La tragedia de los no musulmanes

Ante el avance del Estado Islámico, comunidades no musulmanas que han habitado en el Kurdistán durante milenios son obligadas a huir. Del millón y medio de cristianos que había en Irak antes de 2003, ahora quedan unos 400 mil buscando desesperadamente una salida. De permanecer en sus hogares ancestrales deberán someterse a los yihadistas (quienes suelen ensañarse con las mujeres y venderlas a proxenetas turcos), convertirse al Islam o pagar las consecuencias. Un reducido grupo de esos asirios-caldeos halló refugio en Francia, desde donde lanza un grito de auxilio a la comunidad internacional.

SARCELLES, FRANCIA.- Altas torres cuadradas, muros color arena, blanco campanario y amplia cúpula negra: la iglesia caldea de Santo Tomás Apóstol se ve a la vez majestuosa y misteriosa en este suburbio de París.

A 20 kilómetros de la capital francesa, Sarcelles es un mosaico de comunidades. Ahí conviven musulmanes del Magreb, inmigrantes del África subsahariana, judíos de la antigua Argelia francesa y cristianos de Oriente, en su mayoría llegados de Turquía.

Más asombrosa aún que la arquitectura de la iglesia es la atmósfera particular que se percibe en Santo Tomás Apóstol los domingos, en misa.

El templo, que acoge cada semana a un millar de fieles, se va llenando poco a poco. Llegan primero las ancianas asirias con sus largos vestidos negros, sus negras mantillas y sus rostros arrugados y esculpidos por años de éxodos y exilio. Las siguen los ancianos de porte muy digno. Luego aparecen las otras generaciones. Las familias se van sentando. Hay parejas jóvenes, muchos niños y adolescentes.

Diez diáconos rodean el altar, un coro mixto de jóvenes está de pie en el lado derecho de la nave transversal. Inundan el templo densas nubes de incienso. Resuena la voz del sacerdote; responden los diáconos. Todos cantan en arameo, la lengua más cercana a la que se hablaba en Palestina en la época de Cristo. Toda la liturgia caldea, una de las más antiguas del cristianismo, es cantada. Voces guturales, melopeyas y ritmos orientales llenan el templo.

Se desvanece Sarcelles. Se desvanece Francia. A lo largo de esa hora de misa la comunidad asirio-caldea vive en otra dimensión: los fieles de más edad recuerdan su vida anterior en Turquía, Siria o Irak; los más jóvenes imaginan míticos pueblos e iglesias antiguas.

“Me da fuerza sentirme junto a mi gente en Santo Tomás Apóstol”, confía T.S., quien acaba de llegar de Erbil, capital del Kurdistán iraquí, con su esposa, tres hijos, su nuera y dos nietos. Prefiere no identificarse pues sus dos hijas mayores, sus yernos y sus otros nietos se quedaron en Irak tramitando pasaportes y visas para Francia.

T.S. y sus familiares son ocho de los 40 cristianos iraquíes excepcionalmente acogidos por Francia. A diferencia de los refugiados de otras nacionalidades, quienes esperan hasta dos años antes de obtener asilo, T.S. se beneficia de un proceso administrativo acelerado. Además, a dos semanas de haber llegado a Francia fue alojado en un multifamiliar gracias a la intervención de Francois Pupponi, alcalde socialista de Sarcelles.

Más de 10 mil cristianos iraquíes actualmente estancados en Erbil pidieron visas para Francia. Pero sólo unos centenares cuidadosamente seleccionados tendrán suerte. Las autoridades migratorias de Francia privilegian a los cristianos que tienen lazos familiares en este país.

“La situación en Erbil es insostenible y amenaza con empeorar si no se hace nada antes del invierno –insiste T.S.–. La gente se amontona en iglesias, escuelas, centros deportivos, cuartos de hotel y departamentos minúsculos, casas de amigos o parientes, tiendas de campaña. Muchos viven en los parques e inclusive en la calle. Lo perdieron todo”, dice y corrige: “Lo perdimos todo, salvo la vida”.

Estamos sentados en el patio soleado del centro cultural de los asirio-caldeos de Francia, en Sarcelles no muy lejos de la iglesia. El centro, muy acogedor, cuenta con varias salas de reuniones, un salón de fiestas, una biblioteca donde se dan clases de arameo y una cafetería que sirve a los jubilados para convivir, platicar, leer los periódicos.

Perseguidos

A T. S. le costó trabajo decidirse a hablar con la reportera. Aún le es demasiado doloroso recordar lo que vivió en las últimas semanas. Se le va la voz cuando intenta dar detalles.

Nació en 1951 en Akra, en el norte de Irak, cerca del Kurdistán. Pero hasta 2005 vivió en Mosul, donde daba clases de francés y arameo.

“En tiempos de Sadam Husein los cristianos gozaban de una libertad limitada pero no padecían discriminación religiosa ni racial”, dice antes de recordar que su comunidad no es árabe sino asiria y desciende de los sumerios, acadios, caldeos, babilonios y asirios.

