su modus operandi no es el de una ONG común y corriente. “Es un movimiento popular”, afirma a Proceso Rakesh Senger, director de Asistencia a Víctimas de la organización. BBA tiene apenas 94 empleados pero 80 mil voluntarios en todo el país.
Para las redadas dependen de las denuncias de padres que buscan a sus hijos desaparecidos o de avisos de ciudadanos. Pero sobre todo, de las indagaciones de sus trabajadores y voluntarios.
“Nuestros equipos investigan en fábricas, talleres y lugares de trabajo. Vamos de incógnito, claro. Nos presentamos en una fábrica con la excusa de que buscamos espacio industrial o que somos compradores. Mientras hablas con alguien miras a tu alrededor y grabas mentalmente la situación”, explica Senger, quien en los 18 años que lleva en la ONG ha participado en cientos de operaciones de este tipo.
Si descubren la presencia de niños trabajadores, presentan una denuncia en un tribunal. Pero sin dar la dirección exacta para evitar que funcionarios corruptos avisen a los criminales. Con la policía hacen lo mismo. Entonces llevan a cabo la redada, se presentan por sorpresa en el lugar donde trabajan los niños.
Los pequeños son trasladados después a un centro de acogida. Y comienza el laberinto legal, con otra denuncia y la búsqueda de los padres de los pequeños. En el último año han logrado que 250 personas que empleaban a niños fueran condenadas por ello. Los menores son finalmente devueltos a sus familias.
Pero BBA también trata de que los niños no lleguen a fábricas ni a talleres. “Ha contribuido además al desarrollo de importantes convenciones internacionales de los derechos de los niños”, afirmó el Comité del Nobel.
Los activistas de BBA organizan campañas de concientización en escuelas y pueblos con la colaboración de asociaciones de profesores, sindicatos y otras ONG. La misión es alertar a los padres de las falsas oportunidades de estudio o trabajo decente para sus hijos.
A zonas pobres de India, como los estados de Bihar o Uttar Pradesh, llegan desconocidos que ofrecen grandes cantidades por adelantado –en torno a 300 dólares– a cambio de que el hijo vaya a trabajar con ellos en fábricas de zapatos u otros productos. El menor debe pagar con su salario –más o menos 40 dólares mensuales– la deuda contraída.
Los padres desconocen los malos tratos y las palizas que su descendiente sufrirá. Se trata de familias pobres, sin educación. A veces los niños nacen ya con deudas de sus progenitores que deben liquidar con su sudor. En otros casos, los traficantes venden directamente a los niños.
Para alertar sobre estas prácticas, Satyarthi organizó la primera marcha india contra el trabajo infantil en Bihar en 1992. Recorrieron miles de kilómetros por pueblos y ciudades tratando de concientizar a padres, profesores y funcionarios. Siguió una marcha por todo el país, después una por el sur de Asia.
Finalmente una marcha global en 1998, que inspiró la Convención 182 de la Organización Internacional del Trabajo contra la explotación de los niños. Satyarthi preside hoy la Marcha Global Contra el Trabajo Infantil, organización mundial que lucha contra esta lacra.
En 1994 creó la etiqueta Rugmark, hoy GoodWeave, un sistema de certificación que garantiza que las alfombras indias no han sido fabricadas con mano de obra infantil.
Un trabajo de tres décadas que ha cambiado la vida de personas como Manan, quien a sus ocho años fue rescatado de una mina de mica por la organización de Satyarthi.
“El mejor momento de mi vida fue cuando gente de BBA vino a liberarme”, afirma el joven, hoy de 17 años y quien estudia medicina en la Universidad de Nueva Delhi. “El Nobel de Satyarthi es el segundo momento más feliz de mi vida”, asegura.
Hasta antes de recibir el Nobel, Satyarthi era un desconocido en su país. Y fuera de él. Pero ya no.








