“La verdad sospechosa”

Cómo nos hacen reír los mentirosos que mienten bien, con una imaginación desbordada y habilidad mental para inventar, desvariar y componer lo dicho cuando la mentira lleva a otra mentira y a otro invento todavía más complicado. Ideal un mentiroso para una comedia de enredos, para hacer reír, guiar la confusión de la situación y engañar a los personajes y a los espectadores.

La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón, escrita en el siglo XVII, cuenta con la inteligencia y la gracia del autor para contarnos la historia de don García, que vuelve a casa con su padre, el cual quiere casarse pero él se ha enamorado de otra (él cree que es de otra) y tiene que ingeniárselas para seducir a la mujer que a primera vista lo dejó prendado y hacer que su padre lo case con ella. Pero en realidad, por un equívoco, lo que él está evitando es exactamente lo que quiere en verdad, lo cual sabe el público y provoca más hilaridad. Sabemos más que el personaje y nos volvemos testigos de cómo se va armando el enredo cada vez más y, llenos de júbilo, lo disfrutamos.

La Compañía Nacional de Teatro Clásico de España, que dio unas funciones en el Palacio de Bellas Artes la semana pasada bajo la dirección de Helena Pimienta, consigue con brillantez una puesta en escena contemporánea, sin perder el sabor y la gran riqueza de un texto del teatro barroco mexicano.

Helena Pimienta (Salamanca, 1955) tiene la habilidad de montar la obra de Juan Ruiz con un lenguaje escénico del siglo XXI, sin transformar el texto. Los diálogos conservan la estructura en verso, pero los personajes visten con ropa actual y su gestualidad remarca movimientos y expresiones que nos remiten a la cotidianidad de personajes de nuestro presente inmediato. Si bien es cierto que el lenguaje versificado, la tonalidad de los actores españoles y la dificultad acústica del teatro impedían la comprensión total de lo que se decía,  los tonos altisonantes y la expresividad corporal nos permitía seguir la historia.

La propuesta de la dirección y el estilo actoral grandilocuente dirigen la comedia de Alarcón hacia la farsa, lo cual es eficaz para el humor y la dinámica de enredos. Sobresalen las interpretaciones de los dos galanes, Rafa Castejón (como el mentiroso de don García), y David Lorente (como don Juan de Sosa); las damas Lucrecia y Jacinta: Nadia Gallardo y Marta Poveda, y lo bufonesco de Juan Meseguer.

La escenografía de Alejandro Andújar es propositiva, y partiendo de sólo dos paredes convergentes hace maravillas. En ellas, puertas “invisibles” se abren y cierran para permitir los enredos, dejar entrar la luz y vislumbrar un balcón, una habitación o una iglesia. Con pocos colores en juego y unos cuantos muebles invita a una interpretación sin apoyos donde la directora idea recorridos, proyecta sombras, construye niveles y hasta deja ver una que otra imagen surrealista.

Juan Ruiz de Alarcón, autor novohispano radicado en España, sufrió el escarnio de sus contemporáneos peninsulares como Lope de Vega, Quevedo y Tirso de Molina, por su físico y exagerada cortesía, y al mismo tiempo fue valorado por autores franceses como Corneille, quien reconoció haberse basado en La verdad sospechosa (desconocíendo el nombre del autor) para escribir su obra El mentiroso. En México tampoco fue reconocido en su momento, y hasta cuando se estrenó en 1844 Las paredes oyen en El gran teatro de Santa Ana, nada más se apuntó “de autor mexicano”. Hoy por hoy, después de que La verdad sospechosa inaugurara hace 80 años el Palacio de Bellas Artes, Juan Ruiz de Alarcón es considerado como uno de los autores teatrales más importantes de nuestra historia.