“En la antigüedad todos se enfrentaron en múltiples guerras y finalmente acabaron formando un solo pueblo. Llevamos 4 mil años viviendo en la llanura de Nínive”, proclama orgulloso.

Explica que la situación de los cristianos de Irak se volvió particularmente dura a partir de la intervención estadunidense, en 2003. No sólo padecieron los estragos de la guerra, como los demás iraquíes, sino que fueron perseguidos por yihadistas que surgieron en medio del caos general y lanzaron una cacería de brujas en su contra.

“Para los yihadistas Occidente es sinónimo de cristianismo. Fue por eso que nos persiguieron. Nos acusaban de ser cómplices de Estados Unidos y nos veían como su quinta columna.”

Agrega: “Paralelamente aparecieron bandas criminales que secuestraron a nuestra gente. La comunidad cristiana contaba con muchos profesionistas que tenían cierto poder económico y contactos estrechos con la diáspora. Eso atraía a los delincuentes que nos consideraban ‘muy rentables’ y exigían altísimos rescates. Tanto en Bagdad como en Mosul corríamos cada vez más peligro”.

Éxodo

En 2005 T. S y su familia se mudaron a Qaraqosh, principal ciudad cristiana del norte iraquí. Él siguió enseñando francés y arameo en escuelas de la ciudad de Duhok. La familia tuvo un poco de tranquilidad.

“Pero sabíamos que ese respiro no iba a durar. Cuando Mosul cayó en manos de Daesh (Estado Islámico, en árabe) a mediados del pasado junio, entendimos que todo iba a degenerar otra vez. Al principio los yihadistas dijeron que los cristianos no tenían por qué preocuparse.

“Pero en la noche del 17 al 18 de julio todo cambió. Recorrieron las calles de Mosul en sus vehículos. Aullaban por sus altoparlantes que los cristianos y los yazidistas (pertenecientes a una religión preislámica) tenían tres opciones: convertirse, pagar la djizhia (un impuesto exorbitante) o salir de la ciudad. Casi todos salieron. Mosul tenía 60 mil cristianos, hoy sólo quedan ancianos y minusválidos que tuvieron que convertirse para salvarse.”

Recuerda columnas de hombres, mujeres y niños exhaustos, aterrados, llegando a Qaraqosh sólo con lo puesto: “Los yihadistas instalaron puestos de control a la salida de Mosul y en cada uno despojaban a los cristianos de sus pertenencias: autos, dinero, joyas, pasaportes, comida. No había manera de escapar. Los refugiados nos hablaron de mujeres y muchachas arrancadas a sus familias. Sigo en contacto telefónico con amigos árabes que viven en Mosul. Me dicen que venden a mujeres cristianas y yazidistas como esclavas”.

A mediados del pasado agosto el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos y Heiner Bielefeldt, relator especial del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre Libertad de Religión y Creencias, denunciaron ese comercio de mujeres. Señalaron casos de yazidistas vendidas como “esposas” a combatientes de grupos radicales en Siria e Irak. El patriarca caldeo de Bagdad, por su parte, aseguró que cristianas habían sido “regaladas” como esposas a yihadistas.

A finales de julio T.S. entendió que Qaraqosh también iba a caer bajo el yugo del Estado Islámico (EI): “Vimos que los peshmergas (combatientes kurdos) empezaban a replegarse. No quisimos esperar la llegada de los yihadistas. Recogimos nuestros documentos, dinero, llenamos tres maletas con ropa y dejamos nuestra casa. Cuando cerré la puerta principal con llave supe que nunca volvería a abrirla”.

T.S. toma largos sorbos de café. “Nos subimos todos al coche y arrancamos para Erbil. Éramos decenas de miles huyendo por la carretera. Había muchos vehículos, pero la mayoría de la gente caminaba. Era difícil abrirse paso entre la multitud. Muy pronto el calor se hizo insoportable. La temperatura rebasaba los 40 grados. Se veía a personas que se desplomaban y niños deshidratados que ya no podían caminar… Era como una alucinación… Desgarrador. Pensé en el infierno”.

Otros sorbos de café: “Nos demoramos ocho horas en recorrer un camino que se suele hacer en una. Avanzábamos despacio, muy despacio. Todos pensábamos que los yihadistas nos iban a alcanzar. No podíamos hablar. No nos alcanzó el agua. Seguía pegando el sol. Esas imágenes me siguen obsesionando. Me duermo con esa pesadilla y me despierto con esa pesadilla. Me obsesiona también la gente que sigue atrapada en Erbil y Duhok. Sobrevivir en condiciones tan precarias después de lo que vivieron… La comunidad internacional no la puede abandonar”.

Lista de espera

Antoni Yalap, oriundo de Turquía, coordinador del Comité de Apoyo a los Cristianos de Irak (CSCI), el cual agrupa a todas las asociaciones asirio-caldeas de Francia, se muestra profundamente preocupado por la suerte de sus correligionarios refugiados en el Kurdistán iraquí y en Turquía.

