El narcotráfico ha producido profusión de personajes aptos para formar parte del imaginario social, ser recreados en series, telenovelas y películas. Es el caso de Alias El Mexicano, la telenovela colombiana transmitida en nuestro país en señal abierta, por Canal 28, de lunes a viernes a las 22 horas.
La historia conjuga hechos reales con pasajes inventados. Toma algunas licencias porque enlaza sucesos de distintos tiempos, eludiendo así el rigor exigido a lo históricamente documentado. Fue producida por Fox Telecolombia para RCN, en 2013. Los primeros capítulos de la emisión inicial colombiana tuvieron alto raiting para luego apostarse en la medianía, no más de 26 puntos.
Botas puntiagudas de piel de víbora, sombrero ancho o traje de charro forman los atuendos intercambiables de Gonzalo Rodríguez Gacha, que se identifica a sí mismo como “mexicano”. Con ese alias fue conocido en los años setenta cuando operaban los grandes capos de la droga en Colombia. Lo hacían de manera abierta, protegiéndose de la justicia al insertarse los jefes o sus subalternos en puestos de la administración, la policía e incluso el Congreso. Pablo Escobar llegó a ser parlamentario. Y a partir de que perdió su inmunidad comenzó a perseguírsele de manera sistemática hasta que lo acorralaron y murió en un enfrentamiento.
El Mexicano construyó un imperio de producción y transporte de estupefacientes a base de organizar con particular habilidad un negocio ganadero como fachada para lo ilícito. Entrenó, armó y lideró a un grupo de sicarios que lograron aterrorizar a los campesinos de los valles de Colombia, quitarles sus tierras, ponerlos a trabajar para ellos o desplazarlos. La resistencia o huida resultaba en asesinato. En ese país el pico de la violencia fue complejo; provino de tres frentes: los grupos guerrilleros, los narcotraficantes y el ejército haciendo muy difícil su combate.
El melodrama se sigue con interés porque detrás de diálogos y personajes están acontecimientos verdaderos, lo cual hace que esos tengan verosimilitud. Sin embargo está presente cierto acartonamiento, estereotipos del ministro muy bueno, el narco muy malo, la periodista muy valiente, la mujer sumamente trepadora y ambiciosa. Quizá el maniqueísmo sea inevitable en el género porque no hay espacio para profundizar en cada uno de los caracteres. Menos cuando se trata de un relato en donde prima la acción.
Las grabaciones son en exteriores, aparece el campo, los paisajes idílicos que esconden tras su placidez el escenario de crímenes y mentiras.
Excelentemente editada, la telenovela se aleja de lo tradicional en el formato televisivo para alcanzar momentos de gran tensión, sobre todo conforme avanza el relato. Lamentablemente, el suspenso se rompe con pausas comerciales demasiado largas, hay tantos anuncios que no se alcanza a retener siempre al público, especialmente cuando se intuye lo que seguirá.








