El mapa electoral de Brasil lo muestra como una nación partida: el noreste –región pobre, violenta, con mayoría de población negra apegada a los programas gubernamentales de asistencia social– votaría el próximo domingo 26 por la reelección de Dilma Rousseff; y el sureste –industrial cuya población mayoritaria es blanca, pudiente y clasista– lo haría por Aécio Neves. En juego está el futuro del modelo económico del gigante sudamericano.
RÍO DE JANEIRO, BRASIL.- Fernando Henrique Cardoso, presidente de Brasil entre 1995 y 2002, suele ser un hombre moderado, quien, por su innegable papel en acabar con la hiperinflación durante su mandato, goza de respeto en los dos extremos del espectro político.
Miembro del centrista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) –cuyo candidato, Aécio Neves, disputará el próximo 26 de octubre la Presidencia en una segunda ronda electoral–, Cardoso se ha mantenido en estos comicios relativamente a la sombra, tratando de tejer alianzas con la ecologista Marina Silva para conseguir su apoyo.
El sigilo mediático de este sociólogo y escritor fue roto abruptamente el domingo 5, día de la primera ronda de la votación presidencial. En entrevista para la televisión, Cardoso dijo abiertamente que los electores del Partido de los Trabajadores (PT, de izquierda) de la presidenta Dilma Rousseff –contendiente de Neves– eran poco menos que ignorantes.
“El PT está teniendo a los menos informados, que suele coincidir con los más pobres. No es porque son pobres que apoyan al PT, sino por ser menos informados”, dijo sin apelativos el ya octogenario expresidente, en referencia a los votantes de Rousseff y de su antecesor en la jefatura del Estado, Luiz Inacio Lula da Silva.
No habían pasado 24 horas cuando se activaron las redes de ambas fuerzas políticas. Por un lado los votantes del PSDB –quienes por lo general proceden de clases más altas, blancas y residentes en los estados del sureste de Brasil, desde Río de Janeiro hasta Río Grande del Sur– lanzaron todo tipo de críticas contra los electores del noreste, bastión del PT y tierra de descendientes de esclavos.
Por el otro lado el PT activaba toda su maquinaria mediática.
“Estoy en desacuerdo en la discusión de bajo nivel, destilando odio, como fue lo dicho por el expresidente Cardoso. Refleja simplemente los prejuicios y el desconocimiento. Las personas no son ignorantes. El pueblo brasileño es experto, informado y tiene ideas propias”, contraatacó Rousseff al visitar el jueves 9 el estado de Bahía, corazón del noreste brasileño y donde la candidata a la reelección obtuvo nada menos que 4.2 millones de votos, 10% del total de los que la apoyaron en la primera ronda; es decir 61% de los sufragios en ese estado, mientras Neves y Silva ni siquiera llegaron a 19% cada uno.
Más allá de los comentarios desafortunados de Cardoso, no cabe duda de que cuando vota, Brasil es un país dividido: el noreste –más pobre, violento y demográficamente con mayor proporción negra– apoya al PT; y el sureste –de mayoría blanca, pudiente, industrial y clasista– opta por el PSDB.
Las estadísticas así lo confirman: 38% de los votos totales de Rousseff en la primera ronda de los comicios provino de los nueve estados llamados en Brasil “nordestinos”, y los 12 estados donde la presidenta tuvo más de 50% de los votos se sitúan todos en el norte y noreste del país, según datos oficiales definitivos del Tribunal Superior Electoral (TSE).
En esas regiones vive aproximadamente 36% de toda la población negra o mulata de Brasil, unos 45 millones de personas o un cuarto de la población total del país, según el censo de 2010 realizado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), organismo que publica los datos oficiales.
Esa misma fuente señala una mayor concentración aún de la población blanca en el extremo sur del país: 76% vive en estados sureños de la federación brasileña, herencia de la migración europea durante los primeros años de la independencia.
Noreste contra sureste
Los datos socioeconómicos son los más reveladores de la disparidad entre el noreste y el sureste (el oeste brasileño, ocupado mayormente por la cuenca del Amazonas, es menos relevante demográfica y políticamente por estar menos habitado), pero sobre todo para interpretar los resultados electorales, según expertos consultados por Proceso.
“No hay duda que es aquí en el noreste donde más se percibe el impacto de los planes sociales del gobierno del PT para luchar contra la indigencia y la miseria”, señala en entrevista telefónica desde Recife el profesor Thales Castro, de la Universidad Católica de Pernambuco.
