Recuperar la identidad ha resultado ser un golpe a la dictadura que asoló Argentina en los setenta. Hijos de desaparecidos por los militares y que fueron “adoptados” por los verdugos o sus allegados, poco a poco van recuperando sus historias verdaderas, se enteran de quiénes fueron sus progenitores, van conociendo a sus parientes biológicos y, lo más importante, descubren sus verdaderos nombres. Es resultado de la lucha tenaz de las Abuelas de Plaza de Mayo.
BUENOS AIRES.- Pablo Gaona Miranda tiene 36 años. El pasado 13 de abril festejó por segunda vez su cumpleaños con su verdadero nombre y en el día que corresponde.
Nació en 1978. La dictadura militar llevaba dos años en el poder. Los cuerpos de miles de opositores desaparecían cada día en fosas sin nombre o en las aguas del Atlántico. Los padres adoptivos de Pablo Gaona Miranda se contaban entre quienes sostenían que los militares habían llegado para poner orden.
“Ellos me comunicaron que yo no era su hijo biológico y que era un chico traído de otro lugar”, dice a Proceso. “Como te lo dicen desde muy chico, lo aceptas como algo totalmente normal. Después, con el correr del tiempo, te preguntas qué habrá sido de tus padres”, explica.
En entrevista, Pablo narra que comenzó a sospechar que podía ser hijo de desaparecidos a los 15 o 16 años. Había oído de esos niños nacidos en los centros clandestinos de detención de la dictadura, apropiados y criados con una identidad falsa. Cada vez que veía en televisión un programa que tocaba el tema, sentía angustia.
“De todas las posibilidades yo quería que no fuera esa –dice–. Era horrible porque en realidad ahí ya salía de la normalidad y del discurso de: ‘Te fuimos a buscar porque vivías en una familia que era muy humilde, no te pudo tener y te trajimos para darte una vida mejor’”, explica.
Se llamaba entonces Leandro Girbone. Influido por el entorno familiar y por su padrino, primo de su padre, el coronel Héctor Girbone, ingresó en 2003 al Colegio Militar. “Los militares los elegían a ellos precisamente porque sabían que tenían una ideología parecida a la suya –dice ahora–. Esto fue un plan sistemático. Ellos querían que los hijos de sus enemigos fueran criados por ellos o por gente afín a ellos, para que nosotros no salgamos parecidos a nuestros viejos”.
Abandonó la Escuela Militar y consiguió el empleo que aún tiene en una compañía telefónica. Comenzó en secreto a investigar todo acerca de esos niños cuyas madres eran asesinadas poco después del parto. En muchos casos encontró un patrón común. “Cuando los militares no se los apropiaban directamente, los entregaban a sus familiares o a alguna pareja de amigos y ellos se convertían en padrinos”, explica.
Laura Rodríguez trabaja para Abuelas de Plaza de Mayo desde 2006. La organización fue fundada hace 36 años por mujeres que saben que sus hijas o sus nueras dieron a luz en cautiverio. Hasta ahora han restituido la identidad a 110 de aquellos niños. Aún quedan, se calcula, unos 400 viviendo con sus apropiadores.
La persecución penal de los autores de los crímenes de lesa humanidad durante la dictadura salió del letargo a partir de 2003 con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia.
La televisión argentina lanzó en 2006 una exitosa telenovela –Montecristo– que recogía el problema de los “nietos recuperados”. Desde entonces las consultas en Abuelas de Plaza de Mayo se multiplicaron. Hoy se acercan unas 400 personas al mes. Algunas tienen vínculos con policías o militares.
ADN
“Lo venía estirando, no quería preguntar, porque me iba a causar un cambio muy grande”, dice Gaona en entrevista.
“Al final tomé coraje. En diciembre de 2008 encaro a mi vieja, tuvimos una discusión y yo le digo que quería ir a Abuelas para hacerme un análisis de ADN porque yo creía que podía ser hijo de desaparecidos”. La madre retomó el tema al día siguiente. “Me dijo que no quería que yo vaya a hacerme el análisis a Abuelas porque ellos podían ir presos –cuenta Pablo–. Y yo le digo: ‘¿Pero cómo? ¿Entonces yo soy hijo de desaparecidos?’. Dijo: ‘No sé, puede ser’.
“La situación más difícil que pasamos todos los nietos, a los que no nos agarró de sorpresa y ya sospechábamos algo, no era por el simple hecho de ir a hacer un trámite de un análisis, sino era el tema de la culpa –explica–. Culpa porque la gente que nos crió, en este caso mis viejos, van a tener que atravesar un proceso judicial”, dice. “Ellos son grandes, seguramente les darán prisión domiciliaria, no creo que menos de cinco años”, sostiene.
