El martes 2 el grupo extremista Estado Islámico difundió el video de la decapitación del periodista estadunidense Steven Sotloff. Dos semanas antes había transmitido el de la decapitación del reportero James Foley. Ahora empieza la cuenta regresiva para la eventual ejecución del británico David Cawthorne Haines, trabajador de organismos de ayuda humanitaria. Según la agencia privada de inteligencia Stratfor, con dichas ejecuciones EI está enviando varios mensajes al mundo. Uno de ellos: “Triunfaremos porque no tenemos escrúpulos y cualquier cosa que hagamos está bendecida por Dios”.
El pasado 27 de agosto Shirley Sotloff, madre del periodista estadunidense Steven Sotloff, lanzó en redes sociales una súplica dirigida a los captores de su hijo a fin de persuadirlos de no cumplir su amenaza de ejecutarlo: “Quiero lo que toda madre quiere: Vivir para ver a los hijos de sus hijos. Les ruego que me concedan esto”.
La milicia yihadista Estado Islámico (EI) no la escuchó. Apoyándose en el hashtag #StevensHeadInObamasHands (la cabeza de Steven está en las manos de Obama), trató de magnificar el impacto emocional de las ejecuciones de prisioneros en su poder y de trasladar la culpa al jefe de la Casa Blanca para elevarle a éste el costo político por dicha ejecución.
Sus operadores de redes sociales pidieron a sus seguidores en todo el mundo usar esa etiqueta para crear presión sobre Washington y estremecer a la opinión pública occidental. Y ofrecieron 13 frases para escoger. Dos de ellas: “Si ustedes nos atacan, lo degollaremos como a una cabra” y “somos yihadistas musulmanes, no somos vampiros, pero cobraremos venganza por la gente inocente”.
El fin de ese segmento de la campaña de terror lanzada por EI llegó el martes 2: difundió el video de la decapitación de Sotloff . Dos semanas antes –19 de agosto– había difundido el del asesinato de Foley. Ahora empieza otro ciclo: la cuenta regresiva para la eventual ejecución de David Cawthorne Haines, trabajador de organismos de ayuda humanitaria. En cada ejecución, la de la siguiente víctima fue anunciada mostrando a ésta de rodillas e inerme ante el verdugo.
Técnicas de cine
No existen certezas sobre sí Haines sigue vivo, sobre si Foley y Sotloff fueron asesinados juntos o por separado ni sobre si eso ocurrió inmediatamente antes de la difusión de los videos o en otro momento. Tampoco existe seguridad de que el yihadista vestido de negro que afirma haberlos matado sea realmente el ejecutor: los videos no fueron realizados para documentar los crímenes con claridad sino para provocar en el espectador horror y angustia con técnicas de cine de suspenso y terror.
Al parecer los integrantes de EI no intentan mostrar algún tipo de odio o desagrado personal hacia los individuos que se disponían a asesinar. Para éstos el valor de las vidas de los periodistas se reduce al de servir como vehículos de un mensaje.
Aunque conocidos por su apego a normas y actitudes propias del oscurantismo medieval, los integrantes de EI también destacan por su afición y habilidad en el uso de las técnicas de comunicación más modernas. Sus videos tienen una factura profesional que se apoya en símbolos poderosos: Los prisioneros estaban vestidos con uniformes anaranjados, como los de los presos de la base estadunidense de Guantánamo; Foley y Sotloff debieron pronunciar discursos que aprendieron de memoria; el verdugo aparece con el rostro cubierto, habla pausadamente y reza oraciones previamente estudiadas.
Para matar a sus víctimas no utiliza los métodos lentos y dolorosos que se eligen para enemigos que se aborrecen –como quemarlos vivos o torturarlos lentamente hasta la muerte–, sino uno veloz y visualmente impactante: la decapitación, tras lo cual exhibe la cabeza cercenada del sacrificado.
En cada caso hay una secuencia faltante: la del acto mismo de cortarles el cuello con el pequeño cuchillo que sostiene el ejecutor en la mano. EI podría estar manteniendo en reserva dichas secuencias para mostrarlas posteriormente y maximizar los resultados.
En su intento de salvar a su hijo, Shirley Sotloff quiso conmover a Abu Bakr al Baghdadi, el líder de EI y autoproclamado califa, mostrando sensibilidad hacia su fe religiosa y explicándole que la cabeza de Steven no podía disuadir a Washington de continuar sus ataques contra EI en Irak, donde los yihadistas han puesto en jaque a las autoridades: “Desde que Steven fue capturado he aprendido un montón sobre el Islam. He aprendido que nadie es responsable por los pecados de otros. Steven no tiene control sobre lo que hace el gobierno de Estados Unidos”, señaló la mujer.
Cortar cabezas de inocentes es la forma de comunicación elegida por EI. El efecto se ha sentido con la misma fuerza tanto en Estados Unidos, la patria de los dos ejecutados, como en el resto del mundo occidental. La agencia privada de inteligencia Stratfor concluyó que con el primer video, el de la ejecución de Foley, EI envió los siguientes mensajes:
“No jugamos con sus reglas. Lo que estamos dispuestos a hacer no tiene límites. El maltrato que han sufrido los prisioneros musulmanes en Guantánamo no es gratuito. El que no tengamos límites no significa que no podamos ser sofisticados. Podemos serlo tanto como los occidentales. Escuchen el acento británico de nuestro verdugo. Y podemos producir cortometrajes como si fueran de Hollywood.
