Desde su infancia, Juan Rulfo prestó ojos y oídos a las historias que transmitían los abuelos a sus hijos y nietos para plasmarlas en su narrativa, de manera notable en Pedro Páramo. A la luz de la bombilla, Juanito se la pasaba leyendo y escribiendo, según su cuñada Esperanza Paz. Dos especialistas en la obra del escritor sayulense comentan que la novela tiene pasajes similares a los de una vieja crónica sobre el asesinato de José Bobadilla, escrita a principios del siglo pasado por el historiador Manuel Cortina Rivera.
SAYULA.- Al inicio del último tercio del siglo antepasado, José María Bobadilla y Paula Gutiérrez Díaz contrajeron matrimonio civil y religioso el 9 y 10 de agosto de 1871, respectivamente.
Paula era hija única y perdió a su madre, Petra Díaz, a temprana edad. Petra estuvo casada por separación de bienes con José Gutiérrez Anguiano, por lo que le heredó a Paula una cuantiosa fortuna que administraría su padre hasta que ella llegara a la mayoría de edad.
A poco de enviudar, Gutiérrez Anguiano se casó en segundas nupcias con Ángela Villalvazo. Paula creció entre un padre que la dejó al cuidado de la madrastra y en convivencia con sus medios hermanos: Ignacia, María de Jesús, Dolores, Delfina y José, hacia quienes iban todas las atenciones.
Ya adolescente, Paula se hizo novia de José María Bobadilla y Bobadilla y terminó por casarse con él pese a la férrea oposición de su padre, quien consideraba a su futuro yerno como un intruso movido por la avaricia. Paula tenía 20 años.
“Quiere salir de pobre casándose con ella, digo, con Tamaliagua y anexas”, en alusión a los ranchos Las Fuentes y El Reparo, ubicados en Sayula, decía. Y así fue. Consumado el enlace, Bobadilla entabló un duro juicio civil que a punto estuvo de convertirse en juicio penal para acelerar las cosas en contra de su suegro y recuperar los bienes de su esposa.
No faltaron los retos y las amenazas entre las partes en pugna durante el proceso. Al final, Gutiérrez Anguiano tuvo que entregar todo, “más costos y reembolsos distraídos”; sólo le quedó una finca y una propiedad pequeña que estaban a nombre de la segunda esposa.
Esta situación provocó un creciente odio hacia Paula y su esposo de parte de la familia Gutiérrez Villalvazo, avivados por el propio José Gutiérrez, según las crónicas de entonces. Y fue su hijo, también llamado José, quien más anidó ese rencor.
Tiempo después, sin motivo, Bobadilla entabló otro juicio similar contra su tío Antonio Bobadilla, a quien despojó de los ranchos de Cuatlácillo y Amacuautitlán, del municipio de Tonaya.
En 1919, Manuel Cortina Rivera, un contemporáneo de los protagonistas y amigo de las familias, escribió sus memorias publicadas después bajo el título El asesinato de don José Bobadilla o El crimen de Sayula. El suceso estremeció a los habitantes de la comarca en aquellos tiempos de paz porfiriana, incluso tomó tintes de escándalo nacional, consignado en su momento por diarios de Guadalajara y la Ciudad de México.
Las memorias fueron rescatadas y editadas por el acucioso historiador regional Federico Munguía Cárdenas y publicadas en 2010 por el semanario Tzaulán, que él mismo dirige.
En la parte central de su relato, Cortina asienta:
La noche del 27 de julio de 1893, estuvo don José de visita en el comercio de don Leonardo Larios, amigo íntimo y compadre suyo, hasta las ocho y media, hora en que se retiró a su casa, merendó y salió luego, como acostumbraba, a la puerta de la calle, donde paseaba por la banqueta o se sentaba en un equipal para hacer la digestión de la cena…
–Buenas noches, señor ¿qué no tiene usted trabajo en su hacienda para mí?
–¿Quién eres y cómo te llamas, muchacho? –contestó Bobadilla– y no hubo más, el victimario (Ambrosio Carbajal) sacó violentamente un filoso puñal que llevaba al cinto y lo hundió hasta el puño en el costado izquierdo de don José…
Bobadilla, al sentirse herido de muerte, se paró violentamente y en el pasillo de la casa gritó a su esposa:
–Paulita, me han muerto.
Todavía pudo llegar hasta el corredor cercano donde, tapándose la herida con la mano, se desplomó al suelo y ahí fue rodeado de su esposa y sirvientes (…) Paulita salió a la calle dando gritos, los que fueron oídos por muchas personas que acudieron a auxiliarla y entre ellas, (José) Gutiérrez, (Severiano) Pérez Jiménez y otras personas.
Cuentan que en ese trance, Severiano dijo a Paula:
–Comadre, ¿crees tú que yo tenga parte en este crimen?
Y que la reciente viuda le contestó:
–No compadre, nunca creería que tú hubieras cometido semejante acción, y que miró a su hermano José muy significativamente.
