“Los canallas”

Claire Denis es una cineasta con un estilo riguroso que le permite contar historias de desasosiego y personajes insólitos; creció en África, es maestra de cine y posee una extensa cultura literaria; su cine padece, en el mejor de los sentidos, la influencia de novelistas como Herman Melville, Joseph Conrad o William Faulkner. Colonialismo, prejuicios raciales, tensión sexual, borrosas fronteras entre el bien y el mal, son sus temas más frecuentes.

La carta de presentación no es ligera, pero sus películas son tan entretenidas como inquietantes; Los canallas (Les salauds; Francia, 2013) explora territorios de siempre: poder económico, suicidio, crimen, violencia sexual, supuran de las imágenes de la realizadora de Beau travail (adaptación muy libre de la novela Billy Budd). Lástima que la excesiva distancia que toma la maestra para no extraviarse con tanta densidad, termine por enfriar el entusiasmo del espectador:

Marco (Vincent Lindon), rudo capitán de barco, renuncia a su trabajo para atender algunos problemas de familia; su mejor amigo, esposo de su única hermana, se suicidó, el negocio de la familia está a punto de la quiebra; la sobrina se encuentra hospitalizada víctima de una inenarrable violencia sexual. La hermana (Julie Bataille) insiste en que el culpable de todo es un turbio millonario (Michel Subor). El capi alquila un departamento para estar cerca de la amante (Chiara Mastroiani) del magnate; planea seducirla y vengarse, pero el marinero no sabe navegar en tierra.

El estilo de Denis impone como regla la elipsis; es decir, entre más agujeros en la narración, mejor, al público le toca llenarlos; algunos, como desplazamientos geográficos o trámites, son obvios y se agradecen; otros, sobre todo aquellos saltos que explicarían las motivaciones de los protagonistas (como el suicidio del marido, la manera en que la familia se involucró con el diabólico hombre de negocios, y el gusto que le tomaron a los convites), nadie sabrá a ciencia cierta cómo y por qué, a la directora le repugna que el espectador se resista a armar rompecabezas. ¿Quiénes son los canallas (literalmente, los cabrones)?

Son claras las alusiones a Los malos duermen en paz, uno de los thrillers más negros de Akira Kurosawa; a Santuario de Faulkner con el tema de la abyección y la violencia sexual; curiosamente la menos mencionada es la de David Lynch. La bella Lola Creton caminando desnuda con tacones, destruida moralmente, retoma la imagen de Isabella Rossellini en Blue Velvet, Denis repite la imagen una y otra vez; el rostro y la atmósfera diabólica de Michel Subor, entre otras múltiples referencias, cae casi en un collage de Lost Highway.

Misterio es, sin duda, la palabra que Denis trae en mente; pero una cosa es imponer el misterio de forma racional para desar­ticular esquemas narrativos, y otra, como en caso de Lynch, valerse del misterio porque sólo así se explica la poesía.