Por segunda vez, el Banco Nacional de México conmemora un aniversario relevante con un proyecto curatorial que iguala el número de años de servicio con la cantidad de obras en exhibición. Después de 120 años, 120 obras organizada en 2009, presenta desde el miércoles 10 de septiembre la muestra 130 años, 130 obras de la colección pictórica de Banco Nacional de México.
Emplazada en el Palacio de Iturbide, en la ciudad capital, la exposición es una síntesis tanto de la riqueza del acervo como de la historia de la pintura de nuestro país desde la época novohispana hasta la primera mitad del siglo XX. La pintura contemporánea, realizada de 1960 a 2006, no está representada, con la excelencia de los periodos que la anteceden.
Creado en 1884 como una institución privada encargada de realizar transacciones financieras gubernamentales y comerciales, el Banco, aun cuando ha tenido distintos cambios de propietarios, se ha distinguido por la adquisición de obras de arte vinculadas con México, ya sea por la nacionalidad de los creadores o por el tratamiento de los temas. Utilizadas para decorar las instalaciones, las obras, entre las cuales se encuentran ejemplos emblemáticos de la historiografía del arte mexicano, no cuentan con un espacio para su exhibición permanente y, por lo mismo, estas conmemoraciones pictóricas permiten no sólo apreciar las piezas sino, también, ubicar la colección corporativa Banamex.
Curada por la académica del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, Angélica Velázquez, la exposición manifiesta una narrativa convencional y descriptiva cuyo hilo conductor es el desarrollo cronológico. Organizada con base en temáticas pictóricas –religiosa, histórica, retrato, castas–, la sección correspondiente al periodo novohispano, aun cuando cuenta con firmas como Cristóbal de Villalpando, Miguel Cabrera y Juan Correa, entre otros, sobresale por algunos espléndidos anónimos como la Apoteosis del Santísimo Rosario, una pieza monumental del siglo XVIII que narra la Letanía Lauretana en múltiples escenas y con distintas advocaciones marianas. Acertada en esta síntesis es la incorporación de distintas técnicas y soportes como óleos, enconchados y biombos.
Con una selección que permite ubicar la diversidad y cambios que caracterizan a las estéticas decimonónicas, la sección correspondiente, si bien ofrece vistas panorámicas de Pedro Gualdi, escenas costumbristas de Arrieta y tipos populares de Édouard Pingret, entre otros autores, destaca principalmente por el énfasis en el retrato académico –Juan Cordero, Pelegrín Clavé–, el paisaje y los viajeros –Eugenio Landesio, Thomas Egerton– y, sobre todo, algunas firmas que transitan entre el XIX y el XX como Julio Ruelas y Germán Gedovius.
Para el siglo XX, el criterio curatorial pierde su coherencia y, en lo que corresponde a la pintura moderna mexicana, devela estar basado en la calidad de las piezas, sobresaliendo los espléndidos papeles de Alfredo Ramos Martínez y los óleos de Guerrero Galván y Julio Castellanos. Incoherente en su concepto y dispareja en la calidad de las piezas, la sección de pintura contemporánea no puede disimular su debilidad en la colección.