Rodríguez recibe cada día preguntas de personas que expresan este mismo temor. Ahora mismo suena el teléfono en su oficina. Otra colega de APM le transmite por línea interna el interés de una mujer a la que tiene en la otra línea. Laura escucha con atención y se compromete a llamar más tarde.
“La mujer pregunta qué les pasaba a los padres… si ella venía y resultaba ser hija de desaparecidos”, dice Laura. “Explicar eso por teléfono es imposible. Es mucho más sencillo que vengas acá, porque si vas a lo práctico y honesto total, tenés que decir: ‘Si sos hija de desaparecidos, van presos, seguramente’”.
Rodríguez cree que la entrevista personal es muy importante para que esa persona entienda su derecho a no seguir cargando con semejante peso. “El tema es que por teléfono es muy difícil porque yo tengo que tratar de que la chica venga, por sobre todo y sin mentirle”.
Laura recorre el sitio web de Abuelas de Plaza de Mayo. Lo primero que salta a la vista es un banner con fotos en blanco y negro, ordenadas de a dos: una mujer y un hombre.
“Están las fotos de cada pareja de desaparecidos cuyo hijo se busca –explica Rodríguez–. Ordenados por fecha. Por ejemplo: ‘Niña que nació a finales de junio del 77’. Y si cliqueas, aparece la historia: dónde nacieron, dónde fueron secuestrados, cómo los llamaba la familia, dónde habría dado a luz. ¿Qué hacen los chicos, los que dudan? Miran todo esto, empiezan a buscar por la fecha, más o menos la fecha en que nacieron, y empiezan a buscarse parecidos físicos.
Entrevista
Gaona decidió mandar un correo electrónico a Abuelas de Plaza de Mayo. En sus cuatro líneas se resumían años de dudas e indecisión. Recibió un mail en el que se le pedía que se comunicara por teléfono. Cada día se decía que lo haría y terminaba posponiéndolo. Finalmente se decidió el 29 de junio de 2012. En Abuelas fue atendido por un joven.
“Llamo y digo: ‘Mandé un mail, mi nombre es Leandro… es un buen momento para hablar, necesito contarles algunas cosas’”, cuenta Gaona. “Me pide mi nombre, mi apellido, mi número de documento y mi fecha de nacimiento. Le doy todos esos datos y le digo que estoy decidido a ir a hacer la entrevista y le pregunto cuándo podría ser. Y me dice: ‘Mira, tenemos para dentro de tres semanas’. Una puñalada porque yo… era en ese momento. Cuando me empieza a decir: ‘Que la semana que viene o que la otra o que dentro de tres semanas’ yo le digo: ‘¿Y no puede ser hoy?’
“Me presento en Abuelas –continúa Gaona–. Llego creo que media hora antes. Paso a hacer la entrevista con Laura. Empiezo por el tema de decirle: ‘A finales de 2008 tuve una conversación con mi madre y ella casi me confirmó que yo era hijo de desaparecidos’.”
Rodríguez le dijo que la única forma de sacarse la duda era hacerse un examen de ADN. Pablo accedió. Ella le advirtió igualmente que hasta ese momento había más de 6 mil personas analizadas y apenas 105 nietos encontrados. “Ella lo que trataba era de bajarme las expectativas –dice Gaona–. Por las dudas, para que no fuera un golpe si la respuesta era no”.
Rodríguez estuvo convencida por primera vez en años de que ese joven era hijo de desaparecidos. Llamó a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) y pidió que le dieran prioridad a su análisis. El hecho de que su padrino fuera militar era un indicador importante.
Identidad
Gaona firmó el acta que habilita a la Conadi para cotejar el análisis de ADN con el de las familias de desaparecidos. La presidenta del organismo estatal es Claudia Carlotto, hija de Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Claudia Carlotto se encarga de entregar el examen genético y las fotos de los padres a quienes reciben un resultado positivo.
“Nadie te enseña cómo hacer esto –dice Carlotto a Proceso–. Me ha pasado que ha habido chicos que se han puesto a llorar, me han abrazado, me han besuqueado. Otros que se han puesto a golpear la mesa. Cada uno reacciona a su forma.”
Carlotto ha aprendido a dar esa noticia que cambia la vida de quien la recibe. “Tengo el ADN en la mano. El ADN es la cosa más inexpresiva e incomprensible que hay, es un informe así de gordo lleno de números y cosas. Pero yo se los doy en la mano igual porque eso es una prueba científica.
