Desde mediados de junio el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu libra dos batallas simultáneas: una contra Hamas en Gaza y otra dentro de la coalición de partidos de su gobierno, donde los “halcones” que se ubican a “la derecha de la derecha” intentan desplazarlo con el argumento de que es “débil” e “irrelevante” ante los dirigentes palestinos.
JERUSALÉN.- Los israelíes están acostumbrados a coaliciones gubernamentales improbables e inestables; son expertos en elecciones anticipadas y en jefes del Ejecutivo que surgen y desaparecen en cuestión de meses; saben que cada rebrote del conflicto con los palestinos cobra también víctimas en los puestos más altos del gobierno.
La ofensiva militar que se lleva a cabo en Gaza desde el pasado 8 de julio no es una excepción y ha liberado las ansias de poder dentro del gobierno, desgarrado entre visiones de país opuestas y a menudo irreconciliables.
Al timón de este barco, el primer ministro Benjamín Netanyahu mantiene una popularidad que haría palidecer de envidia a muchos dirigentes, pero está entre la espada y la pared: entre las críticas de sus propios socios políticos, las presiones de la comunidad internacional y las demandas de sus ciudadanos.
Una encuesta publicada por el diario Haaretz el lunes 11 mostró que 77% de los israelíes cree que el desempeño del jefe de gobierno durante la ofensiva en Gaza ha sido “bueno” o “excelente”. Pero esta fortaleza de Netanyahu no se refleja en el gobierno ni en su propio partido, el Likud, donde su debilidad y su soledad saltan a la vista.
La derecha de la derecha
La coalición construida en enero de 2013, tras unas elecciones legislativas anticipadas, aglutina un colorido espectro de partidos y personajes que van desde a la derecha radical y ultranacionalista hasta los centristas seculares. La ofensiva en Gaza, suspendida desde hace una semana por las negociaciones para una tregua duradera que se llevan a cabo en El Cairo, ha sido su primera gran crisis, y las fisuras internas, cada día mayores, hacen temer una implosión.
“La coalición suma 68 escaños de 120. Dentro de ella hay numerosos críticos de Netanyahu, incluso dentro de su propio partido, el Likud. Pero va a ser difícil encontrar un rival de peso para hacer caer a Netanyahu”, advierte Avraham Diskin, profesor de ciencias políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Subestimar al primer ministro, hábil malabarista en tiempos de crisis, sería un error. Netanyahu prepara ya el día después del fin de la ofensiva en Gaza. Mientras intenta apaciguar las críticas garantizando su firmeza contra Hamas y su compromiso con la seguridad de todos los israelíes, negocia, sin consultar demasiado con sus ministros, una tregua duradera con condiciones que le permitan proclamarse ganador de la contienda.
Los primeros adversarios de Netanyahu están en su propia casa, el Likud, el gran partido de la derecha israelí. Si en este momento hubiera elecciones primarias en la formación, numerosos analistas políticos israelíes consideran que el primer ministro podría perderlas.
Pero si las ganara y obtuviera también el mayor número de votos en unas elecciones legislativas posteriores, no está claro que el nuevo presidente de Israel, Reuven Rivlin –también del Likud, pero adversario político declarado de Netanyahu–, le pidiera formar un nuevo gobierno si existen otras posibilidades de coalición.
Paradójicamente en este momento la figura más popular en el Likud parece ser el diputado Danny Danon, exviceministro de Defensa, a quien el primer ministro expulsó del gobierno en junio por considerar que sus críticas eran intolerables.
Fuera del Likud pero dentro de la coalición gubernamental, los mayores detractores de Netanyahu están claramente identificados, comenzando por el titular de Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman, líder del partido Ysrael Beiteinu, con 12 escaños en el parlamento.
Lieberman defiende la mano dura contra Hamas y contra los palestinos en general y no ha dudado en calificar al presidente palestino Mahmud Abás de “débil, corrupto e irrelevante”.
Radical, irreverente y polémico, el canciller no ha escatimado críticas contra Netanyahu desde que tres adolescentes judíos fueron secuestrados y asesinados en Cisjordania el pasado junio. Esa “debilidad” que reprocha al primer ministro lo hizo abandonar la coalición, aunque no salió del gobierno.
Después de 13 años alternando diferentes puestos en gobiernos sucesivos, Lieberman no oculta su deseo de derrotar a Hamas con una operación de mayor envergadura.
“No habrá acuerdo de paz posible hasta que Hamas no sea derrotado (…) No tenemos que lanzar más amenazas, sólo lanzar un golpe duro”, declaró públicamente el miércoles 13.
El ministro ha exigido además que Hamas devuelva los restos mortales de dos soldados israelíes, o de lo contrario, advirtió, “obtendrá a cambio los cadáveres de Mohamed Deif e Ismael Haniyeh”, líderes de Hamas en Gaza.
En palabras de Gidi Weitz, columnista del diario Haaretz, es difícil encontrar en Israel otro político “tan cínico y oportunista” como Lieberman. “En cualquier otro país del mundo, electores en su sano juicio lo habrían excluido hace tiempo”, afirma.
Experto en frases explosivas y declaraciones que se convierten en primeras planas, Lieberman ha perdido sin embargo terreno en estos días frente a otro adversario de Netanyahu, el titular de Economía, Naftali Bennett, líder del partido Hogar Judío, con 12 escaños en la Knéset y también parte de la coalición en el poder.