Se refiere en particular al programa Bolsa Familia, que consiste en un subsidio mensual de unos 25 dólares por persona, que reciben actualmente casi 14 millones de familias en situación de pobreza estructural, según datos oficiales.
El desembolso es considerable –en torno a mil millones de dólares sólo el pasado septiembre– y favorece sobre todo al noreste, con 51% de la totalidad de familias favorecidas viviendo actualmente en esa región, según datos del gobierno.
De esta forma se trata de combatir la desigualdad y sentar las bases para una salida rápida de la pobreza en poco tiempo. La presidenta Rousseff dijo el pasado martes 14 que la cifra de personas sacadas de la miseria en una década era de 36 millones, muchas de ellas en el noreste, donde todavía perdura la disparidad.
Datos del IBGE de finales de 2013 señalan que la renta media en el noreste es de 948 reales al mes (unos 400 dólares), mientras que en el sureste es de mil 638 reales (680 dólares).
Asimismo uno de cada dos analfabetos en Brasil se sitúa en los estados nordestinos.
“En 12 años hemos pasado en Brasil de un coeficiente de Gini (que mide las desigualdades de renta en un país) de 0.59 a 0.51. Las ganancias sociales han sido muchas no sólo en cuanto a hacer un Brasil más igualitario, sino también en reducir la mortandad infantil”, agrega Castro, quien ve una correlación “directa” entre las zonas donde más llegan las ayudas sociales y el apoyo electoral a Rousseff.
Nadie cuestiona hoy las bondades de Bolsa Familia para Brasil, pero lo que está a debate es su reformulación. En un país en recesión técnica y con un crecimiento que el Fondo Monetario Internacional prevé para este año de apenas 0.3% y de 1.4% para 2015 –según las últimas previsiones trimestrales de la institución publicadas en octubre–, la primera pregunta es si puede permitirse ese desembolso continuado, teniendo en cuenta que existen otras necesidades de infraestructura, salud o educación.
La segunda cuestión, de cariz estratégico, es si esos millones de personas que salen de la pobreza gracias a una modesta cifra mensual logran, tras unos años, escalar en la pirámide social y valerse por sus propios medios. De otra forma, estarían condenados a volver a la miseria si se les retira el pago del subsidio.
“El Bolsa Familia no estimula a las familias a buscar una salida estructural a su pobreza. Ciertamente se sale de la miseria, pero ello no va acompañado con las herramientas para subir de clase progresivamente”, dice Castro, quien señala la “dependencia paternalista” entre los receptores y el Estado. “Es el momento de reinventar el sistema, que está dando signos de agotamiento”, agrega.
“Es necesario diferenciar la política de combate a la desigualdad social de política de combate a la pobreza. Para combatir la desigualdad es preciso crear capacidad de generar renta, es decir distribuir activos”, coincide Sergio Besserman, economista y expresidente del IBGE.
Ante esa probable mutación del que tal vez sea el mayor programa de reducción de pobreza de toda América Latina, el norte tuerce el gesto mientras el sur se congratula. “Hay que dejar de subsidiar a los pobres para darles condiciones de trabajo. No se puede regalar el dinero de todos los contribuyentes sin contrapartidas”, explica Sergio Alcántara, joven ingeniero de la petrolera estatal Petrobras, quien ha trabajado en las favelas de Río de Janeiro y conoce la realidad de los receptores de la ayuda.
“Al final el único incentivo productivo es el de tener más hijos, porque así se percibe más”, critica.
Ese debate –el de si Brasil sigue la vía del Estado asistencialista del PT o si opta por un desarrollo más cercano al liberal, donde fluyen la inversión y el crecimiento pero en el cual cada ciudadano se labra su propio futuro– es probablemente el más importante de esta segunda ronda electoral.
Al parecer los brasileños todavía no han tomado una decisión al respecto. Lo tendrán que hacer el domingo 26. Y, salvo una sorpresa mayúscula, lo harán con una diferencia de muy pocos votos, pues a 10 días de los comicios los sondeos apuntan a un empate técnico entre los candidatos: Neves tiene 51% de la intención de voto contra 49% de Rousseff, según la encuesta publicada la noche del miércoles 15 por Datafolha, uno de los institutos demoscópicos de referencia en el país latinoamericano. Una ligera ventaja que queda neutralizada por el margen de error de dos puntos de cualquier estudio.








