Su hijo Julio Solórzano, por el rescate de su obra

En diciembre de este año se cumplirá el centenario natal de Alaíde Foppa, poeta, periodista, crítica de arte, catedrática tanto en la Facultad de Filosofía y Letras como en la de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, traductora del italiano, del francés y del inglés, destacadísima impulsora del feminismo en México y en América Latina, luchadora social, eje de una familia de artistas y luchadores políticos.

Y también en diciembre se cumplirán 34 años de su trágica desaparición en Guatemala, su patria, aunque México también puede y debe reclamarla como suya, puesto que aquí produjo gran parte de su obra.

Y esto último es para el mayor de sus hijos, el historiador y músico Julio Sólorzano, quien desde hace seis años reside en Guatemala, fundamental: el rescate de esa producción.

“Deseamos poner de relieve a la persona, no queremos que sólo se recuerde el hecho de su desaparición. Mi hermana Silvia y yo estamos haciendo esfuerzos para que así sea”, dijo en conversación telefónica con Proceso.

–¿Hay avances en la investigación sobre la desaparición de Alaíde?

–Son dos investigaciones paralelas: la primera, que puede conducir a la segunda, es saber qué sucedió. Ella fue secuestrada y desaparecida en pleno día el 19 de diciembre de 1980. Iba con ella, conduciendo, Leocadio Axtún Chiroy, chofer de mi abuela, doña Julia Falla, al que también secuestraron. Entonces, el objetivo de la primera investigación es saber quién los secuestró y qué sucedió con ellos. Saberlo ayudará  a cumplir el objetivo de la segunda investigación: localizar sus cuerpos. Aunque por otra parte, debido a la magnitud de la represión –una represión generalizada, que duró más de 36 años e incluyó la sistemática desaparición o ejecución de intelectuales, artistas, líderes obreros, campesinos, estudiantiles, sacerdotes y monjas comprometidos, etcétera–, es difícil encontrar los restos de una persona. Aquí en Guatemala hubo 200 mil víctimas, entre ellas, 45 mil desaparecidos. El número de víctimas de la represión en Guatemala supera al de la suma de todas las víctimas que hubo en Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay en el marco de la Guerra Fría entre las décadas de 1960 y 1990. En proporción a su población, Guatemala es el país que más sufrió. Aquí, durante 20 años, una organización llamada Fundación de Antropología Forense ha trabajado en la exhumación de restos que se encontraban en fosas clandestinas, y han rescatado miles de cuerpos. Ellos tienen el ADN de mi hermana Silvia y el mío para cotejarlo con el de los restos que se han encontrado, pero hasta ahora no ha habido ningún indicio de los restos de mi madre.

–Usted pensaba que sería inútil esforzarse por saber lo sucedido porque no creía que la justicia sería posible, hasta que en 1998 Pinochet fue detenido en Londres

 –En el momento en que Pinochet fue detenido en Londres, a mí y a muchos otros nos quedó claro que, aunque no hubiera condiciones para hacer justicia en Guatemala, sí podría haberlas para buscar justicia en tribunales internacionales. En ese momento también nos enteramos de que el juez Baltazar Garzón, de la Audiencia Nacional de España, ya tenía en sus manos casos de Argentina y de Chile. Entonces nosotros empezamos a trabajaren ese sentido. Hablo en plural porque se trata de un caso presentado ante la Audiencia Nacional de España por Rigoberta Menchú, cuya familia fue asesinada. Nosotros somos querellantes adhesivos.

“Pero en el año 2007 hubo una resolución de la Corte de Constitucionalidad de Guatemala mediante la cual no se reconoce la jurisdicción de ningún tribunal internacional. Fue entonces que yo vine  para ver qué se podía hacer acá, y abrimos un juicio por el caso de Alaíde ante la Corte Suprema de Justicia de Guatemala y poco después lo abrimos también ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de Washington. Es un juicio que está abierto en varios frentes y con diversos avances.”

