Indefinible, construida a base de cajas chinas, historias dentro de otras historias, con un mapa narrativo que parece telaraña de géneros (memorias, novela de aprendizaje, thriller) donde centellan ráfagas de citas de directores y películas clásicas, El gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel; Gran Bretaña-Alemania, 2014) ha permanecido en cartelera por varias semanas.
Calificar de barroco este trabajo de Wes Anderson es condenarlo a la idea de un rebuscamiento innecesario; como en todas sus películas (The Darjeeling Company, Moonrise Kingdom) predomina una lógica muy simple, lo que ocurre es que esa lógica es la de un niño que juega y se divierte. Aunque dicho con cierta insidia, una crítica de cine en internet ofrece la mejor descripción de El gran Hotel Budapest: la Capilla Sixtina de Wes Anderson.
Una joven contempla la estatua de un escritor famoso del imaginario país de Zubrowka; ahora el escritor (Tom Wilkinson) cuenta su historia: de joven (Jude Law) visita el gran Hotel Budapest y el dueño le narra, a su vez, la época gloriosa del lugar bajo la dirección de M. Gustave (Ralph Finnes) y su aprendiz, el joven Zero (Tony Revolori). Son los años treinta. El legendario administrador, tan galante como magnánimo, tiene debilidad por las mujeres seniles; Madame D, una fabulosa Tilda Swinton encarnando a una anciana de 84 años, muere y le deja un cuadro muy valioso; siguen aventuras rocambolescas con los temibles herederos.
Es el mundo de ayer; los créditos mencionan a Stephan Zweig como principal fuente de inspiración. La exquisita sociedad de M. Gustave, habitada por damas y caballeros refinados, donde ser judío, budista, turco, magyar o cristiano ortodoxo es tan natural como extravagante, poco a poco se ve invadida por nazis y fascistas. Pero entre adunas, controles militares, espías, gulags, conspiraciones y guerras, M. Gustave y Zero cumplen su cometido, sin dejar de disfrutar de la vida ni perder sus valores.
El espíritu de directores como Ernest Lubitsch o Billy Wilder, o Hergé y su famoso Tintin, recorre la cinta de principio fin, no por pedantería de parte de Wes Anderson, sino por afinidad, porque se deleitaron en la magia inagotable de aventuras y sorpresas que representaba todo gran Hotel. Como ellos, Anderson es un virtuoso de la composición del cuadro, pero quizá más juguetón satura de detalles crípticos; una pintura de Klimt, perfumes, muebles y objetos que ameritarían largas tomas para apreciar detalles, quedan en la retina como imágenes fugaces.
Por su ambición de atrapar un universo que se escapa, con personajes que funcionan como prismas de su época, El gran Hotel Budapest tiene vocación de novela; pero también es una caja de juegos en la que se puede entrar y salir de maneras diferentes.








