Sin duda alguna el mejor concierto en lo que va del año fue el del domingo 27 de julio en la Sala Nezahualcóyotl, a cargo de la Orquesta Sinfónica de Minería y su invitado de lujo, el tenor mexicano Javier Camarena.
Con un programa armado para reafirmar sus dotes de belcantista, Camarena brindó una auténtica lección de lo que el arte del canto significa y los grados de exquisitez a los que puede llegar la voz humana.
El alarde fue aún más riesgoso –y hasta temerario– si se considera que apenas unas cuantas horas antes, la noche del sábado, el tenor había hecho ese mismo concierto como parte de los dos que integraron el cuarto programa de la temporada veraniega anual de la Orquesta de Minería. Con apenas unas 12 horas entre una y otra audición, desplegó de tal suerte sus facultades y habilidades que las convirtió en una auténtica apoteosis de eso que todos podemos hacer: cantar, pero que muy pocos pueden elevar a niveles superiores y, únicamente los “tocados”, conducir a lo sublime.
La facilidad de emisión, eso que permite el relajamiento y evita la rigidez del cantante, aparece en este emisor de una manera natural; no hay en él ningún forzamiento sino que su voz fluye como en un manantial cristalino que allí está, abierto y desgranando notas.
Sin ningún problema en las notas bajas, con una impecable media voce llega a los agudos con una facilidad increíble que le permite ¡sorprendente! bromear incluso y hablar antes de emitir la nota, como sucedió en la última aria cuando alguien aplaudió anticipadamente: él paró su canto y le dijo en tono sumamente jovial y sonriendo al aplaudidor: “Todavía no, déjeme llegar, tengo que respirar”, y luego de eso lanzó un agudo que, como diamante, culminó la corona que había venido forjando a lo largo de su actuación.
La orquesta abrió con la Sinfonía No. 32 de Mozart (1756-1791), que dio paso a la primera aria, “Un’aura amorosa” de su también ópera Cosí fan tutte; luego siguió el aria de Belmonte de El rapto en el serrallo, igualmente del Divino autor.
Después del intermedio la parte cantante empezó con “É servato, a questo acciaro- L’amo tanto, em’é si cara”, de Montescos y Capuletos de Bellini (1801-1835), un encanto, y prosiguió con uno de los platillos fuertes de este tipo de recitales pero que aquí cobró una dimensión especial, la muy famosa y gustada (y por ello muy comprometida, porque las comparaciones son inevitables) “Una furtiva lágrima” del Elixir de amor de Donizetti (1797-1848), a la que siguió “Ah! Léve-toi, soleil” de Romeo y Julieta de Gounod (1818-1893), para culminar con otra “facilita” e igualmente muy conocida y esperada pero aún más comprometedora, sobre todo después de lo que Pavarotti hizo con ella en el MET de Nueva York, “Ah! Mes amis, quel jour de féte”, de La hija del regimiento de Donizetti. Y fue aquí donde, con un enorme dominio de lo que estaba haciendo pero también con desparpajo inmenso, don Javier se permitió la interrupción y broma arriba descritas. Sólo teniendo facultades fuera de serie y sabiendo hacer un manejo impecable de las mismas puede alguien darse un lujo de tal tamaño.
Caminando a pasos agigantados hacia convertirse en un “Tenore di grazia”, el primero en la historia de México a menos que alguien me corrija, se entiende el porqué de la sensación que Javier Camarena está causando en el mundo.








