Un canto a la vida y a la esperanza. Hilar el tejido del mundo es como bordar la memoria de los muertos de la guerra que el expresidente Calderón comenzara hace ocho años y que hasta ahora no parece menguar.
Tal es la premisa del libro Bordados de Paz, memoria y justicia: un proceso de visibilización, 172 páginas ilustradas con algunos de los paños blancos confeccionados por hilos de colores en 30 colectivos artísticos zurcidos a través de bordadoras y bordadores del mundo, para denunciar las “víctimas colaterales” y aquellas “sin nombre” desaparecidas en México, desde la trinchera artística de un pueblo que las llevan en el corazón y en sus manos tejedoras.
Análisis, registro y crónica de este movimiento social corren a cargo de la escritora siciliana Francesa Gargallo Centalli (Siracusa, 1956), quien afirma en las 57 páginas del texto Bordados de paz, memoria y justicia. Acciones de disenso ante la violencia:
“En un país donde la frase que se escucha con más frecuencia es ‘ya no se puede salir de casa’, bordar en un espacio público es revolucionario. Como la aguja que entra en la tela, la persona que se presenta a bordar penetra en el tejido social. Se mete a la calle como punzón enhebrado de voluntad en todo el colectivo humano. Bordar se vuelve entonces un arma moral.”
Licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma “La Sapienza”, doctora en Estudios Latinoamericanos y catedrática por la UNAM, Gargallo radica en México desde hace una década. Dice telefónicamente:
“El nuestro es un movimiento cultural por la paz que asume las memorias de las personas como reales cuando se muestran en colectivo. Es la memoria que la gente tiene de muertas y muertos o los desaparecidos en México durante los últimos ocho años. En un colectivo de colectivos, el título del libro es así: visibilizar la memoria para alcanzar la justicia.”
¿Y qué es aquello que se visibiliza?, pregunta la novelista de Estar en el mundo (Hera 1994) o Al paso de los días (Terracota, 2014).
“Visibiliza que en México vivimos un baño de sangre, de omisión, en las formas más sutiles pero también más violentas de negar los hechos, como por ejemplo, de borrar espacios donde veamos el número de las personas desaparecidas, las cifras de cuántas lleva el gobierno reclamadas, son seres innumerables en la desmemoria del poder porque dejaron de ser alcanzables por sus familiares y para los allegados y amigas que los quieren y con los cuales tienen una relación afectiva.”
En el apartado “La confusión como estrategia represiva, la memoria como resistencia”, cita la entrevista de Anne Marie Mergier publicada el 23 de diciembre de 2013 (1886) al poeta Javier Sicilia, quien dice:
“¡Ni siquiera sabemos cuántas víctimas realmente hay! ¡Y día a día hay más!”
En “¿Algo más que discordancias?” menciona las estadísticas ofrecidas el 7 de marzo de 2012 en el reportaje Sexenio de desaparecidos por el reportero de este semanario José Gil Olmos (www.proceso.com.mx/?p=3000356) como inconclusas (“Y es que no hay un registro oficial de muertos y desaparecidos”).
Todo fin es un comienzo
Francesca Gargallo dice:
“El Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad encabezado por Javier Sicilia después de la muerte de su hijo para mantener la memoria, aconteció para adquirir el nuestro una fuerza enorme en remover las conciencias mexicanas. Un grupo de artistas visuales, fotógrafas y un escultor (Alfredo López Casanova, autor de la estatua de Rockdrigo en el Metro Balderas) acompañados de amigos que se ocupaban de derechos humanos decidieron actuar contra la desmemoria y así surgió Fuentes Rojas, colectivo de arte para la memoria en 2011, y decidieron teñir de rojo fontanas particularmente significativas para los habitantes de la Ciudad de México.
“Se decidió cambiar las acciones para buscar la memoria de la gente e ir con indignación frente lo que nos sucede como desposeídos de guerra a través de un acto que nos colectiviza y que simbólicamente es muy importante. Porque cuando tejemos una memoria también zurcimos el tejido social desgarrado por una violencia, curamos las heridas, y le damos atención a este pedazo de tela baratísimo que es un pañuelo y se confecciona una obra de la memoria sencilla pero sumamente significativa.”
Explica Francesca Gargallo:
“Con un pañuelo nos despedimos de los amigos que se van, con un pañuelo te enjugas las lágrimas, con una pañoleta te resguardas del sol o con un paliacate te secas el sudor del trabajo, y así el pañuelo es el lugar donde nuestras manos recuerdan el nombre y lo que sabemos de una persona que ha sido secuestrada de su tejido social. Tejiendo y bordando reescribimos, retejemos de alguna manera lo que la sociedad vive como un estropicio por parte de la violencia.
“Cuando una sociedad que se estropea al percibir la sensación de abandono por parte de las autoridades no tiene otra cosa qué hacer sino reunirse en un lugar público para retomarlo tal cual; la calle es de todos y es lo que bordadoras y bordadores de varias ciudades hicimos desde 2011.”
El fondo fotográfico en Bordados de paz, memoria y justicia… pertenece a colectivos nacionales como los de Copala, Guadalajara, Hermosillo, Morelos, Nuevo León, Parque Loreto Ciudad de México, Playa del Carmen, Puebla, Toluca, Zacatecas, Torreón, Organización Social Patria Nueva, Bordamos Feminicidios y Círculos de Estudios Bordados por la Memoria.
En “Los mexicanas y las mexicanas han sabido reaccionar ante el terror”, la reportera Marcela Turati es citada por su artículo Cherán y su rebelión contra la mafia michoacana del 21 de julio de 2012 (www.proceso.com.mx/?p=314688); es una de las múltiples citas con las que Gargallo apoya esta investigación para un movimiento tejedor de paz que creció en apoyos internacionalmente.
“Siempre aumentando en más ciudades de todo México y expandiéndose hacia el exterior, donde algunas se solidarizaron con el drama mexicano, en Nueva York, Nueva Orleans, Boston; pero también Japón donde hay uno de los colectivos bordadores más importantes con la vida y la sociedad mexicana; o al sur de Francia, en Toulouse; o en Rímini, Italia; en Bélgica y en Holanda, con grupos específicos que bordan las vidas de las y los periodistas mexicanos acallados y obligados al silencio a través de políticas de vida o de muerte, como aconteció con la corresponsal Regina Martínez de Proceso, en Veracruz.
“La gente con cinco o seis pesos puede recuperar la memoria de una persona que, si no, quedaría en el olvido de la cifra; pero alguien que borda un pañuelo como mínimo se lleva unas cuatro horas de su vida, breve espacio de tiempo en el que está pensando en esa mujer, en el hombre, en ese joven o en aquel anciano que de modo absolutamente incompresible fue secuestrado o asesinado mientras cruzaba la calle, o porque era un dirigente sindical o porque buscaba a su hijo o hija desaparecido y levantó la voz frente al abuso de la policía. Cuando alguien borda, sea niña o anciano, la paz está al alcance de su mano.”
Francesca Gargallo presentará Bordados de paz, memoria y justicia: un proceso de visibilización el miércoles 13 de agosto a las 19 horas en la capital tapatía, Casa ITESO Clavijero de la Universidad Jesuita de Guadalajara (José Guadalupe Zuno 2083, Colonia Americana, entre Marsella y Chapultepec).








