En Europa, la presencia de niños en funciones de ópera no es nada extraordinario: cuando arriban a la adolescencia y juventud su asistencia es ya un hábito y claro, esto garantiza para siempre el público adulto que cotidianamente llena los teatros; por eso las temporadas son largas y en permanente renovación. Nadie espanta a los niños con El fantasma de la ópera ni ésta se les presenta como algo feo e incomprensible sino al contrario, se les ofrece como lo que realmente es: algo plenamente disfrutable y que sin decirlo, enseña, ilustra, abre horizontes.
Por eso resulta verdaderamente encomiable lo que está sucediendo en el Teatro Helénico donde durante unos cuantos sábados, al medio día, se presentan versiones infantiles de óperas famosas como Turandot, de Puccini, y la que motiva estos comentarios: Hansel y Gretel de Engelbert Humperdinck (1854-1921), con libreto de su hermana Adelaide Wette (1858-1916), y basada en el cuento de los hermanos Grimm.
El cuento, si usted lo recuerda, es de una gran crueldad ya que trata de unos padres quienes acuciados por la miseria y el hambre (lo único que poseían) llevan a sus dos pequeños hijos al bosque donde, además, hay una bruja maléfica que gusta de comer niños.
Afortunadamente, don Engelbert y doña Adelaide suavizan un poco la cosa y aunque mantienen el hambre como elemento principal, los niños ya no son abandonados por sus padres sino que van al bosque en busca de fresas; se extravían, les cae la noche y tienen que dormir en el bosque donde el Gnomo de los sueños les otorga uno profundo y sin sobresaltos. El resto de la ópera sigue semejante al cuento original: al día siguiente se les aparece la bruja, los captura y trata de comérselos; pero son los niños quienes logran empujar a la malosa al horno y allí perece, dando lugar a la liberación de otros niños que habían sido convertidos en pan de jengibre proporcionado a Hansel y Gretel riquezas que solucionan para siempre su problema económico.
Con brujas asadas y niños comidos, ¿quién dijo que estos cuentos eran inocentes y educativos? Pero bueno, la historia está aquí bellamente enmarcada por una música en verdad grata y disfrutable aunque no simple, con la interpretación al piano de Pedro Morales.
Obviamente la versión está simplificada y se prescinde, aparte de la orquesta, del coro de 14 ángeles; pero el montaje, encomendado a Sylvia Rittner cumple a cabalidad el cometido y ofrece a los niños y sus acompañantes un espectáculo realmente digno, con cantantes profesionales o en camino de serlo como la ya conocida soprano Anabel de la Mora (Gretel), la mezzo Norma Vargas (Hansel); los actuales becarios del Estudio de Ópera de Bellas Artes Alberto Albarrán (Padre, barítono) y Rosa Muñoz (Madre, mezzo); y las soprano Sandra Maliká (Gnomo de las arenas del sueño) y Denise de Ramery (Bruja).
Decorados sencillos pero funcionales ambientan perfectamente los espacios requeridos; vestuario adecuado y atinadas luces complementan este espectáculo que merece la asistencia y ofrece la seguridad de que saldrá complacida, pues pone al alcance de los niños algo en verdad maravilloso: la ópera.








