Arte urbano en el DF

La Ciudad de México necesita un programa profesional y visionario de arte en espacios urbanos. Un programa que promueva únicamente proyectos con calidad creativa, y cuyos funcionarios asuman la responsabilidad tanto de retirar las obras mediocres, como de justificar públicamente la exhibición  de cualquier tipo de producción visual.

La incapacidad e ignorancia que ha manifestado el equipo del jefe de gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, en lo que corresponde a la conservación del patrimonio histórico y  evaluación del  arte contemporáneo, exige una urgente reestructuración administrativa. En sólo un año y medio de su gestión han ocurrido varios hechos que van de la destrucción parcial de la relevante escultura de Manuel Tolsá conocida como El Caballito (Proceso, 1926) hasta la utilización de la Rotonda de las Personas Ilustres para una fiesta privada (https://www.proceso.com.mx/?p=376809) y, en el contexto del arte en espacios públicos, de la instalación permanente de esculturas de Sebastián y Jorge Marín.

Presente con aproximadamente 19 esculturas en la ciudad capital, Sebastián inauguró el pasado 15 de mayo su Esfera Infonavit en  Barranca del Muerto y Manuel M. Ponce: ¿Cuáles fueron los argumentos del Comité de Monumentos y Obras Artísticas en Espacios Públicos de la Ciudad de México para avalar la incorporación de otra pieza de este autor? ¿No es decadente promover esculturas monumento cuando las actuales intervenciones urbanas enfatizan los vínculos entre el lugar y la colectividad?

La adopción de la escultura Las Alas de México de Jorge Marín, como nuevo emblema del Distrito Federal, es otra decisión que debe analizarse. Sin ninguna aportación de valor escultórico, la pieza, más cercana al entretenimiento publicitario que a la exploración artística, se aceptó el pasado 10 de junio como donación para el Patrimonio Cultural de nuestra ciudad. Instalada definitivamente en el Camellón de Paseo de la Reforma a un costado del Museo Nacional de Antropología, la pieza no sólo cuenta con réplicas que se han obsequiado a visitantes gubernamentales, sino que Mancera integró el diseño en un proyecto denominado 8 Ciudades 8 Culturas y ya se entregaron esculturas en Berlín y Tel Aviv. ¿Estamos de acuerdo en que esas alas tan corrientes sean nuestra marca-ciudad?

Otra decisión que debe discutirse es la utilización del Camellón de Paseo de la Reforma –entre el Zoológico y el Museo de Arte Moderno– como galería escultórica. Ocupado por exposiciones que han llegado a durar hasta dos años, el emplazamiento urbano pierde la potencia estética que genera la transmutación artística de un espacio en un lugar. La exposición actual es lamentable. Con una selección de 13 piezas –de las 30 esculturas sonoras que donaron los artistas que participaron en la muestra Campanas en 2005–, la exhibición, carente de cédulas introductorias y autorales, sorprende por el deterioro y descuido de varias piezas: a la Campana-marimba de González Gortázar le faltan las hélices que al moverse con el viento producían el sonido,  y la de Miguel Ángel Alamilla no sólo está vencida sino que es utilizada como basurero.

La Ciudad de México necesita proyectos que promuevan la creatividad y emotividad de sus artistas, habitantes y visitantes. Para tenerlos, requiere de  gobernantes que no limiten el arte a un simple pretexto fotográfico.