Ya en el temprano amanecer, por todos los caminos, una multitud de seres extraños desciende a San Cristóbal. Vienen de sus parajes, y se les ve surgir, ligeramente fantasmales, entre la tiniebla que principia a deshacer el sol de Chiapas. Se tiene la impresión de asistir a un éxodo, un éxodo de santos y de arcángeles que por una rebeldía satánica hubieran sido arrojados del paraíso y condenados a vagar en los senderos del bosque llevando pesadas cargas a la espalda.
Estos seres extraños son indios de los altos parajes que rodean a San Cristóbal, indios de diversas comunidades que se diferencian entre sí por el vestido, calcado sobre la ropa del santo patrón de su pueblo. Así, los chamulas llevan la túnica corta y el pañuelo blanco atado a la cabeza de su patrón San Juan Bautista; los pedranos, la capa, el morral y la túnica de San Pedro y los huistecos el manto y los calzones abombados del Arcángel San Miguel. No sé a qué indumentaria celestial debemos adscribir los pañuelos adornados con borlas, los chamarros y los taparrabos de los altivos zinacantecos o las túnicas de los andreseños, pero es indudable que estas figuras evocan tanto las estampas de nuestros textos escolares de historia sagrada, como las vestiduras flotantes de los ángeles, arcángeles y serafines del barroco que encaramados en sus peanas presidieron nuestra infancia.
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* De “La última trinchera”, en Los indios de México. Volumen I, p. 141; México, 1963.








