Isabelle (Marine Vacht) pasa el verano con su familia en la playa, está por cumplir 17 años y le urge perder la virginidad. De regreso a su vida normal de estudiante parisina, abre un sitio en internet y comienza a prostituirse. La familia descubre pronto la actividad secreta de la joven, una cartera repleta de euros en el closet, citas en cuartos de hotel con hombres maduros. Policía, grito en el cielo, terapia psiquiátrica obligatoria; pero ni Isabelle ni el director Francois Ozon esclarecen por qué una chica tan joven y linda, que aparentemente tiene todo, es capaz de dar un paso así.
Como en su cinta anterior, Dentro de la casa, en Joven y bonita (Jeune et jolie; Francia, 2013), Ozon se vale del voyeurismo para auscultar la vida de jóvenes que en el fondo no cuentan con otro capital que la fuerza de su deseo, chicos a punto de cruzar el umbral hacia la sociedad de los adultos. Isabelle aparece por primera vez en la playa vista con los binoculares de Víctor (Fantin Ravat), el hermano menor que la espía de lejos; en muy pocos momentos la despampanante Marine Vacht queda fuera de la pantalla, el espectador contempla las formas que recorre la cámara, escudriña cada gesto.
Dos puntos de vista en los comentarios sobre este último trabajo de Ozon resultan exasperantes: la insistencia en compararla con Bella de día (Belle de jour) y el moralismo de los críticos anglo-sajones escandalizados porque el director no condena la prostitución.
A diferencia de Buñuel, Ozon no es un surrealista; la prostitución que ejerce Isabelle sugiere que existen fantasías en su cabeza, pero su actividad es juego puro dentro de una realidad muy peligrosa. La chica lo deja claro: me gustaba concertar las citas, imaginar cosas, acudir y descubrir. El juicio moral queda a cargo del espectador. ¿Por qué se prostituye esta adolescente? Por la misma razón que lo hacen miles y miles de adolescentes en todo el mundo, sin una aparente necesidad económica; el internet está a la mano, los valores sociales y personales dependen de marcas y etiquetas caras. Algo similar aborda Ozon con sus adolescentes: roban casas de celebridades; la llave está bajo la puerta y los objetos de lujo y estatus quedan a la mano. Lo mismo con las drogas y hasta con los DVD piratas; es la ley de la facilidad y la trivialidad del antojo.
Ozon (8 mujeres y Los amantes criminales), tampoco es un realizador realista sino un fabulador, como lo prueba aquí la aparición angélica de Charlotte Rampling. La primera experiencia sexual es un fetiche cultural; la de Isabelle, llena de clichés, resulta pura decepción. Ozon sugiere un desdoblamiento como estrategia para que el deseo sobreviva; la adolescente tiene que ejercer su poder sexual. Y como precisa el poema de Rimbaud que se lee en la clase, “Nadie es serio a los 17 años”.