Éste tendió en su lecho mortuorio a su cuñado, vistió y limpió la barba sangrada de la que arrojaba por la boca, se la peinó y compuso con una calma y parsimonia admirables. No se separó de aquella afligida casa, ni de su hermana, hasta sepultar a los tres días, el cuerpo de su cuñado y se relataba como muy cierto que la primera noche de las que velaron el cadáver, José ofreció a Paulita una taza de algún cordial envenenamiento, la que rechazó la viuda…
De acuerdo con el autor, tres días antes del crimen, Bobadilla y Bobadilla se había ubicado a la puerta de uno de sus ranchos para esperar que pasara su compadre Severiano Pérez Jiménez, “con toda la gran partida de ganado vacuno que, en remate, se le había adelantado”.
Bobadilla le dijo algo fuerte a su compadre, quien le respondió que no era un cuatrero. Ambos sacaron las armas para dispararse, pero la intervención del caporal de uno de ellos y el vaquero del otro se interpusieron e impidieron el duelo.
Una vez consumado el asesinato de Bobadilla, uno de los principales sospechosos fue Severiano.
Pero como en el pueblo todos sabían de los odios y rencores que enemistaban a José Gutiérrez padre e hijo contra Bobadilla y aun contra Paula. Las averiguaciones se inclinaron rápido hacia José Gutiérrez Villalvazo, el cuñado de la víctima. Las autoridades no tardaron en encontrar el hilo de la madeja en el mozo de los Gutiérrez: Ambrosio Carbajal. Él fue quien apuñaló a Bobadilla.
Ambrosio desapareció repentinamente de Sayula. Se fue montado en un brioso caballo hacia Tapalpa y de ahí a Guadalajara, con 20 de los 320 pesos que le adelantó su patrón para que hiciera el “trabajito”.
Cuando, vía telegráfica, le cobró a Gutiérrez Villalvazo los restantes 300 pesos, el telegrafista sospechó de qué se trataba. Se inició la averiguación y en cuestión semanas se descubrió todo. Los autores material e intelectual fueron detenidos. Carbajal en la capital del estado y Gutiérrez Villalvazo en su pueblo natal.
No obstante la confesión ratificada una y otra vez por el mozo, quien incluso dio los pormenores del asesinato, Gutiérrez Villalvazo negó siempre ante el juez Francisco de P. Ramírez haber ordenado tal crimen. Tras un largo proceso, ambos fueron condenados y fusilados en el desaparecido penal de Escobedo, en Guadalajara, antes del amanecer del 19 de agosto de 1897.
Muchos años después la versión oral de aquellos hechos llegó a oídos de Carlos Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno (Juan Rulfo), contados originalmente a sus hijos y nietos por uno de los testigos: el licenciado Severiano Pérez Jiménez, compadre de Bobadilla y abuelo paterno de Rulfo.
Analogías
En la magistral obra de Rulfo hay una variedad de hacendados famosos que durante el Porfiriato tenían todo el poder para hacer y deshacer.
El abuelo materno del escritor, Carlos Vizcaíno, hijo de Lucas Vizcaíno –apellido que llevaron todos los hermanos y descendientes de Carlos Juan Nepomuceno, hasta que éste se hizo famoso–, se casó aparentemente por interés con Tiburcia Arias, heredera de varias haciendas, entre ellas la de Zenzontla y Estancia de Piedra, cuyos terrenos se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
A Carlos Vizcaíno se le conocieron amoríos extramaritales de los que procreó varias hijas.
Entre los hacendados que presumiblemente inspiraron a Rulfo se menciona a José María Manzano, de Zapotlán, dueño de la hacienda El Jazmín, próxima a San Gabriel, desde las faldas norponiente del Nevado hasta el sur del Volcán de Fuego de Colima.
Era “hombre de horca y cuchillo, sobornador de funcionarios, detentador ilegal de tierras y de negra memoria”, según contó Federico Munguía Cárdenas en sus “Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo”, texto incluido en Ficción de la memoria, del escritor Federico Campbell.
Con todo ese bagaje, además de los finales trágicos de sus tíos carnales David, José Raúl, Rubén, Jesús y su propio padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, Don Cheno, el literato amalgamó su escritura con una magia sin par para escribir Pedro Páramo, cuyo final tiene similitudes con la muerte de Bobadilla:
Pedro Páramo estaba sentado en su viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media Luna…
“Denme una caridad para enterrar a mi mujer… Vengo por una ayudita para enterrar a mi mujer muerta”…
La cara de Pedro Páramo se escondió debajo de las cobijas como si se escondiera de la luz, mientras que los gritos de Damiana se oían salir más repetidos, atravesando los campos: “¡Están matando a don Pedro!”.
Abundio (¿Ambrosio?) oía que aquella mujer gritaba… No sabía qué hacer para acabar con esos gritos…
Los hombres que habían venido la levantaron del suelo y la llevaron al interior de la casa.
