“La última sesión de Freud”

El hipotético encuentro entre Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, y el filósofo y escritor C. S. Lewis, suscita en el escenario una interesante polémica sobre la existencia o no de Dios, la sexualidad y la familia a partir del juego entre dos intelectos sobresalientes.

La última sesión de Freud, escrita por el estadunidense Mark St. Germain, que se estrenó este fin de semana en el Teatro Helénico bajo la dirección de José Caballero, nos invita a reflexionar en temas sustanciales vistos desde puntos de vista dispares. La situación de cada personaje es específica y muy diferente: Freud, colocado en sus últimos días con cáncer de boca y la prótesis en el paladar, le provoca gran dolor, y C. S Lewis, en la cúspide de su carrera literaria. Freud –interpretado por Sergio Kleiner–, cercano a la muerte, invita a Lewis –actuado por Darío T. Pie–, pues le intriga la transformación radical de su ateísmo, compartido con él, a un fervor religioso apabullante.

La obra de teatro escrita por St. Germain propone un teatro de tesis donde el juego está en las palabras, los argumentos y las perspectivas dispares sobre temas abiertos. El texto está plagado de desarrollos conceptuales, réplicas veloces, latigazos de ingenio y un humor sutil. Para proporcionarle corporeidad a estos planteamientos intelectuales, el autor desarrolla a personajes con problemas inmediatos; tal es el caso de Freud que sufre el sangrado bucal y el dolor que lo paraliza, contrapunteándolo con su necesidad de debatir, de sustentar sus ideas y cuestionar las del otro.

Ambos personajes están sumidos en un contexto extremo: el día en que Inglaterra entra en guerra y comienza la Segunda Guerra Mundial. Freud escucha por la radio el discurso del primer ministro poniéndose en manos de Dios y los personajes temen cualquier ataque. El encuentro sucede en Londres en 1939 después de que Freud ha huido de Viena y los nazis han quemado sus libros. Lewis, autor del best seller Crónicas de Narnia, es un miembro eminente del círculo de Oxford del que sobresalen sus argumentos con los que sustenta su cristianismo al igual que su exquisita ironía para referirse al psicoanálisis, la relación doctor paciente y la situación familiar de Freud.

Sergio Kleiner interpreta con maestría a un Freud viejo y enfermo, pero al mismo tiempo lúcido y perspicaz. Su personaje es verosímil y versátil. Entreteje el tono pausado y la pasión de debatir, su inquietud existencial y el conocimiento de la psicología humana. Darío T. Pie consigue un movimiento corporal acertado para su personaje. Maneja las pausas y la sutileza en el gesto, así como juega con el rigor físico y la soltura en la argumentación. Desgraciadamente su tono de voz es un tanto agudo y monocorde, con chispazos chabacanos, que rompen con el personaje.

José Caballero se compromete con un realismo en la actuación y en el trazo escénico. La escenografía e iluminación de Patricia Gutiérrez, de buen gusto, tiene ese toque simbólico que da la simulación de la “pirámide del conocimiento” con una estructura tubular. Caballero no obliga a los personajes a transitar de un lado a otro. La propuesta parte de movimientos escuetos y fundamentales para el desarrollo de la situación.

La última sesión de Freud, traducida por Andrés Roemer y con la producción de Jorge Ortiz de Pinedo, es un encuentro de inteligencias que nos invitan a reflexionar y conocer el pensamiento de dos grandes intelectuales del siglo XX.