Bennett, de 42 años, multiplica sus apariciones en los medios con la esperanza de convertirse en el líder indiscutible de “la derecha de la derecha”. La popularidad de su partido, nacionalista y sionista religioso, aumenta y si hubiera elecciones mañana, la formación sería la segunda más votada del parlamento, después del Likud.
Bennett tampoco modera sus críticas contra Netanyahu y mantiene una posición hacia los palestinos mucho más radical que la del primer ministro: cree que Abás no es un interlocutor, sino más bien “un enemigo”; se opone a una tregua y apuesta por un retorno de los israelíes a Gaza, y cree que la transferencia de fondos a la franja vía un tercer país o una institución internacional significaría financiar “el terrorismo” y sucumbir a la “extorsión”.
“No podemos luchar contra Hamas con una mano y suministrarle fondos con la otra”, consideró la semana pasada ante la prensa.
Moderados en apuros
Dentro de la complicada coalición gubernamental, también hay voces moderadas, una especie de “centro de la derecha”, que buscan fisuras en el discurso de Netanyahu para recobrar protagonismo.
Ministros como el expresentador de televisión Yair Lapid (de Finanzas), del partido Yesh Atid –con 19 diputados, igual que el Likud– o la titular de Justicia, Tzipi Livni, líder de Hatenua y jefa del equipo negociador de un acuerdo de paz con los palestinos, recuerdan a Netanyahu que la solución vendrá gracias a la negociación y no a la violencia.
Lapid apuesta sobre todo por delegar en la Autoridad Palestina de Abás la responsabilidad de controlar los puestos fronterizos de Gaza del lado palestino y de organizar la reconstrucción y la distribución de fondos con ayuda de un grupo de países garantes para evitar “que el conflicto se repita en seis meses o un año”.
Pero esta actitud no es demasiado popular en Israel en estos momentos y Lapid ha perdido apoyo en las últimas semanas. Su intento de convertirse en el líder de las clases medias y los laicos israelíes no ha funcionado por culpa de la ofensiva en Gaza. Si las elecciones legislativas se celebraran en este momento, su partido no superaría los 10 escaños, según los últimos sondeos.
Livni también tiene un plan para Gaza en el cual pide que se confíe más en Abás y en sus fuerzas de seguridad, otorgándoles diversas responsabilidades, lo cual marcará además las distancias entre la Autoridad Palestina y Hamas.
“El (partido) Al Fatah de Mahmud Abás es nuestro interlocutor, son nuestros socios para la paz. Y la paz es esencial para el futuro de Israel. Ojalá las conversaciones puedan reanudarse pronto. Las cosas son simples: Israel apoya a los buenos contra los malos de la región”, declaró el domingo 10 ante periodistas, incluyendo en el grupo de los “malos” a Hamas, Hezbolá y los islamistas radicales que actúan en Siria e Irak.
Puede parecer extraño, pero fuera de la coalición, es decir entre la oposición israelí, las críticas al primer ministro son menos fuertes. Compuesta por ultraortodoxos, laboristas y laicos de izquierda, la voz de estos detractores al gobierno es prácticamente inaudible.
Sin ir más lejos, el Partido Laborista, dirigido por Isaac Herzog, tercera fuerza más votada en las últimas elecciones, ha sido prácticamente invisible durante la ofensiva en Gaza.
“En esta ofensiva, la oposición no ha tenido nada que decir, aunque el número de palestinos muertos se acerque a 2 mil. Al contrario, Herzog parecía sorprendido ante la moderación de Netanyahu. ¿Cuántos gazatíes deben morir para despertar la conciencia de este partido?”, se preguntaba el analista político Oudeh Basharat en una columna publicada en Haaretz el lunes 11.
Más contundente, la líder del partido de izquierda Meretz, Zehava Gal-on, con seis diputados en la Knéset, aseguró que Netanyahu ha decidido ser “débil frente a los violentos y severo con los moderados”.
“En definitiva, Bibi (nombre con el que Netanyahu es a menudo llamado en Israel) es bueno para Hamas. Los logros que se están perfilando en las negociaciones de El Cairo podrían haberse obtenido directamente con Abás y reconociendo al gobierno de unidad nacional palestino (formado en junio) y no con la violencia y la muerte”, declaró a la prensa.
Y finalmente Netanyahu se enfrenta a sí mismo. Hábil animal político, el primer ministro guarda silencio sobre su verdadero plan para Gaza, mientras sigue impulsando las negociaciones en El Cairo y convenciendo a sus ministros de que acepten un borrador para una tregua duradera. El primer ministro sabe que no podrá contentar a todos y tiene perfectamente medidos sus apoyos en el parlamento.
Pese a su astucia y mano izquierda, un tema es especialmente espinoso en este momento: la desmilitarización de Hamas.
Según se ha filtrado a la prensa, la cuestión aún no se ha tocado con profundidad en las conversaciones que se llevan a cabo en Egipto, pero está claro que un cohete de Hamas en territorio israelí después de firmar un acuerdo de tregua duradera será la ocasión que esperan Lieberman o Bennett para propiciar la salida de Netanyahu. Será el hecho que marcará la derrota del primer ministro frente a Hamas y frente a las expectativas de los ciudadanos israelíes.