“No somos como los capos de la droga en México que suben videos de decapitaciones para dirigirse a una comunidad limitada, la que está en el área bajo su control. Es por esto que el mundo en general apenas sabe de ellos. Nosotros en cambio estamos llevando un mensaje global: Queremos destruir a todos ustedes en Occidente y a todos en el mundo musulmán que no acepten nuestra versión del Islam. Triunfaremos porque no tenemos escrúpulos y porque somos los únicos que tenemos acceso a la verdad de que cualquier cosa que hagamos está bendecida por Dios”.
EI escogió administrar el dolor en dosis brutales pero espaciadas: El primer golpe –contra Foley– estremeció a la comunidad de periodistas por inesperado, sádico e inapelable; y al mismo tiempo la sumergió en la angustia del castigo que viene y no parece posible detener: la presentación de Sotloff en el mismo uniforme que Foley, igualmente atado y de rodillas, y el anuncio de que pronto correría la misma suerte.
El impacto ha sido particularmente profundo entre los periodistas que cubren Medio Oriente, sobre todo los independientes. Casi todos pasaron por Siria y conocieron a Foley en persona o a través de amistades mutuas, y estuvieron involucrados en la campaña para pedir su liberación desde su secuestro, en noviembre de 2012. De hecho, muy pocos sabían de los casos de Sotloff y de Haines, porque sus familias habían decidido mantenerlos en secreto con la esperanza de facilitar su liberación. Y no pocos de ellos también fueron víctimas de secuestro en Siria o mantenían relaciones cercanas con alguien que lo fue.
Práctica mortal
“No he podido dejar de preguntarme cómo vamos a hacer para seguir trabajando en Siria.”
Con esa frase una experimentada periodista italiana resumió en Facebook, en un foro privado de reporteros que cubren la guerra civil en Siria, las inquietudes del gremio en el aspecto práctico, más allá del duelo colectivo por Foley y Sotloff.
“No puedo imaginarme regresando a Siria. Ni ahora ni en el futuro inmediato. Pero me sigo sintiendo comprometida. ¿Cómo mantenemos la historia caminando?”, se preguntó.
El trabajo periodístico en Siria se ha visto duramente afectado por el deterioro de las condiciones de seguridad. A los riesgos de ser víctima del disparo de un francotirador o de una explosión durante un ataque aéreo, los cuales se asumen como gajes del oficio, se sumó otro que con los meses empezó a ser percibido como más grave y doloroso, y que ahora, con las ejecuciones grabadas en video, alcanza niveles de espanto: el de ser secuestrado.
Desde el otoño de 2012 los secuestros se han hecho cada vez más frecuentes. El Comité para la Protección de los Periodistas estima que el número de colegas cautivos en este momento es de por lo menos 20. (Este colaborador de Proceso fue víctima de uno en enero de 2013). Ello ha provocado una marcada disminución de las incursiones de reporteros en Siria.
Para ingresar a ese país hace falta lo que algunos llaman temeridad, y otros, disposición al suicidio. Además se requiere de una importante inversión económica para aumentar un poco las posibilidades de salir con vida: pagar por apoyo logístico y militar, invertir en seguros médico y de vida y costear el llamado seguro de secuestro y recompensa. Sólo los grandes medios pueden enfrentar gastos de miles de dólares cada día, totalmente fuera del alcance de medios medianos y de periodistas independientes (ver recuadro).
Los asesinatos de Foley y Sotloff estuvieron precedidos por casi dos años de cautiverio, torturas y destrucción psicológica. Como nadie quiere ser el siguiente, serán muy pocos los que retornen a Siria. La confianza en los periodistas del país no es muy grande. Se duda sobre la tendencia de su información debido a que muchos están ligados a los bandos en pugna; y se duda sobre la calidad de su trabajo, pues la mayoría de ellos no son profesionales y fue sólo a causa de la guerra –por compromiso político o por necesidad económica– que empezaron a realizar tareas informativas. Además, ellos también están en riesgo.
Por el momento, sin embargo, pueden ser la única alternativa, como señaló en el debate que se abrió en el citado foro privado, un fotógrafo bosnio: “Tendremos que dar un salto de fe hacia los periodistas sirios, combinado con un minucioso trabajo de verificación –en la medida en que lo permitan las circunstancias, que no es mucho–. No veo otra manera de reportear, excepto la práctica de siempre, que resulta mortal”.
Foley y Sotloff eran periodistas independientes, un sector del periodismo que ha ganado presencia en años recientes. Hoy se reconoce que ellos se encargan de llevar al mundo gran parte de la información que éste recibe: en la medida en que las agencias y los grandes medios han reducido su presencia en el extranjero, debido a los cambios tecnológicos y las dificultades financieras, los también llamados freelancers han llenado los espacios que quedaron vacíos y “han reportado la historia con una determinación que los viejos medios raramente han podido igualar, incluso durante los días de oro en que las organizaciones de medios podían pagar corresponsales y oficinas alrededor del mundo”, escribió el pasado 21 de agosto Martin Chulov, del diario The Guardian.
Con presupuestos exiguos, sin seguros ni respaldos institucionales, y a veces sin preparación adecuada, los independientes son más vulnerables ante los riesgos que implica cubrir un conflicto bélico. “Existen más oportunidades para quienes se atreven a enfrentar las dificultades, pero también ha permitido a los medios abdicar de sus responsabilidades” hacia los periodistas, apuntó Chulov en otro debate reabierto por los videos de las ejecuciones.
“El precio de esta negligencia se ha pagado en los calabozos del norte de Siria. El colapso de Medio Oriente es una de las historias más importantes de nuestro tiempo, tan significativa a nivel global como el fin de la Guerra Fría. Demasiados medios la están cubriendo a través de la explotación” del trabajo de los freelancers.








