Migrantes mexicanos que llegan a Estados Unidos son involucrados en la guerra de Irak con la engañosa promesa de obtener su green card. Se convierten en carne de cañón de una guerra ajena en donde son pocos o nulos los beneficios.
Jaime Chabaud, en su obra de teatro Érase una vez. Ocye Nechca, entrecruza la guerra de EU para apoderarse del petróleo en el desierto oriental y la guerra de sobrevivencia que emprenden los migrantes de nuestro país para cruzar la frontera norte buscando mejorar sus condiciones de vida. Ambas guerras son brutales; las desventajas saltan a la vista.
Con un lenguaje dramático deconstruído y poético, Chabaud elabora una propuesta atractiva que nos permite observar la problemática de la migración a nivel macro-social, pero también desde la intimidad del primer soldado mexicano victimado en esa guerra. La dirección de Marco Vieyra y el trabajo actoral de la Compañía Carretera 45 Teatro imprimen vitalidad y dinamismo a las situaciones que libremente plantea el autor. Escénicamente todo es resuelto con seis tablones que portan los personajes convirtiéndolos en tanque, piso, techo, cárcel, baño o tablas de salvación
El texto de Jaime Chabaud es sólido y libre al mismo tiempo. Parte de tres universos para intercalarlos y jugarlos en el trayecto: el de los mexicanos que han ido a la guerra de Irak, ya sea obligados o por propia elección; el de los que caminan por el desierto intentando salvarse de la miseria que viven en su país, y el del soldado que por teléfono cuenta a su abuela sus temores y anhelos y que al mismo tiempo vive la burla, el abuso y la presión de sus compañeros o jefes. Las tres realidades se suceden a través de elipsis, tránsitos escénicos o soluciones visuales resueltas por el autor y el director, dando la sensación de un caleidoscopio vertiginoso.
La propuesta del autor, que combina el lenguaje lírico con la crudeza verbal, es retomada por el director y enriquecida con rutinas físicas que emprenden los actores, con modos reiterativos del habla o con juegos de combate a la manera de los Xbox.
Los actores, con gran energía, combinan la naturalidad en sus expresiones con la intensidad contenida y abrupta a raíz de su desventura. El trabajo del director y la compañía consiguen una estética basada en la acción y la ficción de los espacios que los actores introyectan y proyectan al espectador. Algunas de sus vivencias o de sus pensamientos, seguramente improvisadas durante el montaje, son insulsas para la obra; y el uso de la ligereza y liviandad como forma actoral en muchos de sus parlamentos, hacen que pierda peso el significado de lo que expresan.
El trabajo de iluminación que realiza Philippe Amand es sutil pero significativo; colabora para que el espectador pueda imaginar los espacios que se sugieren y que a la vez son reforzados con la música y la electroacústica de Iker Arce.
Una propuesta vital y arriesgada que mueve al espectador de su asiento y lo invita a que con su imaginación complete una obra de teatro que cuestiona creativamente nuestra realidad.








