“La postura del hijo”

Cornelia (Luminita Gheorghiu) tiene todos los defectos de una madre demasiado buena, se entromete en la vida de Barbu (Bogdan Dumitrache), su único hijo, lo sobreprotege y busca defender a cualquier precio; que el hijo, ya en sus treintas, la evite como a la peste, ella lo atribuye a la influencia de la novia que vive con él. Cuando Barbu atropella y mata a un niño de catorce años, la madre despliega todos sus recursos para salvarlo de la prisión.

Con La postura del hijo (Pozitia Copilului; Rumania, 2013), acreedora al Oso de Oro en Berlín, el director Calin Peter Netzer consolida la reputación del nuevo cine rumano para combinar drama psicológico profundo con crítica social.

Exitosa arquitecta de Bucarest, de pelo oxigenado y abrigo de pieles, Cornelia se mueve en los círculos de poder de una clase adinerada surgida después del régimen de Ceausescu; corrupción y práctica de influencias aparecen de soslayo, en la medida en que la calamidad que afecta a las familias exige justicia, la señora recurre con mucha naturalidad a ofrecer compensaciones económicas a cambio de ajustar versiones.

La lógica de abrir candados con la misma llavecita se rompe cuando Cornelia visita a los padres del chico atropellado, gente sencilla de origen campesino; en una magnífica secuencia que sella el estilo de Netzer con su manera de encerrar a sus personajes junto con el espectador en situaciones emocionalmente claustrofóbicas, la madre comprende que el dinero no compra el dolor de los padres, ni siquiera el de ella misma. El precio que hay que pagar es sentir. Toda una cátedra cinematográfica de cómo establecer la diferencia entre sentimiento y sentimentalismo.

Dominante por temperamento, Cornelia no es precisamente un dragón, como lo sería algún personaje de Strinberg (El pelícano); su devoción por el hijo la reivindica, pero vive como víctima de su propia incapacidad para separar amor de la necesidad de control. El guión de Radulescu y Netzer recalca que no se trata de una madre incomprendida, nadie se engaña con esta fumadora compulsiva y sus desplantes; pero el hijo es un juez implacable, la conoce mejor que nadie, cada acción por ayudarlo la aleja más de él.

La cámara, a cargo del talentoso Andrei Butica (La muerte del señor Lazarescu), a base de acercamientos constantes al rostro, de cortes bruscos y planos forzados pero precisos, compone un ritmo nervioso, reflejo de la inquietud y el malestar de los protagonistas. La fuerza de este cine se apoya en detalles concretos; basta ver la manera de hurgar en los cajones en el departamento de Barbu, o de enterarse de los detalles más íntimos en la vida sexual con su pareja, para entender cómo esta madre succiona el alma del hijo.