En un motel solitario de la costa de Veracruz y a un lado de la carretera, las parejas viven sus amores clandestinos, de paso, por un rato; como el dueño tiene que ausentarse por motivos de salud, a su sobrino Sebastián (Krystyan Ferrer) le toca quedarse a cargo de todo, administración y limpieza. Además de las instrucciones de mantenimiento, el tío recomienda la discreción. Miranda (Adriana Paz) acude seguido con su amante, un tipo casado que llega tarde y a veces no llega; entre espera y espera, Sebastián se relaciona con ella.
Las horas muertas (España-Francia-México, 2013) cuenta una historia de educación sentimental, lineal y simple pero sustancial; el amor, el sexo, la vida pasan por el motel como las horas y los días, lo importante es lo que el adolescente aprende y cómo lo vive. En este segundo largometraje, el realizador Aarón Fernández (Partes usadas) comprueba su capacidad para construir un relato a partir de pormenores, de objetos y situaciones comunes, que van componiendo una maquinaria donde todas las piezas funcionan.
Fernández sabe condensar un mensaje poético y filosófico, el tiempo y la vida que escurren por algún agujero negro, en imágenes concretas. Los clientes del motel van y vienen, hay que asear los cuartos, pintar las paredes, lavar la ropa; la vida se va y el tiempo no se detiene. El cielo parece siempre nublado, a veces se descarga en aguaceros; la atmósfera que el chico respira está saturada de sexo; Sebastián espera sin saber lo que espera; Miranda sí sabe lo que ella espera pero entiende bien por qué no llega. El encuentro ocurre de manera espontánea, inevitable para el joven.
La cámara explora la belleza singular de Adriana Paz, el nombre de Miranda sugiere admiración; desde cualquier ángulo, caminando o acostada, desnuda o vestida, el punto de vista es siempre el de Sebastián; incluso fuera del campo de visión de él, en situaciones como en el trabajo de vendedora de bienes raíces, la cámara toma apuntes para el adolescente. La técnica de manejo del punto de vista es realmente brillante; el punto de vista expresa la frescura del joven virgen, pero quien dirige la mirada es un hombre maduro que aprecia la sensualidad y el calibre de la mujer. Como si, años después, un Sebastián adulto contara la historia. Esto apenas se sugiere pese a los elementos naturalistas de la cinta –documento de lugar y forma de vida–, o a ciertos ecos metafísicos sobre la temporalidad; lo que predomina es la impresión subjetiva del narrador.
Aarón Fernández busca transmitir la sensación del paso del tiempo al interior de este universo simple, poblado de personajes cuyo interés para la historia es su trivialidad misma, o la espontaneidad con la que viven. Pero lo que realmente cautiva de ellos es su inocencia, un tema que parece imponérsele al director de manera inconsciente. Desde el vendedor de cocos, un chico de 12 años y el más mañoso de todos, las recamareras, el viejo velador con su perro, hasta Sebastián que juega al adulto responsable, todos muestran una pureza sin artificio ni rebuscamiento. Miranda, una mujer con experiencia que siente que el tren ya se le fue, queda a cargo de ver y apreciar esa inocencia.