“Les digo: ‘Este es tu estudio, mira en la primera hoja, ¿ves este nombre? Es el nombre de tu familia biológica. Mira en la quinta hoja, ¿ves acá, 99.99? Ese es el porcentaje de inclusión tuyo. Esto dice que sos de esta familia’. Así se empieza, porque si no, como que no es tangible. Estamos hablando de 35 años, de una historia oculta, de una historia clandestina, de una historia ilegal.”
Gaona recuerda el momento en que llegó a esa oficina. “Claudia me ofreció un café y me dijo: ‘Ya están los resultados de los análisis que te hiciste. Y tus sospechas, lo que vos te estabas preguntando, está en esta carpeta y es así’. Me dice: ‘Sos hijo de desaparecidos y estos –me dio la carpeta– son tus papás’”.
“Me había preparado durante esos años, por lo menos cuatro años, para aceptar que yo iba a buscar mi verdadera identidad”, sostiene. “Sabía que no era Leandro, que mi fecha de nacimiento no era el 22 de julio, o sea, me iba a buscar, me iba a encontrar conmigo y con mi historia”, cuenta.
“Lo que me sorprendió mucho es primero ver mi partida de nacimiento, yo me encuentro cara a cara con mi partida de nacimiento y con mi nombre: Pablo Javier Gaona… nacido el 13 de abril del 78, hijo de María Rosa Miranda y de Ricardo Gaona Paiva.
“Estos son tus padres, este sos vos y este es tu nombre, y este es el nombre que ellos eligieron para vos”, le dijo Carlotto. Para entonces ya había bajado el secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda, hijo de desaparecidos y quien busca a un hermano nacido en cautiverio. Fue él quien le preguntó a Pablo cómo quería que lo llamaran. “Si mi mamá me… si mis viejos me pusieron Pablo, quiero que me llamen Pablo”, fue la respuesta.
Mariposa
Los padres de Pablo tenían 28 y 21 años cuando fueron secuestrados. Militaban en el Ejército Revolucionario del Pueblo. Dos tíos de Pablo se acercaron inmediatamente a la Conadi al ser avisados. Dos hermanos de su padre: el mayor y el menor.
Pablo accedió a verlos: “Me dicen: ‘Ya están acá al lado’. Me levanto, abro la puerta –cuenta el joven–. Estaban a 15 metros de donde estaba yo. Y mi tío el más grande estaba con anteojos, me mira así, desde lejos, de arriba, de abajo, y se pone a llorar y me vino a abrazar. Estaban muy emocionados. Porque cuando me vieron, vieron al hermano”.
Carlotto recuerda que le decían a Pablo que era igual a su padre. “Debe ser algo muy fuerte. Encima estos chicos ahora son más viejos que sus padres cuando desaparecieron. Hay una energía, yo no lo puedo describir, que te saca de la realidad, que te saca”.
La nueva vida de Pablo Gaona tiene cambios y permanencias. “Quiero que me llamen Pablo”, contestó frente a una decena de viejos amigos, a quienes reunió poco después de haber recuperado su identidad. Almuerza a veces con sus padres adoptivos, que este año enfrentarán el juicio oral y una segura condena de arresto domiciliario. Su padrino, Héctor Girbone, coronel retirado, espera juicio desde la cárcel de Marcos Paz.
Poco a poco Pablo ha ido conociendo a varios de sus parientes biológicos. También a muchos “nietos recuperados”, otros jóvenes con los que se ve hermanado. “No va a haber otras personas en este mundo que me vayan a comprender los sentimientos y lo que yo pasé que no sean ellos”, dice.
Cada tanto cuenta su historia en las escuelas. Va a la radio y a la televisión. La verdad duele pero es un bálsamo. Rodríguez tiene el ojo pronto para percibir el cambio que se opera en cada nieto, desde que llega a la entrevista, con la identidad rota, hasta que va llenando las piezas del rompecabezas y comienza a armar el relato verdadero de su vida.
Pablo ayuda a los más necesitados desde Kolina, una agrupación política cercana al gobierno. A su manera sigue el camino de compromiso social que tenían sus padres. “Lo primero que traté de buscar es una militancia –dice–. Yo tenía esa necesidad de tener una militancia política. Por suerte muchos de los nietos tienen su militancia. Fui de la mano de ellos. Entregar tiempo libre por hacer algo por alguien más es maravilloso. La verdad, me llena como persona”.








