Picasso en el Palacio de Bellas Artes

La exposición Picasso revelado por David Douglas Duncan no tiene el nivel para presentarse en el Museo del Palacio de Bellas Artes (MPBA). Itinerante desde 2011 en museos locales como el Picasso de Málaga, el Picasso de Münster, La Piscine de Roubaix y el de Arte e Historia de Ginebra, la muestra carece del protagonismo artístico y rigor curatorial que merece uno de los principales museos de la capital mexicana. 

Diseñada curatorialmente con base en las imágenes que, sobre la cotidianidad del artista, realizó el fotógrafo estadunidense David Douglas de 1956 a 1962 en la Villa La Californie en Cannes, Francia, la exposición integra numerosas fotografías y algunas piezas que si bien abarcan todos los géneros que trabajó Picasso –pintura, dibujo, litografía, cerámica, carteles y escultura–, destacan por su insignificancia. Como excepción, es necesario mencionar la presencia del óleo La cabeza de 1957, las terracotas hexagonales con escenas de tauromaquia de 1959, y las versiones escultóricas de El loco (1905), La cabra (1950-52), La mona y su cría (1950) y la Cabeza de toro (1942-1943).

Desde la perspectiva curatorial, lo primero que destaca es la indiferencia o simplificación de uno de los periodos más controvertidos de Picasso: su etapa tardía.

Nacido en 1881 y con una producción genial desde los primeros años del siglo XX, el artista se convirtió en una exitosísima firma que en los últimos 20 años de su vida, aproximadamente de 1953 a 1973, no pudo ocultar su debilidad creativa. Añorante de un erotismo perdido y obsesionado en explorar reinterpretaciones de lenguajes antiguos, de grandes maestros e inclusive de él mismo, Picasso realizó series pictóricas con reinterpretaciones de Las mujeres de Argel de Delacroix, Las Meninas de Velázquez, El almuerzo de Manet o sus famosas pinturas sobre El pintor y la modelo. Si bien algunas pequeñas terracotas remiten a reinterpretaciones de estéticas de la antigüedad griega, los principales y más valiosos ejemplos de este periodo no se encuentran en la exposición.

Provenientes en su mayoría de la colección de Claude Picasso –hijo nacido en 1947 de su relación con Françoise Gilot–, las obras seleccionadas por las curadoras Stephanie Ansari y Tatyana Frank develan una cómoda laxitud ya que, al servir como ilustración para las fotografías, se incluyen atractivas piezas que no pertenecen al periodo señalado.

Emplazada en una sección de la sala nacional del MPBA con una museografía que disimula la escasez de obras contundentes de Picasso, la exposición debería acompañarse de la lectura del espléndido cuento El hombre con minotauro en el pecho de Enrique Serna. Irónico, agudo y doliente, el escritor mexicano narra la historia de un niño al que Picasso le tatuó un minotauro en el pecho durante su estadía en La Californie. Coleccionado y convertido en pieza y herencia museística, el niño en su crecimiento atestigua la ignorancia y esnobismo de los adoradores del arte que evalúan, cualquier obra, por el prestigio de una firma.