–¿Todavía existe posibilidad de llevar ante la justicia a algunos de los responsables?

–¡Ah, sí! Y han habido unos cuantos juicios con condenas que se han sostenido, aunque también han habido condenas que se han revertido como es el caso de la condena por genocidio contra Efraín Ríos Montt, el año pasado, que diez días después de haber sido dictada fue invalidada por la Corte de Constitucionalidad. Pero eso es parte de la lucha. Por eso nosotros valoramos muchísimo los avances, aun magros, porque las condiciones políticas de Guatemala no son favorables para el avance de la justicia. Lo que se ha logrado se debe al trabajo de organizaciones de derechos humanos y al empeño de los familiares de las víctimas que han invertido años en eso.

–El centenario del nacimiento de su madre abre ahora la posibilidad de que su caso tenga hoy mayor resonancia.

–Así es, pero también abre la posibilidad de que la obra de mi madre alcance mayor resonancia, algo en lo que mis hermanas y yo también hemos invertido esfuerzos. Su obra es amplia y diversa: como feminista, como poeta, como crítica de arte, como académica, etcétera. Deseamos poner de relieve a la persona, no queremos que sólo se recuerde el hecho de su desaparición. Silvia y yo estamos haciendo esfuerzos para que así sea.

–¿Hay alguna casa editorial en Guatemala que planee publicar su poesía  reunida?

–Sí, el Ministerio de Cultura está preparando una edición para el final de este año. Y también se reeditarán aquí algunas de sus traducciones, como El ave Fénix, un libro de poemas de Paul Éluard que la Universidad Nacional Autónoma de México publicó en los años sesenta en la colección Poemas y Ensayos. Eso apareció aquí hace dos meses. Y también va a reeditarse, con el apoyo del Instituto de Cultura Italiana de Guatemala, su traducción de los poemas de Miguel Ángel Buonarotti.

–¿Y sus escritos sobre arte, hay planes para reunirlos?

–Ésa es una labor de hemeroteca. Hay muchos escritos suyos dispersos en revistas y suplementos culturales. Durante mucho tiempo escribió semanalmente para México en la Cultura, el gran suplemento que dirigía Fernando Benítez, y no recuerdo bien para cuántas publicaciones más, incluidas revistas femeninas como Kena. Por supuesto, hay que hacer una selección cuidadosa, pero no cabe duda de que el conjunto va a ser muy interesante.

–Y destacar su pionera labor como feminista, ¿no? Desde finales de los años sesenta hizo el primer programa radiofónico sobre mujeres de que se tenga memoria en lengua española: Foro de la mujer, en Radio UNAM…

–…y también  fue, con Elena Poniatowska, una de las fundadoras de la revista Fem, en la segunda mitad de los años setenta, cuando igualmente creó la cátedra de Sociología de la Mujer, en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Hablar de todas esas actividades suyas, recordarlas, es también una manera de luchar por ella.

“En el orden de la memoria hay algo que espero poder hacer este año. Cuando mi madre desapareció buscamos, no sólo con el gobierno mexicano sino con gobiernos de otros países y con organismos internacionales, que se presionara al gobierno guatemalteco para rescatarla. Entonces Dominique Éluard, la viuda de Paul, me llamó desde París para decirme que había logrado abrir un espacio en el senado francés, que volara a París. Dominique me recibió en su casa y me dijo que quien me acompañaría al senado sería Julio Cortázar, a quien yo había conocido precisamente en casa de Dominique tiempo antes. En enero o febrero de 1981 Cortázar hizo el elogio de mi madre ante los senadores franceses, abogó por su vida y solicitó al gobierno de Francia que intercediera ante el de Guatemala. Yo quiero ver si existe una grabación de su intervención o por lo menos una transcripción de ella para darla a conocer. Para mí, hacerlo será también una manera de homenajear a Cortázar, cuyo centenario natal se cumple este año.”