El floreciente negocio del secuestro

El mundo, Estados Unidos y especialmente los periodistas destacados en Medio Oriente seguían impactados por la ejecución de James Foley, difundida en video el 19 de agosto, cuando el 24 de ese mes se conoció la liberación de Peter Theo Curtis, otro reportero estadunidense.

Era difícil entender cómo los grupos yijadistas sirios, quienes ya habían amenazado con matar a un tercer estadunidense, Steven Sotloff (lo cual cumplieron, como se vio en otro video subido a YouTube el martes 2), dejaban ir a una de sus presas.

El aspecto de Curtis, además, era contrastante: Foley, Sotloff y el trabajador humanitario británico David Cawthorne Haines fueron presentados en uniformes anaranjados y con la cabeza afeitada. Curtis apareció en un video anterior (del 30 de junio) y de nuevo tras ser puesto en libertad, con camiseta azul, barba y con los largos rizos castaños con los cuales lo conoció el corresponsal de Proceso en Beirut, en 2011.

El misterio se empezó a resolver cuando se supo que quien lo había mantenido prisionero no era la milicia autodenominada Estado Islámico (EI) –la que asesinó a Foley y Sotloff y rompió con Al-Qaeda, de cuyas filas surgió–, sino Jabhat al Nusra, una agrupación aún parte del grupo fundado por Osama bin Laden y la cual, pese a sus métodos brutales, parece poco agresivo al lado de EI.

Estados Unidos sostiene públicamente una política firme de cero pagos de rescate a secuestradores, bajo la cual se negó a cubrir los 132.5 millones de dólares exigidos por EI a cambio de Foley, Sotloff y otros dos estadunidenses cuyos nombres no han sido revelados.

Las negociaciones con los captores de Curtis, sin embargo, estuvieron a cargo del gobierno de Catar, país al cual se acusa de brindar apoyo a Jabhat al Nusra y otras milicias islamistas.

“Catar llevó a cabo sin descanso esfuerzos para liberar al periodista estadunidense”, declaró el emirato en un comunicado oficial el 25 de agosto, “debido a la creencia” de este país, “en los principios de humanidad y su disposición (a proteger) las vidas de los individuos y su derecho a la libertad y la dignidad”.

Pilgrims al rescate

No hay cómo garantizar que los reporteros hagan su trabajo en Siria e Irak en condiciones mínimas de seguridad. El profundo conocimiento que tiene Curtis de la lengua y la cultura árabes no fue suficiente para evitar el secuestro, en agosto de 2012, como tampoco lo fue el sofisticado aparato logístico y de seguridad con el cual contaban Richard Engel, jefe de corresponsales de la cadena NBC, y cuatro de sus compañeros –Aziz Akyavas, John Kooistra, Ghazi Balkiz e Ian Rivers– capturados por una quincena de hombres con pasamontañas el 13 de diciembre de ese año.

A diferencia de Curtis –quien como Foley y Sotloff es periodista independiente, sin el respaldo de los grandes medios–, a Engel y los suyos los empezó a buscar de inmediato Pilgrims Group, una empresa británica de seguridad que trabaja para la NBC.

El también periodista independiente Jamie Dettmer publicó en The Daily Beast el 22 de diciembre de 2012 un reportaje en el cual reconstruyó la operación de rescate: La compañía envió un equipo de seis operativos que llegó el 14 de diciembre a la ciudad turca de Antakya, muy cerca del paso fronterizo de Cilvegozu, a donde quiso dirigirse Engel para salir de Siria. El grupo reunió distintas informaciones pero fracasó en determinar dónde estaban los cautivos.

Recurrieron entonces a Ahrar al Sham, una milicia que pese a su ideología islamista estaba dispuesta a cooperar, no queda claro a cambio de qué.

Como era vital impedir que sacaran a Engel del área, los sirios establecieron puntos de control y en uno de ellos cayó el vehículo en el cual trasladaban a los secuestrados, el 18 de diciembre. Dettmer cita a “una fuente de seguridad”, quien le dijo que “los chicos de Ahrar al Sham hicieron un gran trabajo y no dudaron a la hora del combate. Fueron precisos y rápidamente mataron a dos de los captores”.

Plagio y recompensa

Inicialmente la NBC sostuvo que la liberación había ocurrido por la mala suerte de los secuestradores que se toparon con un grupo rival. La investigación de Dettmer reveló el papel de coordinación del Pilgrims Group y la participación coordinada de Ahrar al Sham. Tanto la cadena televisiva como la empresa de seguridad preferían la discreción.

El Pilgrims Group forma parte, en realidad, de una industria poco conocida, opaca en sus métodos y procedimientos, pero en rápida expansión. Es conocida por la siglas K&R, en referencia a las siglas en inglés de “secuestro y recompensa”: Lo suyo es vender protección y seguros a grandes corporaciones de ámbitos muy diversos.

Una investigación del diario The Guardian publicada el pasado 25 de agosto estableció que 75% de las 500 compañías más grandes del mundo, según la lista de Fortune, tiene pólizas de seguro K&R que pueden llegar a ser de 250 mil dólares al año para una empresa asentada en sitios peligrosos.

Sus tareas pueden incluir operativos de rescate –como en el caso de Engel–, pero también negociaciones directas con secuestradores y el pago de enormes rescates, que en los países del Sahel (como Malí, Níger, Chad y Nigeria) alcanzan un promedio de 3 millones 750 mil dólares por cada occidental secuestrado, según la firma británica de seguridad AKE Group.

Aunque los gobiernos de Estados Unidos y Europa tienen leyes que impiden el trato con secuestradores, no es raro que esas autoridades terminen en contacto con ellos; en el caso de las compañías de seguridad, negociar con los criminales es parte de lo cotidiano. Entre los acuerdos para liberar a los rehenes, se firman pactos de confidencialidad entre las partes.

Este boom del K&R ha hecho que los grupos terroristas recurran cada vez más al secuestro para financiar sus actividades. Una investigación del New York Times (publicada el pasado 30 de julio) halló que entre 2008 y 2013 las organizaciones afiliadas Al Qaeda recibieron 125 millones de dólares en rescates, incluidos 91.5 millones entregados a Al Qaeda en el Magreb Islámico y 29.9 millones de Al Qaida en la Península Arábiga.

Los principales pagadores de rescates fueron, según el diario, Francia (58.1 millones), Catar y Omán (20.4 millones), Suiza (12.4 millones), España (11 millones) y Austria (3.2 millones), además de 21.4 millones cuyo origen se desconoce.

El negocio da lugar a que crezcan el número de secuestros y las cantidades exigidas, y esto lleva a que suba el precio de las primas de las compañías de seguros.

Una de las más importantes, la británica Willis Group Holdings, reporta por ejemplo que una compañía que compraba pólizas K&R en Nigeria en 2009 pagaba 10 mil dólares anuales por una cobertura de 5 millones y ahora necesita 100 mil dólares para la misma suma.

The Guardian encontró que un periodista como Foley, Sotloff y Curtis tendría que gastar hasta mil 500 dólares diarios para tener protección K&R en un lugar como Siria. Para cualquier reportero independiente eso suena como dedicarse a arriesgar la vida para financiar a la aseguradora y, además, quedar debiendo hasta la muerte.