–¿No le ha pasado nada, a usted, patrón? –preguntaron.
Apareció la cara de Pedro Páramo que sólo movió la cabeza.
Desarmaron a Abundio, que aún tenía el cuchillo lleno de sangre en la mano.
–Vente con nosotros –le dijeron–. En buen lío te has metido.
–Y él los siguió.
Allá atrás, Pedro Páramo, sentado en su equipal, miró el cortejo que se iba hacia el pueblo…
“Esta es mi muerte”, dijo…
“Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo”…
Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó. Suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.
Munguía Cárdenas y Germán Pintor Anguiano, otro estudioso de la vida y obra de su paisano Juan Rulfo, coinciden en que hay semejanzas entre la historia del Crimen de Sayula y algunas escenas de Pedro Páramo.
Consultados por separado por este reportero, señalan incluso algunos parangones con la obra rulfiana.
Según Pintor Anguiano, Rulfo se inspiró en “Paulita, me han muerto” para la escena final. Y que aunque el escritor lo negara, tiene algo de realidad. “El personaje rulfiano Pedro Páramo tiene importantes analogías con Bobadilla”, insiste el entrevistado.
Explica enseguida que Rulfo obviamente reúne de manera muy sobresaliente, aparte de la inteligencia, los tres elementos que debe tener un buen escritor: imaginación, invención e intuición, pero que sin duda algo o mucho influyeron en él pasajes reales de la historia.
Murguía Cárdenas, quien ha ahondado en la genealogía de la familia de Rulfo, refiere que el crimen impactó tanto en la región y otros lugares debido a la fama pública, riqueza y poder de la víctima, que marcó un hito; fue tema frecuente en reuniones sociales y familiares muchos años después del suceso.
Es lógico, apunta, que el padre de Rulfo, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, lo comentara también con su esposa e hijos, “remarcando tal vez el niño Juan, en su imaginación, aquella figura contrastante con ribetes de ambición, crueldad, bondad y solidaridad humanas, muerto igual al personaje principal de la que había de ser su novela cuando, sentado en un equipal, recibió la fatídica cuchillada”.
Y es que su abuelo Severiano Pérez Jiménez, padre de Don Cheno, era compadre de José Bobadilla, incluso fue uno de los que levantaron el cadáver apenas ocurridos los hechos, independientemente de que días antes él tuvo un altercado con Bobadilla por cuestiones de negocios.
Aunque la madre del futuro escritor, María Vizcaíno Arias, y su esposo, Don Cheno, se trasladaron a Sayula para el alumbramiento de Carlos Juan Nepomuceno, quien nació el 16 de mayo de 1917 –según lo confirman tanto la fe bautismal de la parroquia del lugar como el acta del Registro Civil–, pasada la cuarentena el matrimonio regresó a San Gabriel, distante 40 kilómetros, al otro lado de la sierra, donde el escritor vivió toda su infancia.
Rulfo siempre dijo haber nacido en un pueblo por donde pasa un río que ni agua tiene, y que algunos identificaron luego como Apulco, municipio de Tuxcacuesco –su real Comala–, donde residía su abuelo materno, el hacendado Carlos Vizcaíno.
No obstante, aguas arriba, el mismo río (el Tapalpa), al que hace referencia el autor, pasa a un lado de San Gabriel. Y también en Sayula hay ríos y arroyos secos.
Precisamente en el poblado de Apulco donde, entre profundas barrancas, corre el mencionado río, está el casco de lo que luego se identificaría como La Media Luna que, al paso de los años, pasaría a ser propiedad de Severiano Pérez, “se la pasaba Juanito a fuma y fuma y a toma y toma café”. Por las noches se le iban en claro, “a la luz de una bombilla, leyendo y escribiendo”, reveló a este reportero en febrero de 1999 Esperanza Paz, cuñada de Rulfo (Proceso 1165).
En aquella ocasión, recordó también doña Esperanza que, durante el día, “Juanito se la pasaba platicando con arrieros y la gente más antigua de la región, recogiendo sus historias”, y que durante la noche se encerraba en su cuarto de La Media Luna a puro leer y escribir; “se levantaba muy tarde” al día siguiente.
A propósito de Juan Rulfo, quien el 16 de mayo pasado hubiera cumplido 97 años, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) dio a conocer que la editorial Bookart prepara la traducción al rumano de las dos obras del escritor sayulense, al tiempo que dio a conocer el gran número de idiomas al que ha sido traducido hasta la fecha.
Ya en 2006 –el mismo año que Munguía Cárdenas reditó las memorias de Cortina–, el Fonca apoyó a las editoriales Baltos Lankos de Lituania y a RAO International Publishing, de Rumania, para hacer las respectivas traducciones y que cinco años antes la editorial Suhrkamp Verlag tradujo al alemán Aires de las colinas, cartas a Clara, libro que reúne 81 misivas que el autor escribió a Clara Aparicio, su esposa, entre 1944 y 1950.