Principal interlocutor con las autoridades, Yalap –también consejero municipal de Sarcelles–, se entrevistó el miércoles 3 con Laurent Fabius y Bernard Cazeneuve, ministros franceses de Relaciones Exteriores y del Interior, respectivamente.

“Me confirmaron que Francia sólo acogería a un número limitado de refugiados iraquíes. Insistieron en que favorecer un éxodo masivo de asirio-caldeos serviría a la política de los yihadistas que buscan erradicar de Irak y Siria toda presencia de cristianos y no musulmanes. Me hablaron también de una amplia coalición internacional cuya creación se anunció oficialmente el domingo 14, dispuesta a luchar militarmente contra Daesh”.

Yalap comenta: “Entiendo su argumento y lo comparto. Igual que ellos pienso que urge detener a toda costa esa limpieza étnico-religiosa. ¿Pero por qué se perdió tanto tiempo antes de actuar? ¿Por qué se tuvo que esperar a ver las imágenes terribles de miles de cristianos y yazidistas huyendo de la muerte para enfrentar el problema? Nosotros, los integrantes de las asociaciones asirio-caldeas de la diáspora llevamos años tratando de alertar a la comunidad internacional sobre la situación de los cristianos de Oriente y anunciando la tragedia actual. Nadie nos hizo caso. Antes de 2003, vivían en Irak 1 millón 500 mil cristianos. Es difícil saber cuántos quedan hoy. Quizás unos 400 mil. Probablemente menos”.

Y precisa: “El vicario patriarcal de Estambul nos avisó hace unos días de la llegada reciente de alrededor de 30 mil refugiados más a Turquía. Los responsables de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en ese país están rebasados por la situación. Su lista de espera está saturada hasta 2020. Es decir que los refugiados iraquíes tendrán que esperar seis años en Turquía antes de que el ACNUR los ayude a obtener pasaportes y visas para emigrar”.

Según explica el coordinador del CSCI, la situación de los refugiados cristianos en Turquía es muy precaria. Muchos son víctimas de especuladores que los explotan cobrándoles alquileres muy elevados y haciéndolos trabajar clandestinamente por salarios miserables. No tienen estatuto jurídico alguno, sólo tienen un documento de “refugiado en lista de espera” del ACNUR.

“Las autoridades turcas los dispersan por todo el país y eso perturba el funcionamiento de sus redes de solidaridad –denuncia–. Nos inquieta en especial el destino de numerosas mujeres y chicas aisladas que tuvieron que huir precipitadamente de Irak y Siria para escapar a secuestros perpetrados por los yihadistas. Hicimos investigaciones al respeto y descubrimos que muchas caen en manos de proxenetas turcos. Constatamos casos similares en el Kurdistán iraquí donde operan también redes de prostitución muy bien organizadas.”

Preocupada por el rigor del invierno kurdo, la Iglesia caldea se apresta a construir edificios alrededor de Erbil y de otras ciudades kurdas para albergar de emergencia a los desamparados. La diáspora asirio-caldea –más de 625 mil personas en todo el mundo; de ellos 400 mil en Estados Unidos–, está juntando fondos pero Yalap considera que la comunidad internacional deberá también ayudar a financiar la construcción de estas viviendas que no serán tan temporales como se piensa.

Advierte: “Aun si la coalición internacional libera las ciudades y aldeas cristianas ocupadas por Daesh, muy poca gente aceptará volver a vivir en ellas. Sus casas fueron saqueadas, muchas destruidas; lo mismo pasó con los comercios, cultivos, talleres e infraestructura. Mientras no se estabilice Irak, no van a querer arriesgarse a estar otra vez a merced de los yihadistas”.

Como Yalap, Mathieu Doman, miembro fundador del Centro Cultural Asirio-Caldeo de Sarcelles, responsable del Centro Cultural de Arnouville y adjunto del alcalde de esa ciudad, no entiende por qué la comunidad internacional no midió antes lo que estaba en juego con la limpieza étnico-religiosa de los yihadistas.

“Permitir que se borre a los asirios-caldeos de Irak y Siria rebasa el problema, de por sí crucial, de miles de personas expulsadas de su tierra ancestral. Desterrar a estas comunidades herederas de la cultura de Mesopotamia es borrar una historia que se remonta a la noche de los tiempos, una cultura milenaria, un idioma.

“Es borrar también la memoria del cristianismo de los primeros tiempos. En las ciudades y los pueblos que caen en sus manos los yihadistas convierten las iglesias –algunas de ellas muy antiguas, fundadas en el siglo V– en mezquitas, bodegas, oficinas, establos. El patriarca caldeo de Bagdad denunció que los combatientes de EI habían incendiado en Mosul una biblioteca que albergaba unos mil 500 manuscritos históricos. No es sólo nuestro patrimonio el que está amenazado con desaparecer, es parte de la memoria de la humanidad.”